viernes, 2 de febrero de 2018

zenda #historiasdesuperación

Víktor
El doctor Emil Lazar había creído que desde su resurrección nada podría asustarle. Pero allí estaba, temblando a pesar de su nueva naturaleza, controlándose para que su creadora, Olivia Drakos, una rubia con los ojos verdes más bonitos del mundo no se percatara de que su pupilo era un cobarde.
-Tranquilo –le susurró mientras lo acompañaba por los pasillos de la mansión.
Bueno, pues tocaba de nuevo hacerse el hombre, aunque aquello ahora había dejado de importar, concretamente 15 días atrás, cuando la bella Olivia lo abordó en un café de la alameda, se lo ligó en unos minutos y, ya en su pequeño apartamento de estudiante (“solo para mí… y para ti”), en vez de follárselo, le chupó la sangre y acabó con su vida. Y algo más.
Qué vergüenza. No solo había llorado e implorado por su vida a la vampira, sino que en el momento del ataque, cuando sintió los colmillos de la mujer en su cuello, se había meado encima. Y a Dios gracias que se había parado ahí. Luego, cuando sus fuerzas mermaron y dejó de defenderse, se preparó para morir. Y entonces se vio tendido en el suelo, bocarriba, inmovilizado por ambos brazos. Y encima de su rostro, pendiente de él, ensimismada, Olivia lo miraba con la boca llena de sangre y un mechón de pelo suelto.
 “Joder, pero qué bonita es la hija de puta, si está a punto de llorar.”
Y de hecho lloró. Y al ver sus lágrimas, Lazar casi la hubiera perdonado a pesar de que acabara de chuparle un litro de sangre. Por cosas peores pasaban algunas parejas.
-Qué bello –gimió la mujer.
El joven médico se consoló por expirar entre los brazos de aquella belleza salvaje. Ya ni siquiera estaba asustado.
Sin embargo, ella no lo dejó morir. Olivia Drakos lo había elegido para alimentarse aquella noche. Era guapo, joven, lleno de sangre. Pero ahora, en su apartamento, mientras moría y lo miraba a los ojos, apreciaba toda la belleza en su expiración.
-Vivirás –le dijo.
Y luego lo besó y la sangre comenzó a entrar en la boca de Emil.
Dos días después resucitó para conocer en carne propia que los vampiros existían. Ella le enseñó todo. Los mitos de los que podía reírse (espejos, ajos, cruces, transformaciones) y los límites de la especie que debía respetar (el fuego, el sol, la decapitación). También le trajo a su primera víctima: un individuo pasado de rayas y alcohol. Le rompió la espalda antes de alimentarse de él.
De eso hacía dos semanas. Y esta noche Olivia le había citado en la mansión de Víktor.
-Es el líder de nuestra estirpe, el más sabio y poderoso, cuida de nosotros. Y ahora quiere conocerte, darte la bienvenida a la gran familia. Por eso antes quiero contarte su historia, quiero que comprendas su sacrificio.
>>Víktor huyó del Viejo Mundo a finales del siglo XVI, cuando los hombres y el fuego encontraron su tumba. Ya no se sentía seguro en la tierra de sus antepasados, así que se embarcó hacia Nuevo Mundo. Pero lo que no consiguió el fuego casi lo logra el agua, y su barco naufragó un atardecer en mitad del Atlántico.  Acabó en un islote pedregoso con dos supervivientes más: una madre y un niño. Víktor los salvó, había pensado alimentarse de ellos mientras aguardaba otro barco. Durante unos días, se las apañó para cuidar de ellos y ocultar su secreto al mismo tiempo. Cazó, construyó un refugio y hasta hizo fuego. Sabía que era cuestión de tiempo que el hambre le venciera y acabara devorando a aquellos dos infelices. La sangre de los animales (gaviotas y peces) lo envenenaba día a día.
>>Pero día a día, también, Víktor se fue enamorando de la mujer, de aquella pobre viuda, y se encariñó igualmente del pequeño hijo de cinco años. Él, que ya ni recordaba a su propia familia, se encontró con una nueva en mitad del océano. Y le afectó hasta tal punto que decidió ligar su destino a la suerte de aquellas criaturas. Así que nuestro padre decidió ayunar hasta la inanición con tal de que Eva y el joven Arminius sobrevivieran.
>>Pasaron las semanas y Víktor contó su secreto a la mujer y al niño. “Necesito que sepáis la verdad, solo así estaréis más seguros”. Y mientras tanto, el vampiro enfermaba entre ataques de locura que aplacaba clavándose los colmillos en sus muñecas y los accesos de felicidad en los que cuidaba de Eva y Arminius.
>>Un día, al atardecer, cuando Víktor salió de su refugio de piedras, el vampiro se percató de que la madre y el niño se habían ido. Descubrió las huellas. Un barco. ¡Los habían rescatado mientras él dormía! Nunca llegó a saber si Eva intentó esperarlo o alertó a sus rescatadores a que se dieran prisa. O quizás fuera el niño. O ambos. Pero se sintió feliz. Su mayor miedo había sido devorarlos, dejarlos secos como un pedazo de carne en salazón. Y había vencido, había logrado superar su hambre… para verse solo.
>>Víktor tardó más de 100 años en alcanzar las costas del Nuevo Mundo. Se llevó varado allí casi la mitad del tiempo. Jamás supo de Eva o de su hijo. Jamás volvió a probar la sangre de un hombre.
Emil asintió cuando Olivia terminó el relato. Habían llegado a la puerta de la biblioteca de la mansión de Víktor. Dentro, junto a más de 20.000 volúmenes, esperaba su dueño.
-Tranquilo –dijo otra vez Olivia mientras lo besaba-. Entra.

 Emil entró. Tenía muchas preguntas que hacer a ese padre de vampiros. Y la primera, por supuesto, era como sobrevivía sin la sangre humana. Y entonces lo supo. Quiso volverse para escapar pero no le dio tiempo. En un segundo Víktor lo alcanzó y le partió el cuello al tiempo que enterraba sus colmillos curvos y amarillentos en su carótida. La sangre sabía muy bien, pensaba Víktor mientras sorbía lentamente. No se olvidaría de felicitar a Olivia. 

sábado, 6 de enero de 2018

#cuentosdeNavidad, de Zenda

El espíritu de los tiempos
Acababa de despertarse, pero Noel pilló enseguida que aquello era juego sucio. Para empezar: ¿qué hacían esos tres en su dormitorio? ¿Y a qué venía la palada de carbón negro justo a los pies de la cama?
         -¿Qué coño queréis?
Noel se sentó en el colchón y se puso sus pequeñas gafas para la vista cansada. Al menos, la señora Noel había madrugado y no presenciaba la humillación.
-Feliz Navidad –dijo Melchor ante las risas de Gaspar y Baltasar.
-No le encuentro la gracia –se quejó Noel mientras sopesaba levantarse-. Además, aún estamos a 24 de diciembre; todavía faltan unas horas.
-El goldo se nos pone tieso –dijo Baltasar, imitando el acento cubano.
Melchor y Gaspar se carcajearon. Estaban algo más que achispados: sobre todo Gaspar, que parecía a punto de vomitar sobre sus babuchas doradas.
 Noel se animó a bajar de la cama por uno de los laterales libre de carbón, pero Melchor lo disuadió moviendo el dedo índice derecho.
-Aún no, hermano.
La sonrisa de Melchor le dio escalofríos. Era el peor de los tres a pesar de la mala reputación de Baltasar, un tipo pendenciero y grosero, amigo del tumulto y la fechoría.
-¿Qué queréis? –repitió-. Tengo mucho que hacer, en unas horas parto con Rudolph para llevar los regalos a los niños del mundo.
-De eso queríamos platicar ahorita –intervino de nuevo Baltasar, imitando en esta ocasión a un mexicano. A uno negro, claro.
-¡Ja! No pienso hablar con tres mendigos de Oriente sobre mi trabajo.
-Eso ha sonado un poquito racista, Noel –dijo Melchor-. No casa en absoluto con el espíritu de los tiempos.
-A mí me ha sonado antisemita –añadió Baltasar-. ¿Eres antisemita, Noel?
-¡No, por Dios!
-¿Supremacista blanco, quizás? ¿Crees que los negros somos unos mendigos?
Esta vez el acento de Baltasar había sonado como el de un segurata de discoteca de nacionalidad indefinida e intencionalidad clarita como el agua.
-¡Claro que no! ¡Para mí todos los hombres son iguales! –respondió, un poco acojonado, Noel.
-Esa es la base del problema, gordo, que crees que todos los niños son iguales –dijo Baltasar. 
-Y no lo son –remató Melchor.
-No, no lo son –intervino Gaspar, apoyado en la cómoda de la habitación de Noel.
Fue el único que no había querido viajar hasta Laponia, y no solo por el frío. A Gaspar le molaba procrastinar, dejar que los problemas se resolvieran solos, o que no lo hicieran, eso le daba lo mismo. Pero el corporativismo y su cobardía lo habían empujado hasta aquella habitación.
-¡Ah!, ¿no? –preguntó Noel. Estaba flipando. Y hambriento. En vez de estar desayunando sus huevos con panceta y su avena con leche estaba rodeado de tres tipos que apestaban a ginebra, marihuana y aguardiente. ¿De dónde habían sacado lo del oro, el incienso y la mirra? Noel dudaba de que a estas alturas de la civilización humana uno pudiera fiarse de algo.
-No. Para empezar están las fronteras. No es lo mismo Holanda que Alemania. Ni el norte que el sur –puntualizó Baltasar, que había adoptado la profundidad de un tertuliano televisivo.
-Lo que mi querido amigo Baltasar trata de explicarte, Santa…
-¡No me llames así!
Melchor sonrió. Aquello le divertía.
-Hablamos de mercados, Noel, simple y llanamente. Y nos estás quitando los nuestros.
-¡De eso nada! –bramó.
-Sí, y lo sabes. Nos creímos durante un tiempo la compatibilidad y todo ese buenrollismo escandinavo que te gastas, pero el caso es que nuestras tradiciones no han subido para el norte y las tuyas han bajado hasta el sur. No queríamos guerra, pero las noticias de España nos han obligado a tomar decisiones.
-¿España?
-El Gobierno ha modificado el calendario escolar. A partir del día dos de enero vuelven las clases. El día seis es todavía festivo, pero en cinco años dejará de serlo. ¿Qué te parece? Yo diría que intentan borrarnos del mapa, Santa, pero a lo mejor solo soy un neurótico muy susceptible –dijo Melchor.
-¡Os juro que no he tenido nada que ver!
-Lo sabemos, pero eso no cambia la cosa.
-En absoluto –atajó Baltasar.
Gaspar no respondió nada. Se había dormido reclinado sobre la cómoda sin hacer ningún ruido.
-Chicos, seguro que podemos arreglarlo.
-Claro, Noel: ponte malo, quédate hoy en casa y deja que nos encarguemos de todos los niños el seis de enero. Así tendrán claro que aún somos necesarios en el siglo XXI.
-No, no, eso no puede ser. Si me permitís –dijo Noel al tiempo que abandonaba la cama- voy a levantarme, a asearme…
Pero a Papá Noel no le dio tiempo a detallar su agenda, porque Melchor sacó un caramelo duro y pequeño que lanzó con todas sus fuerzas y puntería al entrecejo del lapón.
¡Clock!
Noel cayó de bruces al suelo.
Melchor y Baltasar actuaron rápido. Recogieron el carbón y metieron en el mismo saco al noqueado Noel, despertaron a Gaspar, y Melchor se introdujo en la cama. Baltasar, a punto de salir, se le quedó mirando.
-Sabes que no das el pego, ¿verdad? Él está mucho más gordo.
Melchor sonrió.
-No voy a encamarme con la señora Noel, solo a taparme hasta al cuello y dejar que la Navidad pase sin regalos. El veintiséis regresáis a por mí y dejamos que Santa se coma el marrón.
Sí, era un buen plan, solo que él tenía uno mejor. El día veintiséis recibiría a Baltasar, Noel y Gaspar con artillería pesada. El mundo había cambiado: Santa había ganado, era un hecho. Pero también que el gordo y él se parecían mucho. Si alguien tenía que desaparecer, que fuera Noel. Y los otros. Ya estaba harto de Baltasar y de su defensa de las minorías. De Gaspar y de su letal combinación de antidepresivos y alcohol. Que se fueran todos a la mierda. Arderían bajo el fuego amigo. Él era Melchor, mago de Oriente. Solo iba a cambiar un camello por unos cuantos renos.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Relato #Día de Muertos, de Zenda

Jimena LaFrey
-¿El chico está preparado?
Frank negó con la cabeza y Mendoza gesticuló quitándole importancia.
-Pues que se joda -concluyó.
-Sique deprimido.
Mendoza hizo otro gesto similar. Frank había aprendido a interpretarlos mejor que sus palabras, después de todo, llevaba ya cinco años muerto en aquel cementerio. Si todo hubiera ido bien, ahora sería piel y huesos pudriéndose entre la madera y el terciopelo. Pero su mujer y su hija lo enterraron en el cementerio de San Gabriel el día equivocado. Un cáncer de pulmón lo había matado a la edad de 47 años. Unas 36 horas después de su óbito, resucitó dentro de su ataúd dando alaridos de pavor. Se llevó hora y media hasta que su voz se convirtió en un gruñido ronco y animal. Lloraba como solo un hombre adulto es capaz de hacerlo. Fue entonces cuando escuchó a Mendoza.
-Para ya, hombre, que te he oído.
Así conoció al viejo. Claro que cuando lo vio casi se vuelve a morir del susto. Tenía dos agujeros de bala en la cabeza. El de entrada -justo en la frente- podía disimularse. El de salida no.
-Me quedó una pensión de mierda, así que la aliñé trabajando para unos camellos. Gente chunga –dijo tocándose el orificio.
Mendoza llevaba seis años y medio allí cuando Frank volvió a la vida. Le explicó de qué iba todo.
-En el 79 enterraron aquí a León Cienfuegos, un tipo que se parecía a Clark Gable, bigotito incluido. Al parecer era un Don Juan, y antes de que le diera un infarto había enamorado a una bruja, una de las de verdad, entiéndeme. Se trataba de Jimena LaFrey, y es la responsable de que estemos hablando.
>>LaFrey tenía solo 16 años y no dominaba por completo sus hechizos. Ella solo quería quedarse con su joven dandi, pero acabó resucitando a medio cementerio. Tuvo que ser la hostia. Imagínate a la pobre Jimena con solo 16 tacos, picando y cavando en plena noche para desenterrar a León, y cercada por un griterío inhumano. Le llevó más de dos horas, y cuando al final lo liberó, el tipo le dijo que tenía que volver a casa con su mujer.
>>¿Te imaginas? Una bruja adolescente traiciona a su aquelarre para resucitar al amor de su vida y resulta que el muy hijo de puta huye en cuanto puede para ver a la parienta. Bueno, Lafrey no se lo tomó muy bien, Frank, de hecho, usó su magia negra para deshacer el entuerto.
>>Y lo consiguió. Verás, la maldición de Lafrey alcanzó a Cienfuegos saltándose la tapia del cementerio. Según cuenta –y vaya si me lo creo- lo reventó como un huevo dentro de un microondas. La chica nunca se anduvo con chiquitas. A partir de entonces la tapia se convirtió en la frontera de nuestro nuevo hogar.
>>O sea, que si la traspasas: ¡pumba!, vísceras por doquier. En cambio, si te quedas aquí vivirás bastantes años, aunque Lafrey nunca especificó cuántos.
>>No envejecemos y somos inmunes a las enfermedades, pero debemos cuidarnos de las heridas, ahora tardan más en cicatrizar. Las nuevas, claro, porque las antiguas –dijo señalando su frente-, permanecen. Ah, y debemos alimentarnos de carne fresca para no enloquecer: ratas, perros, gatos… lo que caiga.
Mendoza no mintió, aunque pasaron algunos años hasta averiguarlo. Hacía solo cuatro meses, unas semanas después de que el chico resucitara, Frank y el viejo habían tenido que inmovilizarlo primero y atarlo después para meterle un gato vivo por la boca. Walter, así se llamaba el muchacho, había muerto con solo 19 años, y se había pasado 20 días sin comer después de su resurrección.
-Si te quieres matar, salta la tapia, chaval, será muy rápido, aunque un poco sucio. Pero no nos jodas.
Y, sin embargo, los jodió: tras 22 días de abstinencia a Walter se le pusieron los ojos rojos y comenzó a morderles.
-Es una especie de rabia –dijo Mendoza mientras noqueaba al chico.
-Creía que éramos inmunes a las enfermedades –replicó Frank mientras sujetaba al gato por la cola.
Mendoza gesticuló, y después los dos alimentaron al joven.
Y ahora, meses después, por fin, había llegado el Día de Muertos a la ciudad, una festividad recién traída de México, según contaban las crónicas locales.
-Bueno, Lafrey ha tenido mucho que ver con ello. Nuestra bruja quiere que comamos en condiciones una vez al año, por eso hace que el desfile termine aquí dentro.
Esta vez le tocó a Frank gesticular. No terminaba de acostumbrarse.
-Es un ritual, Frank, tómatelo así. Nos pasamos el año muertos de hambre, joder, a veces hasta comemos cucarachas y lombrices. Somos víctimas de una maldición, no pedimos ser enterrados aquí el 18 de junio, cuando resucitó aquel hijoputa de Cienfuegos. Desde entonces hemos resucitado 15, y ahora solo quedamos tú, yo y el chico.
-Es gente inocente, Mendoza.
-¡Y también lo era aquel borracho que vino en Año Nuevo a mear sobre las tumbas, Frank! ¿Te acuerdas? Yo ni siquiera tenía hambre, pero fuiste tú el que quisiste pedirle el móvil para hablar con tu mujer y tu hija. Las habrías condenado, tío, ya sabes cómo se venga Lafrey de las familias si se entera de que hablamos con ellas. Imagínate la que se liaría. ¡Si hasta nos tenemos que esconder por las mañanas cuando viene la gente al cementerio! Solo tenemos las noches, a los profanadores y el Día de Muertos.
Frank se acordaba. El borracho ni se inmutó cuando Mendoza le rompió el móvil, solo quería dormir. Pero Frank se frustró, y estaba hambriento, así que le abrió la garganta y bebió de él hasta dejarlo seco. Luego hicieron una hoguera y se lo comieron. No, no existían los inocentes cuando se pasaba hambre.
 -Esta noche –siguió Mendoza- tú y yo nos daremos un festín del copón. Entrarán más de cien personas como colofón del desfile, y todos disfrazados. Lafrey ya ha marcado a tres para nosotros. Hoy es nuestro día, ¡joder!, disfruta de la vida.