jueves, 11 de febrero de 2021

Descartes: El halcón maltés, una novela de Dashiell Hammett

 Hola, amigos, hoy no puedo recomendar la novela porque no me ha gustado. Aquí os dejo las razones. Un saludo. 




jueves, 28 de enero de 2021

jueves, 22 de octubre de 2020

Hoy recomiendo... La milla verde, una novela de Stephen King

 Hola, amigas y amigos, hoy os voy a recomendar La milla verde, también traducida como El pasillo de la muerte, una novela de Stephen King. Espero que la disfrutéis. Un saludo. 



domingo, 4 de octubre de 2020

Hoy recomiendo... Wilt, una novela de Tom Sharpe

 Hola, queridos amigos, aquí os dejo una nueva recomendación literaria. Se trata de una comedia escrita por Tom Sharpe. Espero que la disfrutéis. Dentro vídeo. 




sábado, 19 de septiembre de 2020

sábado, 12 de septiembre de 2020

sábado, 5 de septiembre de 2020

Hoy recomiendo... Frankenstein, de Mary Shelley

 Hola, queridos amigos, aquí os dejo una breve reseña literaria de Frankenstein (su título completo es Frankenstein o el moderno Prometeo), una novela que tiene ya 202 años. A disfrutarla. 



sábado, 29 de agosto de 2020

Hoy recomiendo... Rebelión en la granja, de George Orwell

 Hola, amigas y amigos, aquí os dejo mi nueva recomendación literaria semanal: Rebelión en la granja, de George Orwell. Esta novela de 1945 es una de las más importantes que os podáis leer en vuestras vidas. Dentro vídeo.



sábado, 22 de agosto de 2020

Hoy recomiendo... Open, las memorias de Andre Agassi

Queridos amigos, aquí os dejo una nueva recomendación. Se trata de Open, las memorias de Andre Agassi. Fantásticas. Dentro vídeo. 


 

sábado, 15 de agosto de 2020

Hoy recomiendo... Últimas tardes con Teresa, de Juan MArsé

Hola, amigos, hoy os recomiendo una de las mejores novelas españolas de la segunda mitad del sigloXX, Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Dentro vídeo.



sábado, 8 de agosto de 2020

Hoy recomiendo... Diez negritos, de Agatha Christie

 Hola, amigos, aquí os dejo una nueva recomendación literaria para entretener el verano. Hoy toca... Diez negritos, de la autora inglesa Agatha Christie.


sábado, 1 de agosto de 2020

Hoy recomiendo... La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

Hola, queridos parroquianos. Aquí os dejo una nueva recomendación literaria. Una lectura liviana y muy divertida para este verano caluroso: La conjura de los necios. Una de las mejores novelas del siglo XX y, probablemente, la más divertida.


sábado, 25 de julio de 2020

Hoy recomiendo... La piel fría, de Albert Sánchez Piñol

Hola, amigos, aquí os dejo un nuevo vídeo sobre una lectura muy interesante. Hoy os recomiendo: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol.

sábado, 18 de julio de 2020

Hoy recomiendo... Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Hola, amigos, aquí os dejo un vídeo con mi recomendación literaria: Crónicas marcianas, un libro de Ray Bradbury. En este 2020 cumple 70 años, y nunca había lucido tan buena pinta. Un libro fácil y rápido de leer. ¡A disfrutarlo!


domingo, 15 de diciembre de 2019

Un terrible crujido


Se iban a enterar. ¡Negar el cambio climático! ¿Cambio? ¿Qué cambio? ¡Emergencia, era una puta emergencia climática! ¡Si hasta salía en la tele! Cualquiera con medio cerebro sabía que se estaban cargando el planeta. Inundaciones, sequías, capa de ozono… ahora nadie hablaba de ella, pero Juantxo recordaba el tiempo en que los telediarios abrían el informativo del mediodía con aquellos inmensos agujeros en la bóveda celeste. Por allí se filtraban los rayos uva que mataban a las plantas y al continente africano. ¿Y de quién había sido la culpa? Del hombre blanco y heterosexual, por supuesto. El mismo Juantxo sería cómplice si no fuera porque él era diferente, moralmente superior.
Claro que probablemente ya era tarde para actuar, pensaba Juantxo, y aquella reflexión surgida casi de improviso a punto estuvo de hacerlo desistir. En realidad llevaba quince minutos deseando bajarse de la rama a la que se había encaramado para cortarla. No estaba acostumbrado al trabajo (en general) físico. El sudor se le metía por los ojos y tenía las manos y las muñecas hinchadas. Ser obrero era una puta mierda, para qué engañarse, por mucha conciencia de clase que a uno se le despertara. Con aquellos pocos minutos de experiencia física atroz cumplía para toda la vida. Si uno no se daba cuenta de eso desde el primer minuto es que eras gilipollas. Aquello te lo podía decir cualquier liberado sindical. El trabajo manual embrutecía.
Juantxo inspiró profundamente y siguió descansando un poco más, recostado sobre la rama que pretendía medio cercenar. Tenía que recuperarse. Mañana pasaría por allí debajo la comitiva del ayuntamiento para inaugurar la nueva fuente del parque. ¡Qué atroz despilfarro de agua! Su plan, lo sabía, era desesperado, tremebundo, pero nadie llamaría a su puerta para decirle que él no hizo nada para salvar al planeta. Sí, era una pequeña acción, ¿pero qué decía al respecto el efecto mariposa? Pues eso, que una mariposa bate sus alas en Pekín y llega un tsunami a Tokio. O algo parecido. Además, ¡se trataba de la intención, no del conocimiento!
Y lo que pretendía Juantxo era propiciar la caída de aquella rama en el momento oportuno. La dejaría casi segada, ataría una tanza de pescar en el extremo y, a la mañana siguiente, cuando pasaran los políticos camino de la fuente, tiraría del hilo de pescar. Quizás no se rompería la rama, pero se quebraría lo suficiente para dar un susto grande. Y ahí, en ese preciso instante, saldría él de entre las sombras para acusar al alcalde y a los concejales de contribuir al calentamiento climático (¿o era global?). La rama, argüiría, se quebró por la contaminación insoportable a la que el equipo municipal sometía al pueblo. Y antes de marcharse, gritaría un “¡sois unos hijos de puta!”, que le daría pátina de macho y de revolucionario sensible a la vez. Además, gracias a los teléfonos móviles, estaba seguro de que se haría famosillo por las redes sociales y lograría la admiración del mundo, aunque en el pueblo le cayera alguna hostia.
De paso, seguro que se hacía un hueco en aquel movimiento transversal y global que era el ecologismo. Con un poco de suerte hasta ganaba algo de pasta y se echaba novia. Pero había que seguir, y Juantxo le echó un par de huevos adicionales y emprendió de nuevo la semipoda de la rama con aquella sierra en forma de cuchillo que se había comprado en el Leroy Merlin.
Sudaba como un cerdo, a pesar de la tarde fresca de noviembre, sin embargo, él era un hombre de acción, nadie le apartaría de su camino. ¡Nadie! Si hacía falta pararía con sus propias manos la contaminación del mundo, serviría de ejemplo a los demás. Él mismo sería, al fin y al cabo, la tumba del fascismo contaminador.  
Y si, después de todo, su acción llegaba tarde y no servía de mucho, ¡pues que se jodiera la puta humanidad! Que se exterminara de la faz de la tierra si así lo dictaba la Pachamama. ¿Había algo más sublime que azotar a los condenados a galeras mientras la embarcación se hundía?
“¡Os lo dije, os lo dije! ¡Si solo me hubierais hecho caso una puta vez! ¡Una vez, al menos, una jodida y puta vez!”
Juantxo estaba mascullando. A veces le pasaba; su imaginación era tan vívida que se ponía a parlotear las frases que migraban por su cabeza. En fin, se dijo, y antes de que pudiera seguir con su plan sintió un terrible crujido.
Crack.
Miguel Urbano escuchó un golpe espantoso, y eso que llevaba los auriculares puestos mientras corría por el parque. La alcaldía le estaba dando más disgustos de los esperados, y salir a correr había sido su única vía de escape. Además, al día siguiente inauguraría la nueva fuente y quería asegurarse de que todo estuviera preparado y que los vándalos se hubieran mantenido al margen.
Miró en derredor y vio a un mozarrón tendido de bruces en el suelo sobre lo que parecía la rama de un árbol. ¿Qué coño hacía aquel tarado subido allí arriba? Ya nada, desde luego, pues se había metido una buena hostia. Y no tenía pinta de columbicultor, al menos Miguel no veía palomas ni escaleras por ningún lado. Se acercó con precaución. De buenas ganas habría seguido corriendo, desentendiéndose del tema, pero ahora era el alcalde y tenía que dar ejemplo.
-¿Está usted bien?
Juantxo levantó el rostro del suelo y vio al fascista del alcalde. No recordaba bien por qué estaba tendido en vez de permanecer de pie. Pero la rama había caído, de eso estaba seguro. Entornó un poco los ojos y solo acertó a decir:
-¡Sois unos hijos de puta!


domingo, 16 de septiembre de 2018

Zenda#historias de bicis


Motoretta
Cuando la vi en el salón de mi casa tenía ya una edad más propia para soñar con Vespinos que con bicicletas, pero allí estaba. Roja, con letras blancas y sillín negro y alargado. Robusta, sus ruedas nuevas y brillantes aún olían a goma. Allí de pie, sobre su pata de cabra, mi GAC Motoretta parecía la mejor bicicleta del mundo.
Y solo era mía.
De eso se encargó mamá.
-Hasta que no te cicatrice la herida no podrás montarla –me advirtió.
“Que me la deje a mí”, imploró Jaime, ya por entonces el más intrépido y egoísta de los hermanos. Si no adorara tanto el recuerdo de mamá, hasta podría decir que ya era un buen hijo de puta.
Mi viejo estuvo a punto de asentir.
-La bicicleta es de Pablo y la estrenará él –zanjó Mercedes Limón, defendiendo el derecho de su primogénito.
No sé si fui el favorito de mamá, como me asegura Laura, mi hermana. A mí entender fue buena y justa con los tres, solo que en aquel momento de fragilidad, aún convaleciente por la operación y a punto de que se me rompiera el sueño de ser el dueño en exclusiva de la bicicleta, sí que me sentí su ojito derecho.
Me había costado cara, desde luego, concretamente un ataque agudo de apendicitis que derivó en peritonitis y que por poco me envía al “cortijo de los calladitos”, como contaba mi viejo.
Mi familia era bastante humilde. Papá tenía una librería atestada de libros y deudas, con pocos aunque fieles clientes. Mamá limpiaba algunas casas, aunque teniendo en cuenta que llevaba su propio hogar y que cuidaba de tres hijos y un marido, no ganaba mucho. Claro que como ella decía:
-Vuestro padre gana el pan de esta casa y yo aporto lo de dentro.
Mamá era buena, pero no hacía milagros, así que la bicicleta estaba descartada del catálogo de regalos. Pero como la apendicitis estuvo a punto de aguarnos la fiesta, mamá sacó dinero de su cartilla para comprar en el local de Sebastián una bici de segunda mano.
Tuve la recuperación propia de un torero. Vale que contara con trece años y que a esa edad las heridas sanen rápido, pero a los dos días ya estaba pedaleando por el barrio. Jaime se chivó, por supuesto, aún exprimía la posibilidad de, al menos, compartir la bici. Sin embargo, mis viejos estaban tan contentos de verme sano y feliz que ignoraron al pequeño soplón. Y, por supuesto, la actitud de mis padres me dio libertad para negarle la Motoretta a mi hermano pequeño. Para siempre.
Me vino bien. Con la disposición absoluta de la bici, comencé a juntarme más con Diego y Javier, a la postre, mis mejores amigos durante la adolescencia. Los dos montaban sendas BMX, más modernas, rápidas y estilizadas que la mía, pero cuando se trataba de largas distancias –y pronto salimos del barrio para recorrer cientos de kilómetros por arrabales y descampados-, mi Motoretta y mis piernas ganaban la partida. No tardaron ni una semana mis compinches en reconocer la valía de mi bicicleta. A la segunda, ya estaban intentando convencerme de que se la dejara un rato a cambio de las suyas.
No acepté.
Que yo sepa, y desde que fuera mía, en aquella bici solo se montaron cuatro personas: mi hermana Laura –se la dejé un par de veces, aunque se quejaba de que era demasiado pesada y grande-; Jaime –en una sola ocasión y después de que mamá me lo pidiera-; Inés –una compañera del cole que me gustaba- y yo mismo. Ningún regalo en mi vida, ni siquiera de adulto, igualó nunca a la Motoretta.
La exprimí a tope. Me encantaba ver las manchas en los guardabarros después de las gloriosas tardes de aventuras con Diego y Javier. Me gustaba limpiarla, llenar con el hinchador sus ruedas, comprar parches para los pinchazos y ponerle en los radios de la rueda trozos de goma de colores diversos. A Sebastián, el dueño de la tienda donde mis padres la compraron, debió de gustarle mi actitud, pues después de preguntarme cómo me iba con la bici, empezó a darme buenos consejos para su mantenimiento.
No recuerdo el día en concreto en que me monté por última vez, pero debía andar por los diecisiete años. Diego y Javier ya hacía tiempo que tenían moto y ya no íbamos juntos, pero yo aún salía a dar una vuelta con mi vieja Motoretta. Me quedaba pequeña, aunque tampoco era muy alto y no desentonaba demasiado. Eso sí, cuando me llamaron a filas para hacer la mili, la guardé en la librería de mi viejo para que Jaime no la cogiera. A mi hermano pequeño nunca le gustaron los libros.
         A los cinco meses, en Cerro Muriano, provincia de Córdoba, el sargento me comunicó que me fuera a casa, que mi madre estaba enferma. No llegué a tiempo. En realidad ninguno de la familia lo hizo: mamá estaba sola cuando murió de un infarto en la cocina.
         No recuerdo muchos detalles después de eso, salvo el paso lento y lamentable de los días, la tristeza y el abatimiento. Acabé como pude el servicio militar, volví a la librería de papá para ayudarle y no volví a ver la bicicleta. Supuse que Jaime la había cogido y la había vendido o tirado por ahí. Él tampoco tenía ya edad para montar en la vieja Motoretta.
         No duré mucho con papá, pronto me marché de la ciudad a vivir mi vida.
         Hasta hace unas semanas. Mi viejo también murió, y entre Laura y yo (Jaime solo vino al entierro) vaciamos la librería. Fue ella quien la descubrió. La vieja Motoretta aguardaba sepultada tras columnas de libros. Mi padre debió dejarlos allí, olvidados, el día en que murió mamá.
         Ahora la tengo en el salón de mi apartamento. Julia me pregunta qué pienso hacer con ella.
No sé, quizás un día la saque a dar una vuelta.

domingo, 12 de agosto de 2018

Zenda #pasionesdeverano


Pequeña Júpiter
Vamos a enterrar nuestro verano,
Pequeña Júpiter,
antes de que lleguen los lobos
y lo despedacen.
O, peor aún,
antes de que se ahogue
en cualquier jardín romántico y decadente,
entre charcas con verdín, hojas muertas
y tazas olvidadas  de porcelana.
Hazme caso,
llevo en el Negocio
antes de que nacieras.
Es mejor que lo sepultemos nosotros
a que lo pisoteen los demás.
Así nadie podrá mancillarlo
y nos acordaremos de estos días
con una sonrisa.
Quizás no signifique nada para ti,
pero para mí es esencial,
porque a partir de este verano,
crearé una vida imaginaria
en donde seré feliz a tu lado.
Sin niños. Sin mujer.
Sin diferencias de edad.  
Ayúdame a cavar bien hondo, Pequeña Júpiter,
a sepultar lo nuestro
para que el otoño no lo encuentre.
Y a decirnos adiós con serenidad y sin melodramas.
Ya no nos aguarda nada bueno, cariño,
y se precipitan los marrones.
Lo huelo en el aire, en la tormenta de ayer,
en el desayuno de esta mañana.
Cuando llegue octubre
y entres en la facultad
contarás a cualquiera que fui un cabrón,
que me aproveché de ti,
que jugué contigo a sabiendas
y que tenía 40 años, mujer y dos hijos.
Di también que tus padres y yo veraneábamos
en la misma urbanización,
junto a la playa,
que cuidabas de mi pequeño David
y que por eso nos conocimos.
A los 17 aún es importante contar los detalles,
no te los guardes,
ya te llegará el tiempo de silenciarlos.
Créeme, Pequeña Jupíter,
si yo tuviera tu edad,
contaría por ahí
que llevo clavado el sabor
a polo de fresa
en el cielo de mi boca
por culpa de tu lengua fría.
Y otras cosas también
(quizás)
compartiría.
Pero ahora no.
Afortunadamente nos hemos conocido
en igualdad de condiciones,
porque tú eres demasiado joven
para buscar mis defectos
y yo suficientemente viejo
para ocultarlos un tiempo.
Pero esto se acaba ya, Pequeña Júpiter.
Esta noche será la última y después la enterraremos.
Te quiero, pequeña.
Te juro que me has dado
otros 40 años de vida.
Pienso dedicártelos uno a uno en mis sueños.

domingo, 8 de abril de 2018

zenda#cienciaficción



No permitas esa abominación
El sudor se enfriaba en su pecho cuando recordó las palabras de María:
-No permitas esa abominación.
Habían ido a un cine del centro, uno que daban películas del siglo pasado y que animaba a la gente a vestirse de época. A pesar de las oportunas indicaciones, aquello fue un batiburrillo del siglo XX, con mezclas tan dispares como los pantalones acampanados y las hombreras descomunales.
María y él optaron por ropas de los 40, vestían como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca. De hecho acudieron en coche, en un DeSoto Coupe del 48, de color crema, un préstamo de Bernie, su jefe de por entonces. El coche era eléctrico y solo circulaba por tierra, pero los acabados eran impresionantes. Parecía mentira que lo hubieran imprimido hacía solo un par de años.
-Después hasta podemos echar un casquete, si quieres –bromeó él.
María sonrió.
Durante el primer intermedio fue cuando se cruzaron con Álvaro y… su mujer. Ingrid había fallecido en un accidente dos meses atrás. Se había caído de una escoba voladora durante la celebración de Halloween. A veces, las ganas de divertirse de los adultos se imponían a las más elementales normas de seguridad y sentido común. Parecía mentira que a mediados del siglo XXI aún permitieran las escobas y las nubes voladoras sin ninguna restricción adicional a no sobrevolar zonas habitadas.
Y Álvaro, el bueno de Álvaro que había luchado por conquistar a su mujer desde los 15 años hasta bien entrado en los 30 (¡a los 34!) no lo aceptó. Literalmente. Ni siquiera avisó a la familia de Ingrid. Tampoco organizó su funeral. Al final todos se enteraron, evidentemente, la ley exige informar de la muerte de cualquier humano. Es requisito indispensable para comprar un duplicado. También le incluyen un destello intermitente en la frente para que ningún vivo se lleve a engaño. A partir de ahí, los dueños pueden hacer lo que quieran, incluso vivir una mentira. La mayoría lo hacían en casa. De hecho la cosa empezó con las mascotas de los ricos, en concreto con el chimpancé progresado de Luc Kalifa, el campeón de motos voladoras. Había pagado por aquel mono cultivado en laboratorio una millonada. Al mono solo le faltaba hablar, y no era nada agresivo gracias a la modificación genética oportuna. Pero una gripe mató a Moly a los dos años de edad. Luc pagó menos de un cuarto de millón por una réplica igual a Moly, un androide. El mono daba el pego y Luc Kalifa volvía a sonreír. ¿Quién podía pedirle más a este cochino mundo?
El siguiente paso fue obvio. Ya existían los androides de evasión, robots sexuales con textura de piel humana. También con calor, olor y sabor. Solo les faltaba hablar porque gemir, ya gemían. Y tras el monito Moly, la actriz Vilma Lago encargó otro androide que en vez de funciones sexuales satisfacía vacíos emocionales. Acababa de perder a su bebé de seis meses.
Los androides se perfeccionaron al mismo tiempo que se abarataban. Bondades del capitalismo de la segunda mitad del siglo XXI.
Y para cuando Ingrid Romero se cayó de una escoba voladora y se partió el cráneo contra el suelo, ya ni siquiera eran noticia los duplicados. Hasta se llamaban así, en vez de replicantes, como inicialmente comenzaron a conocerse. Pero la duplicada de Ingrid Romero sí que fue la primera que María y él vieron, la primera conocida. Físicamente era igual que ella, salvo por la luz que cada 30 segundos destellaba en su frente. Su autonomía, por otra parte, era bastante limitada. Movimientos menos dinámicos y más restringidos, conversaciones banales. Sin embargo, su cara, sus gestos y su voz eran calcos de la auténtica Ingrid.
Lo peor, no obstante, fue la reacción de Álvaro. La duplicada no conocía a la pareja, algo normal porque en vida había sido solo una conocida. Los duplicados venían con un paquete básico de conocimientos familiares, pero no todos los que sobrevivían a los finados se prestaban a aportar información para crear a los duplicados.
-Son Carlos y María, ¿no te acuerdas, Ingrid? Fuimos compañeros en el instituto.
Claro que no se acordaba, pero en pocos segundos el ordenador que la duplicada llevaba en la cabeza recabó de las bases de datos toda la información que necesitaba  para actuar con normalidad.
-Hola, María, te sienta muy bien esta ropa, aunque no es de tu estilo. Por cierto, tu cumpleaños es dentro de una semana.
Silencio.
-Ha estado enferma, pero ahora se encuentra mucho mejor –la excusó Álvaro.
María se disculpó y volvió a su asiento. Cuando Carlos regresó a los pocos segundos fue cuando se lo dijo:
-Si me pasa algo a mí, no permitas esa abominación.
Desde luego. Cómo no.
Ahora el sudor seguía enfriándose en su pecho. Acababa de follar con la duplicada de María y eso que no hacía ni 24 horas que la había adquirido. Se dijo que iría poco a poco. Los fabricantes le aseguraron que le devolverían todo el dinero en caso de que no quisiera quedársela. Tenía seis meses por delante.
-¿Es muy habitual? –había preguntado.
-¿Devolver un duplicado? Menos del uno por ciento de nuestros clientes lo hace.
Carlos se había quedado mudo, nunca se había planteado un  éxito tan arrollador de los duplicados. El programador, intuyendo sus pensamientos, añadió:
-No podemos conseguir la inmortalidad, eso es un cuento. Pero podemos paliar el dolor. En eso somos los mejores.
Y de eso, en definitiva, se trataba.
Tenía que superar el divorcio.


jueves, 22 de febrero de 2018

zenda #poemasdeamor

Lobos que sueñan con nenas

Hoy he vuelto a ver la foto en la que aparecemos los tres,
la que guardabas en el cajón de la mesita de noche
porque te avergonzabas
de la cara somnolienta con la que salías.
Y, fíjate como son las cosas, mi amor,
que aún te sigo viendo guapa
a pesar de que me convencieras de casi todo.
“Es que tienes poca personalidad, cariño”, te reías.
Solo que a mí me daban igual los argumentos
con tal de tocarte, de olerte, de escuchar tu voz
y verte leer en el sillón
o caminar de puntillas por el pasillo
para endurecer tus glúteos.
Siempre fuiste la rara más sexi del mundo,
la mujer más hermosa con la personalidad implacable
de las magas y de las diosas.
Pero algún dios cabrón me la jugó en esta tragedia
y me dejó a mí vivo
para añorarte.
Me habría cambiado por ti un millón de veces.
Por ti. Por la niña. Pero sobre todo por mí,
para no ser el que se levanta por las mañanas
y tira de su vida como si fuera un fardo ajado.
El martes hizo cinco años
de aquella mala noche y ya soy capaz
de soportar el aniversario de tu muerte
sin el semblante de moribundo.
Hasta Claudia lo ha notado.
“Ya no duele tanto, ¿verdad, papá?”
“Claro que no”, le miento.
Sí que sigue doliendo.
Pero ahora me conformo con que una semana después
llegue nuestro aniversario de verdad, la fecha
en la que nos enrollamos por primera vez,
allí, en la playa,
delante de las olas y de nuestros amigos.
Así que ahora me parece una ventaja.
Primero triste. Después, menos triste.
Y luego ya se va pasando y uno va viviendo
a través de los viejos y gloriosos tiempos,
que fueron todos los que pasamos juntos.
Menos la última noche, claro,
cuando nos fundieron las luces para siempre.
Y esta vida que me ha quedado, si no fuera por Claudia,
que crece y comienza,
sería solo el recuerdo de la anterior.
Vale, me has pillado.
También está la nueva chica, la profe de Literatura
que sustituye a Laura por la baja de maternidad.
Ya nos hemos besado y nos queda poco para acostarnos.
El otro día estuvimos a punto,
pero Claudia se quedó sin su clase de inglés
y abortamos la operación “primer polvo y a ver qué pasa”.
Se lo tomó a risa y se lo agradecí.
Un día de estos te diré su nombre si veo que la cosa tiene futuro. 
Trata bien a nuestra princesa, quédate tranquila,
y a mí me cuida y me dice que coma más.
También que me abrigue el cuello y la garganta
(se ha fijado en mis cicatrices y creo que quiere
que no las luzca demasiado).
Es una mujer buena.
Es suficiente.
Con peores mimbres se juntan algunas familias.
El otro día –y ya termino, cariño- la niña
me recordó que de pequeña
(ahora tiene nueve años, joder,
cualquiera diría que ya es mayor)
la tranquilizaba cuando le decía que no soñaría
con lobos.
De lo que no se acordó
fue de la pregunta que me hizo justo la noche antes
de que pasara lo que pasó.
“Papi, ¿los lobos sueñan con nenas?”
Era una jodida premonición,
ahora me percato.
La noche siguiente te convertiste en…
bueno, ya sabes lo que ocurrió cuando salió la luna llena.
“Una vez me maldijeron”, me confesaste
la primera vez que nos acostamos juntos.
“Y creo que fue de verdad.
Pero han de darse muchas casualidades
para que la maldición se cumpla,
así que no te asustes demasiado.
Pero si alguna vez me sale mucho pelo
y unos colmillos grandes,
corre por tu vida.”
Aún escucho tus risas
y veo bajar y subir tus pechos desnudos.
Y, sin embargo…
Luna llena, amor presente, niña dormida en tus brazos
y el mar y el fuego disputándose a los valientes.
Aquella noche de junio pasó y aún me pregunto
cómo coño no sucedió antes
y por qué no te acordaste si solo era aquello.
Al principio te echaba la culpa.
Bueno, a mí también, después de todo fui
el que te clavó el cuchillo de plata en el corazón.
Solo que no eras tú, nena, sino un monstruo
que iba a devorar a nuestra princesa
y que ya me tenía agarrado
por el cuello.
Ojalá Claudia no hubiera estado.
Me habría dejado comer vivo por ti
antes de ponerte un dedo encima.
Y, tal vez, te hubieras vuelto humana y viuda
al mismo tiempo.
Me habrías llorado y te habrías recriminado
el asesinato.
Luego te habrían recetado diazepam,
como a mí,
solo que tú habrías salido adelante.
Lo sé, lo sé, soy un quejica,
pero dame tiempo.
Un año más.
O tal vez dos.
Ya está, cariño, cuídate,
la princesa sigue fenomenal
y se acuerda de ti.
No permitiré que te olvide.
Nunca.
Y sí, sé que estás orgullosa de ella.
Y de nosotros.
Te amo, mi niña,
a veces acaricio mis cicatrices
para sentirte cerca.

viernes, 2 de febrero de 2018

zenda #historiasdesuperación

Víktor
El doctor Emil Lazar había creído que desde su resurrección nada podría asustarle. Pero allí estaba, temblando a pesar de su nueva naturaleza, controlándose para que su creadora, Olivia Drakos, una rubia con los ojos verdes más bonitos del mundo no se percatara de que su pupilo era un cobarde.
-Tranquilo –le susurró mientras lo acompañaba por los pasillos de la mansión.
Bueno, pues tocaba de nuevo hacerse el hombre, aunque aquello ahora había dejado de importar, concretamente 15 días atrás, cuando la bella Olivia lo abordó en un café de la alameda, se lo ligó en unos minutos y, ya en su pequeño apartamento de estudiante (“solo para mí… y para ti”), en vez de follárselo, le chupó la sangre y acabó con su vida. Y algo más.
Qué vergüenza. No solo había llorado e implorado por su vida a la vampira, sino que en el momento del ataque, cuando sintió los colmillos de la mujer en su cuello, se había meado encima. Y a Dios gracias que se había parado ahí. Luego, cuando sus fuerzas mermaron y dejó de defenderse, se preparó para morir. Y entonces se vio tendido en el suelo, bocarriba, inmovilizado por ambos brazos. Y encima de su rostro, pendiente de él, ensimismada, Olivia lo miraba con la boca llena de sangre y un mechón de pelo suelto.
 “Joder, pero qué bonita es la hija de puta, si está a punto de llorar.”
Y de hecho lloró. Y al ver sus lágrimas, Lazar casi la hubiera perdonado a pesar de que acabara de chuparle un litro de sangre. Por cosas peores pasaban algunas parejas.
-Qué bello –gimió la mujer.
El joven médico se consoló por expirar entre los brazos de aquella belleza salvaje. Ya ni siquiera estaba asustado.
Sin embargo, ella no lo dejó morir. Olivia Drakos lo había elegido para alimentarse aquella noche. Era guapo, joven, lleno de sangre. Pero ahora, en su apartamento, mientras moría y lo miraba a los ojos, apreciaba toda la belleza en su expiración.
-Vivirás –le dijo.
Y luego lo besó y la sangre comenzó a entrar en la boca de Emil.
Dos días después resucitó para conocer en carne propia que los vampiros existían. Ella le enseñó todo. Los mitos de los que podía reírse (espejos, ajos, cruces, transformaciones) y los límites de la especie que debía respetar (el fuego, el sol, la decapitación). También le trajo a su primera víctima: un individuo pasado de rayas y alcohol. Le rompió la espalda antes de alimentarse de él.
De eso hacía dos semanas. Y esta noche Olivia le había citado en la mansión de Víktor.
-Es el líder de nuestra estirpe, el más sabio y poderoso, cuida de nosotros. Y ahora quiere conocerte, darte la bienvenida a la gran familia. Por eso antes quiero contarte su historia, quiero que comprendas su sacrificio.
>>Víktor huyó del Viejo Mundo a finales del siglo XVI, cuando los hombres y el fuego encontraron su tumba. Ya no se sentía seguro en la tierra de sus antepasados, así que se embarcó hacia Nuevo Mundo. Pero lo que no consiguió el fuego casi lo logra el agua, y su barco naufragó un atardecer en mitad del Atlántico.  Acabó en un islote pedregoso con dos supervivientes más: una madre y un niño. Víktor los salvó, había pensado alimentarse de ellos mientras aguardaba otro barco. Durante unos días, se las apañó para cuidar de ellos y ocultar su secreto al mismo tiempo. Cazó, construyó un refugio y hasta hizo fuego. Sabía que era cuestión de tiempo que el hambre le venciera y acabara devorando a aquellos dos infelices. La sangre de los animales (gaviotas y peces) lo envenenaba día a día.
>>Pero día a día, también, Víktor se fue enamorando de la mujer, de aquella pobre viuda, y se encariñó igualmente del pequeño hijo de cinco años. Él, que ya ni recordaba a su propia familia, se encontró con una nueva en mitad del océano. Y le afectó hasta tal punto que decidió ligar su destino a la suerte de aquellas criaturas. Así que nuestro padre decidió ayunar hasta la inanición con tal de que Eva y el joven Arminius sobrevivieran.
>>Pasaron las semanas y Víktor contó su secreto a la mujer y al niño. “Necesito que sepáis la verdad, solo así estaréis más seguros”. Y mientras tanto, el vampiro enfermaba entre ataques de locura que aplacaba clavándose los colmillos en sus muñecas y los accesos de felicidad en los que cuidaba de Eva y Arminius.
>>Un día, al atardecer, cuando Víktor salió de su refugio de piedras, el vampiro se percató de que la madre y el niño se habían ido. Descubrió las huellas. Un barco. ¡Los habían rescatado mientras él dormía! Nunca llegó a saber si Eva intentó esperarlo o alertó a sus rescatadores a que se dieran prisa. O quizás fuera el niño. O ambos. Pero se sintió feliz. Su mayor miedo había sido devorarlos, dejarlos secos como un pedazo de carne en salazón. Y había vencido, había logrado superar su hambre… para verse solo.
>>Víktor tardó más de 100 años en alcanzar las costas del Nuevo Mundo. Se llevó varado allí casi la mitad del tiempo. Jamás supo de Eva o de su hijo. Jamás volvió a probar la sangre de un hombre.
Emil asintió cuando Olivia terminó el relato. Habían llegado a la puerta de la biblioteca de la mansión de Víktor. Dentro, junto a más de 20.000 volúmenes, esperaba su dueño.
-Tranquilo –dijo otra vez Olivia mientras lo besaba-. Entra.

 Emil entró. Tenía muchas preguntas que hacer a ese padre de vampiros. Y la primera, por supuesto, era como sobrevivía sin la sangre humana. Y entonces lo supo. Quiso volverse para escapar pero no le dio tiempo. En un segundo Víktor lo alcanzó y le partió el cuello al tiempo que enterraba sus colmillos curvos y amarillentos en su carótida. La sangre sabía muy bien, pensaba Víktor mientras sorbía lentamente. No se olvidaría de felicitar a Olivia.