80. El buen demócrata
Al estirado de Cameron, el primer ministro británico, alguien debería decirle que se la deje de coger con papel de fumar cada vez que vaya al meadero, claro que si esperamos a que Silvio se la enfunde primero o Zp aprenda inglés, más vale que le den el recado los universitarios británicos, que ya asaltaron la sede del partido conservador cuando Cameron y los liberales los dejaron sin becas. Quién dice que todavía no quedan ejemplos a seguir en Europa.
Los líderes políticos europeos deberían conocer más a sus ciudadanos y preocuparse menos, confiar más en su desprecio pasota: sabemos de la hipocresía de nuestros presidentes y jefes de Estado, que se fotografían hoy con el presidente chino y ayer con Gadafi, Mubarak y Ben Ali. Quitarle la inmunidad diplomática a Gadafi en Gran Bretaña, como ha hecho Cameron, es una nadería. Al europeo medio eso le importa una mierda, con tal de que tenga trabajo, tele y paz; Trípoli, El Cairo o Túnez sólo son destinos turísticos, no paraísos utópicos. Ya lo dijo Bisbal, al que crucificaron por expresar lo que millones de compatriotas continentales siguen pesando: “¿me joderá esto las vacaciones de Semana Santa?”.
Del mismo modo que ninguna sociedad europea se rasgó las vestiduras por las filtraciones que realizó Wikileaks, el que hoy se hable de las pasadas y magníficas relaciones entre nuestros buenos demócratas y los malos sátrapas y dictadores sólo sirve para entretenerse. A Franco lo terminaron aceptando en USA y Europa, y a Hitler le pararon los pies sólo porque no supo detenerse a tiempo. Mira como con Stalin los buenos demócratas dejaron el ajuste de cuenta para las páginas de Historia.
Claro que la caída de los sátrapas viene en un mal momento para nuestros líderes occidentales. Vemos a un grupo humano exigir la libertad, los derechos humanos, y a las pocas semanas cae un tirano que llevaba décadas en el poder. Y luego, otro, y ahora viene el próximo. Hoy sabemos, antes de que ocurra, que Gadafi caerá, y también que no será el último.
Ahora el europeo apoltronado está comenzando a incomodarse. Sabe que va tener que jubilarse un poco más tarde, que la gasofa está más cara y que el Estado del Bienestar comienza a ser una fábula con la que entretener a nuestros nietos. Y al mismo tiempo que comenzamos a sentir un frío incómodo en nuestro salón, un calor inaguantable en el centro comercial de turno, el europeo comienza a pensar si no es hora de competir de verdad. No como los chinos, sino como lo tunecinos, los egipcios y los libios. Salir a la calle, ocupar las plazas y acojonar a nuestros líderes; quitarlos de en medio. Es obvio que con una tasa de paro que ronda el 10% la peña no va a pasarse el día en una plaza de Berlín o Londres reclamando más libertad, redistribución o justicia social, pero no me atrevo a decir lo mismo con una tasa del 20% y mucho menos si sigue escalando. ¿Mejoraría la cosa? ¿Tendríamos mejores sociedades, mejores líderes? ¿Serían más responsables, democráticos y justos si salimos a repartir estopa? Lo dudo, pero importa poco, las revoluciones tienen poco que ver con el deseo de mejorar el presente: se trata más bien de un ajuste de cuentas, de una redistribución del miedo, del dolor y la pobreza; y sobre todo una vía de escape para frustración y la ira. Pero a la larga funciona, el nuevo gobernante no olvida que a su predecesor se lo ventilaron en una mala tarde. Lástima que España no tengamos esa experiencia: lo que habríamos avanzado.
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domingo, 27 de febrero de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
79. Los guardianes
-Ese ciudadano que pasa frente a nosotros y pisa la mierda de perro despotrica contra el país y sus instituciones, contra los políticos, el ayuntamiento, los poderes fácticos y económicos, la Corona, la Constitución Española de 1978 y la madre que parió al perro y a su dueño. Y todo por una mierda aplastada entre el asfalto y la suela de su zapato derecho, quién diría que sólo ha sido por eso; la ira lo embarga y su rostro enrojece. ¿Ves lo que te digo?
-No.
-Un ciudadano que se preocupa por la suciedad de sus calles es la muestra más palpable de que vivimos en un país desarrollado y civilizado. Hace unas décadas no miraban tanto al suelo, no buscaban la papelera torcida o la farola apagada, eran otras las preocupaciones. Es lo que pasa ahora en el mundo árabe, lo que ha ocurrido en Túnez y Egipto: la gente de aquí luchaba entonces por su libertad.
-Siguen los problemas: hay paro, descrédito hacia las instituciones, pesimismo y miedo. No creo que estuvieran tan de acuerdo contigo, aunque yo sí sepa ver por dónde vas y hasta pueda aceptar tus argumentos.
-Hace falta perspectiva, acuérdate de lo que pasó hace 30 años, el lunes, aquel loco del bigote y los seis autobuses escolares llenos de guardias civiles. La toma del edificio, los tiros, la brutalidad y la barbarie contra la civilización. ¿Cuánto tiempo estuvieron aquí dentro? ¿18 horas? No recuerdo durante aquel día a nadie que se quejara por pisar una mierda de perro. Y seguramente se pisaron más que ahora.
-Aquel día las prioridades fueron otras.
-Y los problemas. No sólo era la suerte de los diputados, ni los tanques por las calles de Valencia, ni los militares que salieron por Madrid y llegaron hasta el Congreso para luego retirarse de nuevo. Los ciudadanos temieron por sus vidas, por el desmoronamiento de la convivencia, por la posible llegada de unos tiempos más atroces y salvajes. Ahora llevan más de 70 años sin matarse entre ellos, al menos a gran escala, y casi 34 de democracia. Perspectiva. Aquel día la tuvieron, fíjate, y no porque fueran más listos o estuvieron mejor informados. Vieron el desastre cruzando el umbral de sus vidas, adivinaron la intención de algunos de perpetuar la infamia y la ignominia, de cerrar el paréntesis que se abrió en junio de 1977. Los más viejos se acordaron del 36 y los más jóvenes de lo que sus padres le contaron de aquel año.
-No todos se asustaron. Algunos se alegraron, se reunieron, elaboraron listas negras y jugaron a ser poderosos y despiadados.
-No hay evolución sin confrontación, aunque sea civilizada. En toda historia hay tesis y antítesis, buenos, malos y regulares.
-Y malos y menos malos, o malos y peores.
-Sí… siempre hay algunos malos preferibles a otros. Pero también hubo buenos, tipos que se la jugaron literalmente: el presidente que se marchaba, Suárez, y el general, aquel hombre delgado y pequeño, Gutiérrez Mellado. ¿Viste las imágenes? No pudieron ni tirarlo al suelo.
-Sí, las vi, siempre me gustaron aquellos dos, daban prestigio al Congreso de los Diputados, como nosotros.
-¡Ja, ja, ja! Sí, sí, qué bueno… fíjate lo importante que somos que llevamos aquí desde 1872 y todavía no nos han dejado entrar por las puertas… ¡ja, ja, ja!
El policía nacional de guardia en las puertas del Palacio de las Cortes se giró hacia su derecha y observó una vez más al león de bronce. Juraría que había escuchado una risa un tanto gutural, “la risa de un león, si uno pudiera reírse”, pensó. Se giró de nuevo y anduvo unos pasos hacia el otro león. “Míralo, el hijoputa parece que también se estuviera riendo”.
-Ese ciudadano que pasa frente a nosotros y pisa la mierda de perro despotrica contra el país y sus instituciones, contra los políticos, el ayuntamiento, los poderes fácticos y económicos, la Corona, la Constitución Española de 1978 y la madre que parió al perro y a su dueño. Y todo por una mierda aplastada entre el asfalto y la suela de su zapato derecho, quién diría que sólo ha sido por eso; la ira lo embarga y su rostro enrojece. ¿Ves lo que te digo?
-No.
-Un ciudadano que se preocupa por la suciedad de sus calles es la muestra más palpable de que vivimos en un país desarrollado y civilizado. Hace unas décadas no miraban tanto al suelo, no buscaban la papelera torcida o la farola apagada, eran otras las preocupaciones. Es lo que pasa ahora en el mundo árabe, lo que ha ocurrido en Túnez y Egipto: la gente de aquí luchaba entonces por su libertad.
-Siguen los problemas: hay paro, descrédito hacia las instituciones, pesimismo y miedo. No creo que estuvieran tan de acuerdo contigo, aunque yo sí sepa ver por dónde vas y hasta pueda aceptar tus argumentos.
-Hace falta perspectiva, acuérdate de lo que pasó hace 30 años, el lunes, aquel loco del bigote y los seis autobuses escolares llenos de guardias civiles. La toma del edificio, los tiros, la brutalidad y la barbarie contra la civilización. ¿Cuánto tiempo estuvieron aquí dentro? ¿18 horas? No recuerdo durante aquel día a nadie que se quejara por pisar una mierda de perro. Y seguramente se pisaron más que ahora.
-Aquel día las prioridades fueron otras.
-Y los problemas. No sólo era la suerte de los diputados, ni los tanques por las calles de Valencia, ni los militares que salieron por Madrid y llegaron hasta el Congreso para luego retirarse de nuevo. Los ciudadanos temieron por sus vidas, por el desmoronamiento de la convivencia, por la posible llegada de unos tiempos más atroces y salvajes. Ahora llevan más de 70 años sin matarse entre ellos, al menos a gran escala, y casi 34 de democracia. Perspectiva. Aquel día la tuvieron, fíjate, y no porque fueran más listos o estuvieron mejor informados. Vieron el desastre cruzando el umbral de sus vidas, adivinaron la intención de algunos de perpetuar la infamia y la ignominia, de cerrar el paréntesis que se abrió en junio de 1977. Los más viejos se acordaron del 36 y los más jóvenes de lo que sus padres le contaron de aquel año.
-No todos se asustaron. Algunos se alegraron, se reunieron, elaboraron listas negras y jugaron a ser poderosos y despiadados.
-No hay evolución sin confrontación, aunque sea civilizada. En toda historia hay tesis y antítesis, buenos, malos y regulares.
-Y malos y menos malos, o malos y peores.
-Sí… siempre hay algunos malos preferibles a otros. Pero también hubo buenos, tipos que se la jugaron literalmente: el presidente que se marchaba, Suárez, y el general, aquel hombre delgado y pequeño, Gutiérrez Mellado. ¿Viste las imágenes? No pudieron ni tirarlo al suelo.
-Sí, las vi, siempre me gustaron aquellos dos, daban prestigio al Congreso de los Diputados, como nosotros.
-¡Ja, ja, ja! Sí, sí, qué bueno… fíjate lo importante que somos que llevamos aquí desde 1872 y todavía no nos han dejado entrar por las puertas… ¡ja, ja, ja!
El policía nacional de guardia en las puertas del Palacio de las Cortes se giró hacia su derecha y observó una vez más al león de bronce. Juraría que había escuchado una risa un tanto gutural, “la risa de un león, si uno pudiera reírse”, pensó. Se giró de nuevo y anduvo unos pasos hacia el otro león. “Míralo, el hijoputa parece que también se estuviera riendo”.
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