94. Un instante de gloria
Mucha academia militar, mucha carrera universitaria en facultad pública, mucho master del universo en USA y una experiencia internacional del copón, pero lo único que se le ocurre al principito para rematar la faena a modo de despedida es decirle a la ciudadana que le pedía el referendo sobre monarquía o república que ya había conseguido su minuto de gloria. Se lo dijo con cierto enfado, como si la chica no tuviera derecho, como si el hecho de plantearle la cuestión en plena calle y delante de las cámaras de televisión fuera un acto hostil, un atrevimiento, una osadía que un príncipe tan guapo y apuesto como el nuestro no se mereciera. De ahí el gesto final, con mezcla de indulgencia real moderna con unas gotitas Borbón, en plan “si esto llega a pasar hace 50 años verás lo indulgente que habría sido”.
Fue un tanto decepcionante la actuación del futuro jefe de Estado, sobre todo al final, incapacitado como está (eso parece) para asumir una crítica a su forma de vida. Para añadir más humillación al encuentro, hasta un guardaespaldas tuvo que salir al recate dialéctico, preguntándole a la chica de una manera zafia y tabernaria si no tenía ningún problema más importante en la vida. Si el principito tuviera un mínimo de orgullo debería haberle dicho a su guardaespaldas algo así como: “Oye, colega, limítate a parar las hostias y las balas, que de los razonamientos ya me encargo yo”. Tampoco ayudó mucho la presencia hostil del presidente de Navarra ni sus furibundas intervenciones, en plan padre avergonzado de que una hija de su tierra se atreviera a plantearle a un tipo de vida fácil una pregunta educada pero un poco hijaputa.
Menos mal que Letizia es inteligente e hizo una retirada a tiempo que, visto lo visto, es lo mejor que se podía hacer. Ella está más acostumbrada a las críticas; él, en cambio, hasta ahora sólo lo llamaban desde las multitudes para decirle lo guapo que era. Mal acostumbrado, me temo, tenemos al heredero de la jefatura de Estado.
No soy monárquico ni juancarlista, pero hasta hace poco prefería vivir en una monarquía en vez de una república, porque me parecía que la corona jugaba su papel como muro de contención de la derecha más reaccionaria. “Mientras haya corona no habrá guerra civil”, pensaba. Hoy veo más a la Unión Europea como ese último muro cuasi impenetrable que nos separa a los españoles de una guerra fraticida. ¿Exagero? Ni de coña. El hecho de pertenecer a la UE es como tener una cámara de televisión que nos vigila permanentemente. Si pertenecemos a un grupo tan exigente, aunque vayamos en la cola, debemos guardar las formas, y eso significa no matarse entre nosotros por cuestiones ideológicas o por simples venganzas personales.
La monarquía, por muy parlamentaria que sea, casa mal con una democracia. Jefe de Estado sin elecciones, cargo vitalicio y hereditario… y mucha corte real viviendo del cuento y procreando como conejos. Pero hasta ahora la figura del rey había sido más o menos respetada, sobre todo por su actuación en el 23-F. Y la continuidad parecía asegurada con un heredero aparentemente moderno, que se casa por amor y que cae o caía bien.
Pero la falta de pan lo cambia todo, la falta de curro y la sempiterna crisis, que tiene principio pero no tiene fin, es demasiado fuerte y duradera. La hostia del ladrillo ha sido tan monumental como para plantearse hacer reformas en casa. La Constitución de 1978 se empieza a agrietar y si no se reforma a tiempo, la Monarquía ya no tendrá que preocuparse por los instantes de gloria de una ciudadana sino por el hambre de todo un pueblo. Y el hambriento no es paciente ni debe serlo.
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domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
79. Los guardianes
-Ese ciudadano que pasa frente a nosotros y pisa la mierda de perro despotrica contra el país y sus instituciones, contra los políticos, el ayuntamiento, los poderes fácticos y económicos, la Corona, la Constitución Española de 1978 y la madre que parió al perro y a su dueño. Y todo por una mierda aplastada entre el asfalto y la suela de su zapato derecho, quién diría que sólo ha sido por eso; la ira lo embarga y su rostro enrojece. ¿Ves lo que te digo?
-No.
-Un ciudadano que se preocupa por la suciedad de sus calles es la muestra más palpable de que vivimos en un país desarrollado y civilizado. Hace unas décadas no miraban tanto al suelo, no buscaban la papelera torcida o la farola apagada, eran otras las preocupaciones. Es lo que pasa ahora en el mundo árabe, lo que ha ocurrido en Túnez y Egipto: la gente de aquí luchaba entonces por su libertad.
-Siguen los problemas: hay paro, descrédito hacia las instituciones, pesimismo y miedo. No creo que estuvieran tan de acuerdo contigo, aunque yo sí sepa ver por dónde vas y hasta pueda aceptar tus argumentos.
-Hace falta perspectiva, acuérdate de lo que pasó hace 30 años, el lunes, aquel loco del bigote y los seis autobuses escolares llenos de guardias civiles. La toma del edificio, los tiros, la brutalidad y la barbarie contra la civilización. ¿Cuánto tiempo estuvieron aquí dentro? ¿18 horas? No recuerdo durante aquel día a nadie que se quejara por pisar una mierda de perro. Y seguramente se pisaron más que ahora.
-Aquel día las prioridades fueron otras.
-Y los problemas. No sólo era la suerte de los diputados, ni los tanques por las calles de Valencia, ni los militares que salieron por Madrid y llegaron hasta el Congreso para luego retirarse de nuevo. Los ciudadanos temieron por sus vidas, por el desmoronamiento de la convivencia, por la posible llegada de unos tiempos más atroces y salvajes. Ahora llevan más de 70 años sin matarse entre ellos, al menos a gran escala, y casi 34 de democracia. Perspectiva. Aquel día la tuvieron, fíjate, y no porque fueran más listos o estuvieron mejor informados. Vieron el desastre cruzando el umbral de sus vidas, adivinaron la intención de algunos de perpetuar la infamia y la ignominia, de cerrar el paréntesis que se abrió en junio de 1977. Los más viejos se acordaron del 36 y los más jóvenes de lo que sus padres le contaron de aquel año.
-No todos se asustaron. Algunos se alegraron, se reunieron, elaboraron listas negras y jugaron a ser poderosos y despiadados.
-No hay evolución sin confrontación, aunque sea civilizada. En toda historia hay tesis y antítesis, buenos, malos y regulares.
-Y malos y menos malos, o malos y peores.
-Sí… siempre hay algunos malos preferibles a otros. Pero también hubo buenos, tipos que se la jugaron literalmente: el presidente que se marchaba, Suárez, y el general, aquel hombre delgado y pequeño, Gutiérrez Mellado. ¿Viste las imágenes? No pudieron ni tirarlo al suelo.
-Sí, las vi, siempre me gustaron aquellos dos, daban prestigio al Congreso de los Diputados, como nosotros.
-¡Ja, ja, ja! Sí, sí, qué bueno… fíjate lo importante que somos que llevamos aquí desde 1872 y todavía no nos han dejado entrar por las puertas… ¡ja, ja, ja!
El policía nacional de guardia en las puertas del Palacio de las Cortes se giró hacia su derecha y observó una vez más al león de bronce. Juraría que había escuchado una risa un tanto gutural, “la risa de un león, si uno pudiera reírse”, pensó. Se giró de nuevo y anduvo unos pasos hacia el otro león. “Míralo, el hijoputa parece que también se estuviera riendo”.
-Ese ciudadano que pasa frente a nosotros y pisa la mierda de perro despotrica contra el país y sus instituciones, contra los políticos, el ayuntamiento, los poderes fácticos y económicos, la Corona, la Constitución Española de 1978 y la madre que parió al perro y a su dueño. Y todo por una mierda aplastada entre el asfalto y la suela de su zapato derecho, quién diría que sólo ha sido por eso; la ira lo embarga y su rostro enrojece. ¿Ves lo que te digo?
-No.
-Un ciudadano que se preocupa por la suciedad de sus calles es la muestra más palpable de que vivimos en un país desarrollado y civilizado. Hace unas décadas no miraban tanto al suelo, no buscaban la papelera torcida o la farola apagada, eran otras las preocupaciones. Es lo que pasa ahora en el mundo árabe, lo que ha ocurrido en Túnez y Egipto: la gente de aquí luchaba entonces por su libertad.
-Siguen los problemas: hay paro, descrédito hacia las instituciones, pesimismo y miedo. No creo que estuvieran tan de acuerdo contigo, aunque yo sí sepa ver por dónde vas y hasta pueda aceptar tus argumentos.
-Hace falta perspectiva, acuérdate de lo que pasó hace 30 años, el lunes, aquel loco del bigote y los seis autobuses escolares llenos de guardias civiles. La toma del edificio, los tiros, la brutalidad y la barbarie contra la civilización. ¿Cuánto tiempo estuvieron aquí dentro? ¿18 horas? No recuerdo durante aquel día a nadie que se quejara por pisar una mierda de perro. Y seguramente se pisaron más que ahora.
-Aquel día las prioridades fueron otras.
-Y los problemas. No sólo era la suerte de los diputados, ni los tanques por las calles de Valencia, ni los militares que salieron por Madrid y llegaron hasta el Congreso para luego retirarse de nuevo. Los ciudadanos temieron por sus vidas, por el desmoronamiento de la convivencia, por la posible llegada de unos tiempos más atroces y salvajes. Ahora llevan más de 70 años sin matarse entre ellos, al menos a gran escala, y casi 34 de democracia. Perspectiva. Aquel día la tuvieron, fíjate, y no porque fueran más listos o estuvieron mejor informados. Vieron el desastre cruzando el umbral de sus vidas, adivinaron la intención de algunos de perpetuar la infamia y la ignominia, de cerrar el paréntesis que se abrió en junio de 1977. Los más viejos se acordaron del 36 y los más jóvenes de lo que sus padres le contaron de aquel año.
-No todos se asustaron. Algunos se alegraron, se reunieron, elaboraron listas negras y jugaron a ser poderosos y despiadados.
-No hay evolución sin confrontación, aunque sea civilizada. En toda historia hay tesis y antítesis, buenos, malos y regulares.
-Y malos y menos malos, o malos y peores.
-Sí… siempre hay algunos malos preferibles a otros. Pero también hubo buenos, tipos que se la jugaron literalmente: el presidente que se marchaba, Suárez, y el general, aquel hombre delgado y pequeño, Gutiérrez Mellado. ¿Viste las imágenes? No pudieron ni tirarlo al suelo.
-Sí, las vi, siempre me gustaron aquellos dos, daban prestigio al Congreso de los Diputados, como nosotros.
-¡Ja, ja, ja! Sí, sí, qué bueno… fíjate lo importante que somos que llevamos aquí desde 1872 y todavía no nos han dejado entrar por las puertas… ¡ja, ja, ja!
El policía nacional de guardia en las puertas del Palacio de las Cortes se giró hacia su derecha y observó una vez más al león de bronce. Juraría que había escuchado una risa un tanto gutural, “la risa de un león, si uno pudiera reírse”, pensó. Se giró de nuevo y anduvo unos pasos hacia el otro león. “Míralo, el hijoputa parece que también se estuviera riendo”.
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