80. El buen demócrata
Al estirado de Cameron, el primer ministro británico, alguien debería decirle que se la deje de coger con papel de fumar cada vez que vaya al meadero, claro que si esperamos a que Silvio se la enfunde primero o Zp aprenda inglés, más vale que le den el recado los universitarios británicos, que ya asaltaron la sede del partido conservador cuando Cameron y los liberales los dejaron sin becas. Quién dice que todavía no quedan ejemplos a seguir en Europa.
Los líderes políticos europeos deberían conocer más a sus ciudadanos y preocuparse menos, confiar más en su desprecio pasota: sabemos de la hipocresía de nuestros presidentes y jefes de Estado, que se fotografían hoy con el presidente chino y ayer con Gadafi, Mubarak y Ben Ali. Quitarle la inmunidad diplomática a Gadafi en Gran Bretaña, como ha hecho Cameron, es una nadería. Al europeo medio eso le importa una mierda, con tal de que tenga trabajo, tele y paz; Trípoli, El Cairo o Túnez sólo son destinos turísticos, no paraísos utópicos. Ya lo dijo Bisbal, al que crucificaron por expresar lo que millones de compatriotas continentales siguen pesando: “¿me joderá esto las vacaciones de Semana Santa?”.
Del mismo modo que ninguna sociedad europea se rasgó las vestiduras por las filtraciones que realizó Wikileaks, el que hoy se hable de las pasadas y magníficas relaciones entre nuestros buenos demócratas y los malos sátrapas y dictadores sólo sirve para entretenerse. A Franco lo terminaron aceptando en USA y Europa, y a Hitler le pararon los pies sólo porque no supo detenerse a tiempo. Mira como con Stalin los buenos demócratas dejaron el ajuste de cuenta para las páginas de Historia.
Claro que la caída de los sátrapas viene en un mal momento para nuestros líderes occidentales. Vemos a un grupo humano exigir la libertad, los derechos humanos, y a las pocas semanas cae un tirano que llevaba décadas en el poder. Y luego, otro, y ahora viene el próximo. Hoy sabemos, antes de que ocurra, que Gadafi caerá, y también que no será el último.
Ahora el europeo apoltronado está comenzando a incomodarse. Sabe que va tener que jubilarse un poco más tarde, que la gasofa está más cara y que el Estado del Bienestar comienza a ser una fábula con la que entretener a nuestros nietos. Y al mismo tiempo que comenzamos a sentir un frío incómodo en nuestro salón, un calor inaguantable en el centro comercial de turno, el europeo comienza a pensar si no es hora de competir de verdad. No como los chinos, sino como lo tunecinos, los egipcios y los libios. Salir a la calle, ocupar las plazas y acojonar a nuestros líderes; quitarlos de en medio. Es obvio que con una tasa de paro que ronda el 10% la peña no va a pasarse el día en una plaza de Berlín o Londres reclamando más libertad, redistribución o justicia social, pero no me atrevo a decir lo mismo con una tasa del 20% y mucho menos si sigue escalando. ¿Mejoraría la cosa? ¿Tendríamos mejores sociedades, mejores líderes? ¿Serían más responsables, democráticos y justos si salimos a repartir estopa? Lo dudo, pero importa poco, las revoluciones tienen poco que ver con el deseo de mejorar el presente: se trata más bien de un ajuste de cuentas, de una redistribución del miedo, del dolor y la pobreza; y sobre todo una vía de escape para frustración y la ira. Pero a la larga funciona, el nuevo gobernante no olvida que a su predecesor se lo ventilaron en una mala tarde. Lástima que España no tengamos esa experiencia: lo que habríamos avanzado.
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domingo, 27 de febrero de 2011
domingo, 12 de diciembre de 2010
69. Assange el destructor
Cierta peña puede camuflarse con una simple corbata. Es el caso de Julian Assange, fundador y portavoz de Wikileaks, un tipo que cuando se trajea puede pasar por hombre de negocios, político relevante o diplomático brillante.
Incluso los papeles de agente del FBI, inspector de Hacienda o doctor en medicina nuclear le van al pelo. Si tuviera dotes de actor, cualquier director espabilado lo ficharía para toda su carrera, siempre que necesitara a personajes con el perfil de hombre atractivo, triunfador y profesional. Porque tiene pinta de eso, de no ensuciarse las manos de grasa ni de ponerse un mono manchado con gotitas de pintura. De hecho, si tuviera que adjudicarle una profesión eminentemente manual sería como concertista de música clásica –piano, violín- o como chef de un restaurante de lujo. También podría quedar bien como asesino profesional, ya sabes, del perfil frío y calculador.
Es el invitado ideal del Poder, uno de los suyos, aparentemente. Un tipo agradable al que los financieros, políticos y los Místers Importantes de turno agasajarían en sus fiestas porque no sólo gusta a sus mujeres e hijas sino a ellos mismos. Alguien en quien depositar su confianza y conseguir su atención y amistad, un conocido del que presumir. Y no dudo que en más de una ocasión y de dos, míster Assange se haya aprovechado de su camuflaje clasista para obtener información que con el desaliño no habría podido lograr. Como mola Assange: le toca los huevos al poderoso.
Hace unas semanas que hablé de las ficciones, del poder y la trascendencia que tienen para la vida y la sociedad. Assange es un destructor de malas ficciones, en concreto de las que sustentan las relaciones internacionales. Gracias a las filtraciones de Wikileaks podemos saber lo que sospechamos: que nuestros representantes y sus colegas extranjeros huelen igual o peor que nosotros. Que se pasan las instituciones a las que dicen defender por la entrepierna y que no dudan en tratar como imbécil a la ciudadanía que los sustenta con sus votos e impuestos. Defienden el servilismo y la sumisión frente al poderoso, se comportan como lacayos ante ellos… y como déspotas y soberbios ante nosotros. Cada vez disimulan peor.
Para colmo, en España no existe la experiencia histórica de otras sociedades, como la francesa o inglesa, en la que el gobernante tiene un puntito de precaución: “Si estos cabrones le cortaron la cabeza a un rey, qué no podrían hacerme ahora a mí”. Aquí gritaron nuestros antepasados “¡Vivan las caenas!” cuando regresó del exilio Fernando VII. Franco y él comparten la infamia de ser de lo peorcito que hemos padecido. Incluso para ser españoles.
Si alguna vez dudé del bien que hacían las filtraciones de Wikileaks me las disipó las críticas de Leire Pajín. Como buena trepa de la vida y la política que es, como persona que no sabe nada más allá del ascenso en un partido político, aprovechó una de sus infames ruedas de prensa para arremeter contra las filtraciones. No me extraña. Ni tampoco que la mayoría política de todo el mundo –gobernantes y oposición- quieran que Assange desaparezca: vía CIA, algún juez fundamentalista de Estados Unidos o a través de la muy hembrista fiscalía sueca. Assange, con su carita de bueno, con sus modales de alta sociedad y apariencia de broker londinense es el despiadado cabrón que está demoliendo unas ficciones que ya no valen para las democracias del siglo XXI. Ya es hora de sepultar los perfumes en los armarios y lavarnos un poco con jabón neutro. Nuestra higiene colectiva lo agradecerá.
Cierta peña puede camuflarse con una simple corbata. Es el caso de Julian Assange, fundador y portavoz de Wikileaks, un tipo que cuando se trajea puede pasar por hombre de negocios, político relevante o diplomático brillante.
Incluso los papeles de agente del FBI, inspector de Hacienda o doctor en medicina nuclear le van al pelo. Si tuviera dotes de actor, cualquier director espabilado lo ficharía para toda su carrera, siempre que necesitara a personajes con el perfil de hombre atractivo, triunfador y profesional. Porque tiene pinta de eso, de no ensuciarse las manos de grasa ni de ponerse un mono manchado con gotitas de pintura. De hecho, si tuviera que adjudicarle una profesión eminentemente manual sería como concertista de música clásica –piano, violín- o como chef de un restaurante de lujo. También podría quedar bien como asesino profesional, ya sabes, del perfil frío y calculador.
Es el invitado ideal del Poder, uno de los suyos, aparentemente. Un tipo agradable al que los financieros, políticos y los Místers Importantes de turno agasajarían en sus fiestas porque no sólo gusta a sus mujeres e hijas sino a ellos mismos. Alguien en quien depositar su confianza y conseguir su atención y amistad, un conocido del que presumir. Y no dudo que en más de una ocasión y de dos, míster Assange se haya aprovechado de su camuflaje clasista para obtener información que con el desaliño no habría podido lograr. Como mola Assange: le toca los huevos al poderoso.
Hace unas semanas que hablé de las ficciones, del poder y la trascendencia que tienen para la vida y la sociedad. Assange es un destructor de malas ficciones, en concreto de las que sustentan las relaciones internacionales. Gracias a las filtraciones de Wikileaks podemos saber lo que sospechamos: que nuestros representantes y sus colegas extranjeros huelen igual o peor que nosotros. Que se pasan las instituciones a las que dicen defender por la entrepierna y que no dudan en tratar como imbécil a la ciudadanía que los sustenta con sus votos e impuestos. Defienden el servilismo y la sumisión frente al poderoso, se comportan como lacayos ante ellos… y como déspotas y soberbios ante nosotros. Cada vez disimulan peor.
Para colmo, en España no existe la experiencia histórica de otras sociedades, como la francesa o inglesa, en la que el gobernante tiene un puntito de precaución: “Si estos cabrones le cortaron la cabeza a un rey, qué no podrían hacerme ahora a mí”. Aquí gritaron nuestros antepasados “¡Vivan las caenas!” cuando regresó del exilio Fernando VII. Franco y él comparten la infamia de ser de lo peorcito que hemos padecido. Incluso para ser españoles.
Si alguna vez dudé del bien que hacían las filtraciones de Wikileaks me las disipó las críticas de Leire Pajín. Como buena trepa de la vida y la política que es, como persona que no sabe nada más allá del ascenso en un partido político, aprovechó una de sus infames ruedas de prensa para arremeter contra las filtraciones. No me extraña. Ni tampoco que la mayoría política de todo el mundo –gobernantes y oposición- quieran que Assange desaparezca: vía CIA, algún juez fundamentalista de Estados Unidos o a través de la muy hembrista fiscalía sueca. Assange, con su carita de bueno, con sus modales de alta sociedad y apariencia de broker londinense es el despiadado cabrón que está demoliendo unas ficciones que ya no valen para las democracias del siglo XXI. Ya es hora de sepultar los perfumes en los armarios y lavarnos un poco con jabón neutro. Nuestra higiene colectiva lo agradecerá.
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sábado, 8 de mayo de 2010
39. Alguien tiene que contarlo
Si estudié periodismo siempre fue con la idea de que me ayudaría en mi camino por convertirme en escritor, nunca tuve ese deseo innato o forzado de algunos por aparecer en los medios de comunicación y contar lo que otros hacen, dicen o piensan; siempre he pensado que es mejor hacerlo que contarlo. Pero hay una sana excepción que redime a los periodistas y a los medios de comunicación de sus muchos defectos: cuando cuentan la crueldad, el vilipendio, el asesinato… cuando el periodista saca el boli o el portátil para informarnos de los delitos de los villanos. No es una tarea exclusiva de los plumillas, por supuesto, pero suele ser el oficio de sus mejores espadas.
La semana pasada me acabé de leer Idealistas bajo las balas, un libro del hispanista británico Paul Preston, que narra las vicisitudes de los corresponsales de guerra extranjeros que vinieron a España para contarle a Europa y al resto del mundo nuestra guerra civil. Eran americanos, rusos, ingleses, franceses, italianos… un grupo variado de hombres y algunas mujeres, que convivieron con republicanos y rebeldes, y que vivieron las atrocidades de una guerra que terminaría por propagarse por el mundo entero. Algunos de ellos, los primeros en ver los uniformes de italianos y alemanes en suelo español, ya advirtieron a sus contactos en Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos, que Hitler y Mussolini utilizaban España como campo de pruebas, que su ayuda al golpista Francisco Franco no era una mera anécdota, y que si ganaban en España, como ocurrió, las democracias occidentales iban a enfrentarse a una guerra contra el nazismo y el fascismo. No eran diplomáticos, no hablaban un lenguaje políticamente correcto, se emborracharon y se fueron de putas dentro del hotel Florida, en el Madrid sitiado… pero pisaron la calle, hablaron con las familias rotas, con los soldados y sus oficiales, fueron ametrallados ellos mismos, apresados e incluso fusilados: sabían de lo que hablaban y lo hicieron, sus mensajes llegaron incluso hasta los mismos líderes de sus países. Roosevelt lo supo, y también Léon Blum (Francia) y Chamberlain (Reino Unido). Pero bien fuera por cobardía, ignorancia, necedad o la mezcla letal de las tres, los que pudieron no pararon a Hitler a tiempo, cuando pudieron y donde tocaba. Mientras que los generales golpistas se beneficiaron de la ayuda de las potencias fascistas, el gobierno de la República sólo tuvo la ayuda de voluntarios –Brigadas Internacionales- y la presencia testimonial de los soviéticos. Y todo eso lo contaron gente como Jay Allen, el estadounidense que confesó que jamás volvería a presenciar una corrida de toros cuando entró en el coso taurino de Badajoz y vio la sangre reseca de los republicanos ejecutados en el albero. O George Steer, un sudafricano que llegó hasta Guernica y narró el bombardeo y destrucción del municipio vasco por parte de la Legión Cóndor (alemana) a petición de Franco, desmontando la mentira franquista de que fueron los republicanos quienes dinamitaron la ciudad.
No es, desde luego, un libro neutral. Un buen juez, cuando manda a la cárcel a un asesino, tampoco lo es, pero sí ha sido objetivo: ha conocido unos hechos, ha aplicado una legislación y llega a una conclusión en forma de sentencia. Del mismo modo, Idealistas bajo las balas cuenta sobre todo las experiencias de quienes informaron desde el bando republicano. Pero es comprensible que narre poco de los periodistas que cubrieron la guerra desde el lado rebelde (algunos se pasaron al bando republicano para informar mejor). A menos que fueran italianos o alemanes, los demás apenas podían escapar de las “visitas guiadas” al frente, y si escapaban del control franquista, podían pasarse unos meses en la cárcel como Arthur Koestler, que se salvó por un pelo de ser ejecutado. En cuanto a los primeros, a los periodistas alemanes e italianos, en su mayoría fueron propagandistas que alababan a los rebeldes para luego hacer lo mismo con Hitler y Mussolini.
Así actúan los malos, no sólo matan, violan y vilipendian sino que después tratan de ocultarlo, se avergüenzan de que los demás sepamos de sus actos. Buena actitud, por lo tanto, la de señalar a la gentuza y a sus amparadores, contar lo que hicieron. O, como magistralmente dijo Herbert Rutledge Southworth, un especialista en la Guerra Civil Española (1936-1939): “(…) alguien tiene que decir quiénes son los hijos de puta y quiénes son buena gente”.
Si estudié periodismo siempre fue con la idea de que me ayudaría en mi camino por convertirme en escritor, nunca tuve ese deseo innato o forzado de algunos por aparecer en los medios de comunicación y contar lo que otros hacen, dicen o piensan; siempre he pensado que es mejor hacerlo que contarlo. Pero hay una sana excepción que redime a los periodistas y a los medios de comunicación de sus muchos defectos: cuando cuentan la crueldad, el vilipendio, el asesinato… cuando el periodista saca el boli o el portátil para informarnos de los delitos de los villanos. No es una tarea exclusiva de los plumillas, por supuesto, pero suele ser el oficio de sus mejores espadas.
La semana pasada me acabé de leer Idealistas bajo las balas, un libro del hispanista británico Paul Preston, que narra las vicisitudes de los corresponsales de guerra extranjeros que vinieron a España para contarle a Europa y al resto del mundo nuestra guerra civil. Eran americanos, rusos, ingleses, franceses, italianos… un grupo variado de hombres y algunas mujeres, que convivieron con republicanos y rebeldes, y que vivieron las atrocidades de una guerra que terminaría por propagarse por el mundo entero. Algunos de ellos, los primeros en ver los uniformes de italianos y alemanes en suelo español, ya advirtieron a sus contactos en Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos, que Hitler y Mussolini utilizaban España como campo de pruebas, que su ayuda al golpista Francisco Franco no era una mera anécdota, y que si ganaban en España, como ocurrió, las democracias occidentales iban a enfrentarse a una guerra contra el nazismo y el fascismo. No eran diplomáticos, no hablaban un lenguaje políticamente correcto, se emborracharon y se fueron de putas dentro del hotel Florida, en el Madrid sitiado… pero pisaron la calle, hablaron con las familias rotas, con los soldados y sus oficiales, fueron ametrallados ellos mismos, apresados e incluso fusilados: sabían de lo que hablaban y lo hicieron, sus mensajes llegaron incluso hasta los mismos líderes de sus países. Roosevelt lo supo, y también Léon Blum (Francia) y Chamberlain (Reino Unido). Pero bien fuera por cobardía, ignorancia, necedad o la mezcla letal de las tres, los que pudieron no pararon a Hitler a tiempo, cuando pudieron y donde tocaba. Mientras que los generales golpistas se beneficiaron de la ayuda de las potencias fascistas, el gobierno de la República sólo tuvo la ayuda de voluntarios –Brigadas Internacionales- y la presencia testimonial de los soviéticos. Y todo eso lo contaron gente como Jay Allen, el estadounidense que confesó que jamás volvería a presenciar una corrida de toros cuando entró en el coso taurino de Badajoz y vio la sangre reseca de los republicanos ejecutados en el albero. O George Steer, un sudafricano que llegó hasta Guernica y narró el bombardeo y destrucción del municipio vasco por parte de la Legión Cóndor (alemana) a petición de Franco, desmontando la mentira franquista de que fueron los republicanos quienes dinamitaron la ciudad.
No es, desde luego, un libro neutral. Un buen juez, cuando manda a la cárcel a un asesino, tampoco lo es, pero sí ha sido objetivo: ha conocido unos hechos, ha aplicado una legislación y llega a una conclusión en forma de sentencia. Del mismo modo, Idealistas bajo las balas cuenta sobre todo las experiencias de quienes informaron desde el bando republicano. Pero es comprensible que narre poco de los periodistas que cubrieron la guerra desde el lado rebelde (algunos se pasaron al bando republicano para informar mejor). A menos que fueran italianos o alemanes, los demás apenas podían escapar de las “visitas guiadas” al frente, y si escapaban del control franquista, podían pasarse unos meses en la cárcel como Arthur Koestler, que se salvó por un pelo de ser ejecutado. En cuanto a los primeros, a los periodistas alemanes e italianos, en su mayoría fueron propagandistas que alababan a los rebeldes para luego hacer lo mismo con Hitler y Mussolini.
Así actúan los malos, no sólo matan, violan y vilipendian sino que después tratan de ocultarlo, se avergüenzan de que los demás sepamos de sus actos. Buena actitud, por lo tanto, la de señalar a la gentuza y a sus amparadores, contar lo que hicieron. O, como magistralmente dijo Herbert Rutledge Southworth, un especialista en la Guerra Civil Española (1936-1939): “(…) alguien tiene que decir quiénes son los hijos de puta y quiénes son buena gente”.
sábado, 13 de febrero de 2010
27. El graznido justo
Nunca fue santo de mi devoción, ni por las formas ni por el contenido, no me gustó Pedro Pacheco, alcalde de Jérez de la Frontera desde 1979 hasta 2003, y uno de los líderes políticos más relevantes del Partido Andalucista, aunque ya no, fundó otro partido. Pero a veces ocurre que la gente a la que uno no aprecia demasiado dice la frase exacta, la palabra precisa, la idea concreta. La suya fue: “La Justicia en España es un cachondeo”. Lo dijo tras recibir un telegrama de la Audiencia Territorial de Sevilla que paralizaba la orden municipal de derribar unas viviendas ilegales en Jérez. Ya habían derruido unas cuantas pero… ¿a que no sabes a quién le estaban a punto de echar abajo el chalé? Efectivamente, al otrora terror de las nenas, al mismísimo Bertín Osborne. El alcalde obedeció, pero criticó la medida con su afortunada locución, y eso le valió una condena por desacato, lo que, por cierto, no le restó credibilidad en absoluto a lo que decía, más bien al contrario, aunque cabría matizar: “La Justicia en España en un cachondeo taco de serio”. Taco significa mucho.
Es curioso cómo el Poder Judicial se defiende mejor que ninguna otra institución de la libertad de expresión. Uno puede meterse con los políticos y con la política en general sin temer nada, y en cambio, cada vez que le toca las togas a sus señorías, éstas echan manos de sentencias y le amargan la existencia al opinante. A menos que seas Juan Luis Cebrián, Pedro J. Ramírez o cualquier otro Míster Importante de los medios de comunicación, claro; a estos se les permite casi todo.
Supongo que la excusa oficial de los jueces es que actúan así para defender la institución, aunque desde un punto de vista racional –aguántate la carcajada-, una institución que no reconoce su capacidad de cometer errores ni la libertad de otros para criticarlos es, sencillamente, indefendible. Este argumento público explica también el terrible corporativismo de la judicatura nacional. Recuerdo el caso de un juez, hará unos años, que dejó en libertad provisional a un narco que terminó fugándose. El prófugo era tan de fiar como un terrorista yihadista en una central nuclear. Mientras que todos nos echábamos las manos a la cabeza, el juez recibió el apoyo incondicional de sus compañeros: conservadores y progresistas. ¿Incompetencia, de verdad que aquello fue sólo incompetencia o hubo untamiento de nocilla? Lo que me lleva a otra pregunta que me aterra más todavía: ¿qué habrán hecho jueces como Lluís Pascual Estivill para estar en la cárcel? Ya conozco las razones oficiales, pero, visto lo visto, ¿eso fue todo?
Estas reflexiones vienen al caso por dos sucesos judiciales bastante relevantes que han ocurrido recientemente en España. El primero fue la absolución de siete narcotraficantes por la Audiencia de Valencia al considerar ilícitas las intervenciones telefónicas que probaron sus delitos –introdujeron 112 paquetes de cocaína por el Puerto de Valencia-. Repito: ¿sólo incompetencia?
El segundo ha sido la cacería contra Garzón. Van a por él, no es la primera vez, pero sí cuando más cerca están de inhabilitarlo. Al parecer no perdonan que el hijo de un obrero llegue por méritos propios a la Audiencia Nacional, no como juez, se entiende, y menos aún que sea extravertido, judicialmente hablando. Lo alabaron cuando metió en la cárcel a Vera y a Barrionuevo, pero cuando dijo el “No a la guerra” ya no fue tan guay, y tampoco antes, cuando ordenó el apresamiento de Pinochet, y mucho menos en la actualidad, con su instrucción de la trama Gürtel. Ahí fue cuando la derecha dijo: “Hasta aquí has llegado, Baltasar”. Ahora quieren quitarle la toga por aportar un poco de luz a las vergüenzas del franquismo, por los que murieron durante la Guerra Civil pero que el dictador Franco y sus secuaces consideraron más oportuno dejarlos donde cayeron… o donde los metieron. En la cuneta, en el olivar o en el Valle de los Caídos.
Ya le buscaron las cosquillas al juez por ganar dinero en Estados Unidos; se ve que si no te paga el grupo Murdoch, Berlusconi o los que juegan al pádel con Ánsar, el dinero que ganas no es el apropiado.
En fin, para uno que se atreve a graznar justamente, va a tener que vérselas con otros pájaros de peor agüero.
Es curioso cómo el Poder Judicial se defiende mejor que ninguna otra institución de la libertad de expresión. Uno puede meterse con los políticos y con la política en general sin temer nada, y en cambio, cada vez que le toca las togas a sus señorías, éstas echan manos de sentencias y le amargan la existencia al opinante. A menos que seas Juan Luis Cebrián, Pedro J. Ramírez o cualquier otro Míster Importante de los medios de comunicación, claro; a estos se les permite casi todo.
Supongo que la excusa oficial de los jueces es que actúan así para defender la institución, aunque desde un punto de vista racional –aguántate la carcajada-, una institución que no reconoce su capacidad de cometer errores ni la libertad de otros para criticarlos es, sencillamente, indefendible. Este argumento público explica también el terrible corporativismo de la judicatura nacional. Recuerdo el caso de un juez, hará unos años, que dejó en libertad provisional a un narco que terminó fugándose. El prófugo era tan de fiar como un terrorista yihadista en una central nuclear. Mientras que todos nos echábamos las manos a la cabeza, el juez recibió el apoyo incondicional de sus compañeros: conservadores y progresistas. ¿Incompetencia, de verdad que aquello fue sólo incompetencia o hubo untamiento de nocilla? Lo que me lleva a otra pregunta que me aterra más todavía: ¿qué habrán hecho jueces como Lluís Pascual Estivill para estar en la cárcel? Ya conozco las razones oficiales, pero, visto lo visto, ¿eso fue todo?
Estas reflexiones vienen al caso por dos sucesos judiciales bastante relevantes que han ocurrido recientemente en España. El primero fue la absolución de siete narcotraficantes por la Audiencia de Valencia al considerar ilícitas las intervenciones telefónicas que probaron sus delitos –introdujeron 112 paquetes de cocaína por el Puerto de Valencia-. Repito: ¿sólo incompetencia?
El segundo ha sido la cacería contra Garzón. Van a por él, no es la primera vez, pero sí cuando más cerca están de inhabilitarlo. Al parecer no perdonan que el hijo de un obrero llegue por méritos propios a la Audiencia Nacional, no como juez, se entiende, y menos aún que sea extravertido, judicialmente hablando. Lo alabaron cuando metió en la cárcel a Vera y a Barrionuevo, pero cuando dijo el “No a la guerra” ya no fue tan guay, y tampoco antes, cuando ordenó el apresamiento de Pinochet, y mucho menos en la actualidad, con su instrucción de la trama Gürtel. Ahí fue cuando la derecha dijo: “Hasta aquí has llegado, Baltasar”. Ahora quieren quitarle la toga por aportar un poco de luz a las vergüenzas del franquismo, por los que murieron durante la Guerra Civil pero que el dictador Franco y sus secuaces consideraron más oportuno dejarlos donde cayeron… o donde los metieron. En la cuneta, en el olivar o en el Valle de los Caídos.
Ya le buscaron las cosquillas al juez por ganar dinero en Estados Unidos; se ve que si no te paga el grupo Murdoch, Berlusconi o los que juegan al pádel con Ánsar, el dinero que ganas no es el apropiado.
En fin, para uno que se atreve a graznar justamente, va a tener que vérselas con otros pájaros de peor agüero.
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