domingo, 16 de septiembre de 2018

Zenda#historias de bicis


Motoretta
Cuando la vi en el salón de mi casa tenía ya una edad más propia para soñar con Vespinos que con bicicletas, pero allí estaba. Roja, con letras blancas y sillín negro y alargado. Robusta, sus ruedas nuevas y brillantes aún olían a goma. Allí de pie, sobre su pata de cabra, mi GAC Motoretta parecía la mejor bicicleta del mundo.
Y solo era mía.
De eso se encargó mamá.
-Hasta que no te cicatrice la herida no podrás montarla –me advirtió.
“Que me la deje a mí”, imploró Jaime, ya por entonces el más intrépido y egoísta de los hermanos. Si no adorara tanto el recuerdo de mamá, hasta podría decir que ya era un buen hijo de puta.
Mi viejo estuvo a punto de asentir.
-La bicicleta es de Pablo y la estrenará él –zanjó Mercedes Limón, defendiendo el derecho de su primogénito.
No sé si fui el favorito de mamá, como me asegura Laura, mi hermana. A mí entender fue buena y justa con los tres, solo que en aquel momento de fragilidad, aún convaleciente por la operación y a punto de que se me rompiera el sueño de ser el dueño en exclusiva de la bicicleta, sí que me sentí su ojito derecho.
Me había costado cara, desde luego, concretamente un ataque agudo de apendicitis que derivó en peritonitis y que por poco me envía al “cortijo de los calladitos”, como contaba mi viejo.
Mi familia era bastante humilde. Papá tenía una librería atestada de libros y deudas, con pocos aunque fieles clientes. Mamá limpiaba algunas casas, aunque teniendo en cuenta que llevaba su propio hogar y que cuidaba de tres hijos y un marido, no ganaba mucho. Claro que como ella decía:
-Vuestro padre gana el pan de esta casa y yo aporto lo de dentro.
Mamá era buena, pero no hacía milagros, así que la bicicleta estaba descartada del catálogo de regalos. Pero como la apendicitis estuvo a punto de aguarnos la fiesta, mamá sacó dinero de su cartilla para comprar en el local de Sebastián una bici de segunda mano.
Tuve la recuperación propia de un torero. Vale que contara con trece años y que a esa edad las heridas sanen rápido, pero a los dos días ya estaba pedaleando por el barrio. Jaime se chivó, por supuesto, aún exprimía la posibilidad de, al menos, compartir la bici. Sin embargo, mis viejos estaban tan contentos de verme sano y feliz que ignoraron al pequeño soplón. Y, por supuesto, la actitud de mis padres me dio libertad para negarle la Motoretta a mi hermano pequeño. Para siempre.
Me vino bien. Con la disposición absoluta de la bici, comencé a juntarme más con Diego y Javier, a la postre, mis mejores amigos durante la adolescencia. Los dos montaban sendas BMX, más modernas, rápidas y estilizadas que la mía, pero cuando se trataba de largas distancias –y pronto salimos del barrio para recorrer cientos de kilómetros por arrabales y descampados-, mi Motoretta y mis piernas ganaban la partida. No tardaron ni una semana mis compinches en reconocer la valía de mi bicicleta. A la segunda, ya estaban intentando convencerme de que se la dejara un rato a cambio de las suyas.
No acepté.
Que yo sepa, y desde que fuera mía, en aquella bici solo se montaron cuatro personas: mi hermana Laura –se la dejé un par de veces, aunque se quejaba de que era demasiado pesada y grande-; Jaime –en una sola ocasión y después de que mamá me lo pidiera-; Inés –una compañera del cole que me gustaba- y yo mismo. Ningún regalo en mi vida, ni siquiera de adulto, igualó nunca a la Motoretta.
La exprimí a tope. Me encantaba ver las manchas en los guardabarros después de las gloriosas tardes de aventuras con Diego y Javier. Me gustaba limpiarla, llenar con el hinchador sus ruedas, comprar parches para los pinchazos y ponerle en los radios de la rueda trozos de goma de colores diversos. A Sebastián, el dueño de la tienda donde mis padres la compraron, debió de gustarle mi actitud, pues después de preguntarme cómo me iba con la bici, empezó a darme buenos consejos para su mantenimiento.
No recuerdo el día en concreto en que me monté por última vez, pero debía andar por los diecisiete años. Diego y Javier ya hacía tiempo que tenían moto y ya no íbamos juntos, pero yo aún salía a dar una vuelta con mi vieja Motoretta. Me quedaba pequeña, aunque tampoco era muy alto y no desentonaba demasiado. Eso sí, cuando me llamaron a filas para hacer la mili, la guardé en la librería de mi viejo para que Jaime no la cogiera. A mi hermano pequeño nunca le gustaron los libros.
         A los cinco meses, en Cerro Muriano, provincia de Córdoba, el sargento me comunicó que me fuera a casa, que mi madre estaba enferma. No llegué a tiempo. En realidad ninguno de la familia lo hizo: mamá estaba sola cuando murió de un infarto en la cocina.
         No recuerdo muchos detalles después de eso, salvo el paso lento y lamentable de los días, la tristeza y el abatimiento. Acabé como pude el servicio militar, volví a la librería de papá para ayudarle y no volví a ver la bicicleta. Supuse que Jaime la había cogido y la había vendido o tirado por ahí. Él tampoco tenía ya edad para montar en la vieja Motoretta.
         No duré mucho con papá, pronto me marché de la ciudad a vivir mi vida.
         Hasta hace unas semanas. Mi viejo también murió, y entre Laura y yo (Jaime solo vino al entierro) vaciamos la librería. Fue ella quien la descubrió. La vieja Motoretta aguardaba sepultada tras columnas de libros. Mi padre debió dejarlos allí, olvidados, el día en que murió mamá.
         Ahora la tengo en el salón de mi apartamento. Julia me pregunta qué pienso hacer con ella.
No sé, quizás un día la saque a dar una vuelta.

domingo, 12 de agosto de 2018

Zenda #pasionesdeverano


Pequeña Júpiter
Vamos a enterrar nuestro verano,
Pequeña Júpiter,
antes de que lleguen los lobos
y lo despedacen.
O, peor aún,
antes de que se ahogue
en cualquier jardín romántico y decadente,
entre charcas con verdín, hojas muertas
y tazas olvidadas  de porcelana.
Hazme caso,
llevo en el Negocio
antes de que nacieras.
Es mejor que lo sepultemos nosotros
a que lo pisoteen los demás.
Así nadie podrá mancillarlo
y nos acordaremos de estos días
con una sonrisa.
Quizás no signifique nada para ti,
pero para mí es esencial,
porque a partir de este verano,
crearé una vida imaginaria
en donde seré feliz a tu lado.
Sin niños. Sin mujer.
Sin diferencias de edad.  
Ayúdame a cavar bien hondo, Pequeña Júpiter,
a sepultar lo nuestro
para que el otoño no lo encuentre.
Y a decirnos adiós con serenidad y sin melodramas.
Ya no nos aguarda nada bueno, cariño,
y se precipitan los marrones.
Lo huelo en el aire, en la tormenta de ayer,
en el desayuno de esta mañana.
Cuando llegue octubre
y entres en la facultad
contarás a cualquiera que fui un cabrón,
que me aproveché de ti,
que jugué contigo a sabiendas
y que tenía 40 años, mujer y dos hijos.
Di también que tus padres y yo veraneábamos
en la misma urbanización,
junto a la playa,
que cuidabas de mi pequeño David
y que por eso nos conocimos.
A los 17 aún es importante contar los detalles,
no te los guardes,
ya te llegará el tiempo de silenciarlos.
Créeme, Pequeña Jupíter,
si yo tuviera tu edad,
contaría por ahí
que llevo clavado el sabor
a polo de fresa
en el cielo de mi boca
por culpa de tu lengua fría.
Y otras cosas también
(quizás)
compartiría.
Pero ahora no.
Afortunadamente nos hemos conocido
en igualdad de condiciones,
porque tú eres demasiado joven
para buscar mis defectos
y yo suficientemente viejo
para ocultarlos un tiempo.
Pero esto se acaba ya, Pequeña Júpiter.
Esta noche será la última y después la enterraremos.
Te quiero, pequeña.
Te juro que me has dado
otros 40 años de vida.
Pienso dedicártelos uno a uno en mis sueños.

domingo, 8 de abril de 2018

zenda#cienciaficción



No permitas esa abominación
El sudor se enfriaba en su pecho cuando recordó las palabras de María:
-No permitas esa abominación.
Habían ido a un cine del centro, uno que daban películas del siglo pasado y que animaba a la gente a vestirse de época. A pesar de las oportunas indicaciones, aquello fue un batiburrillo del siglo XX, con mezclas tan dispares como los pantalones acampanados y las hombreras descomunales.
María y él optaron por ropas de los 40, vestían como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca. De hecho acudieron en coche, en un DeSoto Coupe del 48, de color crema, un préstamo de Bernie, su jefe de por entonces. El coche era eléctrico y solo circulaba por tierra, pero los acabados eran impresionantes. Parecía mentira que lo hubieran imprimido hacía solo un par de años.
-Después hasta podemos echar un casquete, si quieres –bromeó él.
María sonrió.
Durante el primer intermedio fue cuando se cruzaron con Álvaro y… su mujer. Ingrid había fallecido en un accidente dos meses atrás. Se había caído de una escoba voladora durante la celebración de Halloween. A veces, las ganas de divertirse de los adultos se imponían a las más elementales normas de seguridad y sentido común. Parecía mentira que a mediados del siglo XXI aún permitieran las escobas y las nubes voladoras sin ninguna restricción adicional a no sobrevolar zonas habitadas.
Y Álvaro, el bueno de Álvaro que había luchado por conquistar a su mujer desde los 15 años hasta bien entrado en los 30 (¡a los 34!) no lo aceptó. Literalmente. Ni siquiera avisó a la familia de Ingrid. Tampoco organizó su funeral. Al final todos se enteraron, evidentemente, la ley exige informar de la muerte de cualquier humano. Es requisito indispensable para comprar un duplicado. También le incluyen un destello intermitente en la frente para que ningún vivo se lleve a engaño. A partir de ahí, los dueños pueden hacer lo que quieran, incluso vivir una mentira. La mayoría lo hacían en casa. De hecho la cosa empezó con las mascotas de los ricos, en concreto con el chimpancé progresado de Luc Kalifa, el campeón de motos voladoras. Había pagado por aquel mono cultivado en laboratorio una millonada. Al mono solo le faltaba hablar, y no era nada agresivo gracias a la modificación genética oportuna. Pero una gripe mató a Moly a los dos años de edad. Luc pagó menos de un cuarto de millón por una réplica igual a Moly, un androide. El mono daba el pego y Luc Kalifa volvía a sonreír. ¿Quién podía pedirle más a este cochino mundo?
El siguiente paso fue obvio. Ya existían los androides de evasión, robots sexuales con textura de piel humana. También con calor, olor y sabor. Solo les faltaba hablar porque gemir, ya gemían. Y tras el monito Moly, la actriz Vilma Lago encargó otro androide que en vez de funciones sexuales satisfacía vacíos emocionales. Acababa de perder a su bebé de seis meses.
Los androides se perfeccionaron al mismo tiempo que se abarataban. Bondades del capitalismo de la segunda mitad del siglo XXI.
Y para cuando Ingrid Romero se cayó de una escoba voladora y se partió el cráneo contra el suelo, ya ni siquiera eran noticia los duplicados. Hasta se llamaban así, en vez de replicantes, como inicialmente comenzaron a conocerse. Pero la duplicada de Ingrid Romero sí que fue la primera que María y él vieron, la primera conocida. Físicamente era igual que ella, salvo por la luz que cada 30 segundos destellaba en su frente. Su autonomía, por otra parte, era bastante limitada. Movimientos menos dinámicos y más restringidos, conversaciones banales. Sin embargo, su cara, sus gestos y su voz eran calcos de la auténtica Ingrid.
Lo peor, no obstante, fue la reacción de Álvaro. La duplicada no conocía a la pareja, algo normal porque en vida había sido solo una conocida. Los duplicados venían con un paquete básico de conocimientos familiares, pero no todos los que sobrevivían a los finados se prestaban a aportar información para crear a los duplicados.
-Son Carlos y María, ¿no te acuerdas, Ingrid? Fuimos compañeros en el instituto.
Claro que no se acordaba, pero en pocos segundos el ordenador que la duplicada llevaba en la cabeza recabó de las bases de datos toda la información que necesitaba  para actuar con normalidad.
-Hola, María, te sienta muy bien esta ropa, aunque no es de tu estilo. Por cierto, tu cumpleaños es dentro de una semana.
Silencio.
-Ha estado enferma, pero ahora se encuentra mucho mejor –la excusó Álvaro.
María se disculpó y volvió a su asiento. Cuando Carlos regresó a los pocos segundos fue cuando se lo dijo:
-Si me pasa algo a mí, no permitas esa abominación.
Desde luego. Cómo no.
Ahora el sudor seguía enfriándose en su pecho. Acababa de follar con la duplicada de María y eso que no hacía ni 24 horas que la había adquirido. Se dijo que iría poco a poco. Los fabricantes le aseguraron que le devolverían todo el dinero en caso de que no quisiera quedársela. Tenía seis meses por delante.
-¿Es muy habitual? –había preguntado.
-¿Devolver un duplicado? Menos del uno por ciento de nuestros clientes lo hace.
Carlos se había quedado mudo, nunca se había planteado un  éxito tan arrollador de los duplicados. El programador, intuyendo sus pensamientos, añadió:
-No podemos conseguir la inmortalidad, eso es un cuento. Pero podemos paliar el dolor. En eso somos los mejores.
Y de eso, en definitiva, se trataba.
Tenía que superar el divorcio.