40. Tijeritas
Ciertos aplausos deberían ser tan elocuentes y preocupantes como la sonrisa de quien te apunta con un rifle cargado, pero se ve que el presidente del Gobierno no se da por enterado de que ha cavado su propia tumba política y, de paso, la de su partido para los próximos comicios. Dentro de un año, en las próximas elecciones municipales y autonómicas, cuando un PP ensuciado por la corrupción vaya a ganarle la partida al PSOE, algunos políticos honestos y de izquierdas perderán su escaño por la decisión de su jefe de filas. Quizás piense que ha actuado a tiempo para las generales, pero con una decisión así no se llega a ninguna parte. Y, repito, no por la cara de susto que se le queden a los funcionarios –los que menos me importan-, o por la de los pensionistas, padres y dependientes, ni tampoco por las quejas de los currelas que vemos mermados día a día nuestros derechos laborales, qué va. El gesto determinante que prueba que el presidente se ha labrado su propia ruina política ha sido la palmadita en la espalda de la derecha europea, del FMI y del Joaquín Almunia de turno. Si Suárez ha pasado a la Historia por ser el presidente que trajo la democracia; González por conseguir la modernización de España y su inclusión en la Unión Europea; y Aznar por un supuesto desarrollo económico (ahora vemos los lodos de aquel “España va bien”), Zapatero se ha cargado él solo y sin ayuda su eslogan: ya no será el presidente más de izquierdas que habíamos tenido, ya no será el político que protegió a los más débiles frente a la sinvergonzonería del gran capital, no. Zapatero será el presidente con gesto compungido al que le palmearon los omoplatos los jerarcas, desternillándose de risa de paso, al ver como quien más se jactaba de proteger a los vulnerables era precisamente el que al final cogía la tijera y cortaba la esperanza. Aunque quizás sea peor, porque realmente lo que ha cortado el presidente ha sido la confianza, la credibilidad, lo esencial en cualquier líder.
Ahora tratan de justificarlo, dicen que chico ha llegado un pelín tarde pero que al final ha tomado la decisión acertada, la que tenía que tomarse, la de un estadista, y así quieren que lo repitamos. Pero va a ser que no. Va a ser que esta medida es necesaria sólo para calmar a los mercados, para calmar a la Unión Europea y para que el déficit vuelva al 3% para 2013. ¿Y a los especuladores? ¿No se ahorraría más marcándole los límites, exigiéndoles que también arrimen los bolsillos, cobrándoles una tasa que acabara con tantas jubilaciones, despidos y repartos de beneficios multimillonarios? Nuevamente se impone la diferencia entre Estados Unidos y Europa. En la casa de la pradera norteamericana dejaron que Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande de los USA, se fuera al garete. Mucho entendido dice que aquello fue un error; yo estoy convencido de lo contrario, de que fue una lección al especulador: ”Si te equivocas lo pagas”. Luego, obviamente, se impuso el rescate del sistema financiero (bancos y similares) por parte del Estado, pero la Administración estadounidense, con Obama a la cabeza, sólo tiene que mencionar la L de Lehman para que en Wall Street y compañía digan el “a sus órdenes, señor presidente”. ¿Y en España? Aquí salvamos a Caja Castilla la Mancha y luego dimos dinero a los bancos (un préstamo) sin asustarlos primero, así que ¿cómo le van a hacer caso a ZP, Sarkozy y a los cuatro líderes europeos? Los tiburones financieros anglos y asiáticos ya saben a donde tienen que ir a cazar: adonde se les permite.
A estas alturas de la película nauseabunda uno se reconforta algo viendo por el YouTube –un canal en Internet de contenidos audiovisuales- el discurso de John F. Kennedy cuando se dirigió a su pueblo durante la crisis de los misiles de Cuba (la cosa pintaba chunga, parecía que soviéticos y estadounidenses iban a empezar la 3ª Guerra Mundial). En aquellos terribles momentos, Kennedy, un líder creíble, pronunció su frase más famosa: “No te preguntes lo que el país puede hacer por ti, pregúntate lo que tú puedes hacer por el país”. Lástima no ser estadounidense, así no tendría que contestar que estoy pensando en irme a Gibraltar y dedicarme al contrabando de cartones de tabaco mientras escucho a Tijeritas por la radio... pero ahora que lo pienso, seguro que algún economista espabilado se me ha adelantado.
sábado, 15 de mayo de 2010
sábado, 8 de mayo de 2010
39. Alguien tiene que contarlo
Si estudié periodismo siempre fue con la idea de que me ayudaría en mi camino por convertirme en escritor, nunca tuve ese deseo innato o forzado de algunos por aparecer en los medios de comunicación y contar lo que otros hacen, dicen o piensan; siempre he pensado que es mejor hacerlo que contarlo. Pero hay una sana excepción que redime a los periodistas y a los medios de comunicación de sus muchos defectos: cuando cuentan la crueldad, el vilipendio, el asesinato… cuando el periodista saca el boli o el portátil para informarnos de los delitos de los villanos. No es una tarea exclusiva de los plumillas, por supuesto, pero suele ser el oficio de sus mejores espadas.
La semana pasada me acabé de leer Idealistas bajo las balas, un libro del hispanista británico Paul Preston, que narra las vicisitudes de los corresponsales de guerra extranjeros que vinieron a España para contarle a Europa y al resto del mundo nuestra guerra civil. Eran americanos, rusos, ingleses, franceses, italianos… un grupo variado de hombres y algunas mujeres, que convivieron con republicanos y rebeldes, y que vivieron las atrocidades de una guerra que terminaría por propagarse por el mundo entero. Algunos de ellos, los primeros en ver los uniformes de italianos y alemanes en suelo español, ya advirtieron a sus contactos en Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos, que Hitler y Mussolini utilizaban España como campo de pruebas, que su ayuda al golpista Francisco Franco no era una mera anécdota, y que si ganaban en España, como ocurrió, las democracias occidentales iban a enfrentarse a una guerra contra el nazismo y el fascismo. No eran diplomáticos, no hablaban un lenguaje políticamente correcto, se emborracharon y se fueron de putas dentro del hotel Florida, en el Madrid sitiado… pero pisaron la calle, hablaron con las familias rotas, con los soldados y sus oficiales, fueron ametrallados ellos mismos, apresados e incluso fusilados: sabían de lo que hablaban y lo hicieron, sus mensajes llegaron incluso hasta los mismos líderes de sus países. Roosevelt lo supo, y también Léon Blum (Francia) y Chamberlain (Reino Unido). Pero bien fuera por cobardía, ignorancia, necedad o la mezcla letal de las tres, los que pudieron no pararon a Hitler a tiempo, cuando pudieron y donde tocaba. Mientras que los generales golpistas se beneficiaron de la ayuda de las potencias fascistas, el gobierno de la República sólo tuvo la ayuda de voluntarios –Brigadas Internacionales- y la presencia testimonial de los soviéticos. Y todo eso lo contaron gente como Jay Allen, el estadounidense que confesó que jamás volvería a presenciar una corrida de toros cuando entró en el coso taurino de Badajoz y vio la sangre reseca de los republicanos ejecutados en el albero. O George Steer, un sudafricano que llegó hasta Guernica y narró el bombardeo y destrucción del municipio vasco por parte de la Legión Cóndor (alemana) a petición de Franco, desmontando la mentira franquista de que fueron los republicanos quienes dinamitaron la ciudad.
No es, desde luego, un libro neutral. Un buen juez, cuando manda a la cárcel a un asesino, tampoco lo es, pero sí ha sido objetivo: ha conocido unos hechos, ha aplicado una legislación y llega a una conclusión en forma de sentencia. Del mismo modo, Idealistas bajo las balas cuenta sobre todo las experiencias de quienes informaron desde el bando republicano. Pero es comprensible que narre poco de los periodistas que cubrieron la guerra desde el lado rebelde (algunos se pasaron al bando republicano para informar mejor). A menos que fueran italianos o alemanes, los demás apenas podían escapar de las “visitas guiadas” al frente, y si escapaban del control franquista, podían pasarse unos meses en la cárcel como Arthur Koestler, que se salvó por un pelo de ser ejecutado. En cuanto a los primeros, a los periodistas alemanes e italianos, en su mayoría fueron propagandistas que alababan a los rebeldes para luego hacer lo mismo con Hitler y Mussolini.
Así actúan los malos, no sólo matan, violan y vilipendian sino que después tratan de ocultarlo, se avergüenzan de que los demás sepamos de sus actos. Buena actitud, por lo tanto, la de señalar a la gentuza y a sus amparadores, contar lo que hicieron. O, como magistralmente dijo Herbert Rutledge Southworth, un especialista en la Guerra Civil Española (1936-1939): “(…) alguien tiene que decir quiénes son los hijos de puta y quiénes son buena gente”.
Si estudié periodismo siempre fue con la idea de que me ayudaría en mi camino por convertirme en escritor, nunca tuve ese deseo innato o forzado de algunos por aparecer en los medios de comunicación y contar lo que otros hacen, dicen o piensan; siempre he pensado que es mejor hacerlo que contarlo. Pero hay una sana excepción que redime a los periodistas y a los medios de comunicación de sus muchos defectos: cuando cuentan la crueldad, el vilipendio, el asesinato… cuando el periodista saca el boli o el portátil para informarnos de los delitos de los villanos. No es una tarea exclusiva de los plumillas, por supuesto, pero suele ser el oficio de sus mejores espadas.
La semana pasada me acabé de leer Idealistas bajo las balas, un libro del hispanista británico Paul Preston, que narra las vicisitudes de los corresponsales de guerra extranjeros que vinieron a España para contarle a Europa y al resto del mundo nuestra guerra civil. Eran americanos, rusos, ingleses, franceses, italianos… un grupo variado de hombres y algunas mujeres, que convivieron con republicanos y rebeldes, y que vivieron las atrocidades de una guerra que terminaría por propagarse por el mundo entero. Algunos de ellos, los primeros en ver los uniformes de italianos y alemanes en suelo español, ya advirtieron a sus contactos en Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos, que Hitler y Mussolini utilizaban España como campo de pruebas, que su ayuda al golpista Francisco Franco no era una mera anécdota, y que si ganaban en España, como ocurrió, las democracias occidentales iban a enfrentarse a una guerra contra el nazismo y el fascismo. No eran diplomáticos, no hablaban un lenguaje políticamente correcto, se emborracharon y se fueron de putas dentro del hotel Florida, en el Madrid sitiado… pero pisaron la calle, hablaron con las familias rotas, con los soldados y sus oficiales, fueron ametrallados ellos mismos, apresados e incluso fusilados: sabían de lo que hablaban y lo hicieron, sus mensajes llegaron incluso hasta los mismos líderes de sus países. Roosevelt lo supo, y también Léon Blum (Francia) y Chamberlain (Reino Unido). Pero bien fuera por cobardía, ignorancia, necedad o la mezcla letal de las tres, los que pudieron no pararon a Hitler a tiempo, cuando pudieron y donde tocaba. Mientras que los generales golpistas se beneficiaron de la ayuda de las potencias fascistas, el gobierno de la República sólo tuvo la ayuda de voluntarios –Brigadas Internacionales- y la presencia testimonial de los soviéticos. Y todo eso lo contaron gente como Jay Allen, el estadounidense que confesó que jamás volvería a presenciar una corrida de toros cuando entró en el coso taurino de Badajoz y vio la sangre reseca de los republicanos ejecutados en el albero. O George Steer, un sudafricano que llegó hasta Guernica y narró el bombardeo y destrucción del municipio vasco por parte de la Legión Cóndor (alemana) a petición de Franco, desmontando la mentira franquista de que fueron los republicanos quienes dinamitaron la ciudad.
No es, desde luego, un libro neutral. Un buen juez, cuando manda a la cárcel a un asesino, tampoco lo es, pero sí ha sido objetivo: ha conocido unos hechos, ha aplicado una legislación y llega a una conclusión en forma de sentencia. Del mismo modo, Idealistas bajo las balas cuenta sobre todo las experiencias de quienes informaron desde el bando republicano. Pero es comprensible que narre poco de los periodistas que cubrieron la guerra desde el lado rebelde (algunos se pasaron al bando republicano para informar mejor). A menos que fueran italianos o alemanes, los demás apenas podían escapar de las “visitas guiadas” al frente, y si escapaban del control franquista, podían pasarse unos meses en la cárcel como Arthur Koestler, que se salvó por un pelo de ser ejecutado. En cuanto a los primeros, a los periodistas alemanes e italianos, en su mayoría fueron propagandistas que alababan a los rebeldes para luego hacer lo mismo con Hitler y Mussolini.
Así actúan los malos, no sólo matan, violan y vilipendian sino que después tratan de ocultarlo, se avergüenzan de que los demás sepamos de sus actos. Buena actitud, por lo tanto, la de señalar a la gentuza y a sus amparadores, contar lo que hicieron. O, como magistralmente dijo Herbert Rutledge Southworth, un especialista en la Guerra Civil Española (1936-1939): “(…) alguien tiene que decir quiénes son los hijos de puta y quiénes son buena gente”.
sábado, 1 de mayo de 2010
38. Los hombros de la humanidad
“Si he visto más lejos ha sido porque me he alzado sobre los hombros de gigantes” o algo así pero en inglés fue lo que le escribió Isaac Newton a Robert Hooke cuando ambos se peleaban por sus diferencias científicas sobre la óptica y la gravitación. Fue su particular manera de reconocer que un invento o cualquier logro se basa siempre en otro anterior, y que por grande que pueda ser un genio y por importante que llegue a ser su descubrimiento, sólo ha podido darse por los pasos previos que otros han dado, sean gigantes o meros hombres y mujeres con sus limitaciones. A eso se le llama humildad y cuando proviene de alguien como Newton uno se da cuenta de que es el camino a seguir. No por prudencia ni para esquivar envidias ni recelos; simplemente porque es verdad: aprovechamos el legado de nuestros ancestros para que los que vengan detrás de nosotros hagan lo propio y nos superen. Así evolucionamos, así aprendimos a bajar de los árboles y plantarle cara a otros animales mucho más feroces, fuertes y más dotados naturalmente para la caza que nosotros. Salvo por un pequeño matiz, claro: nuestro cerebro es mucho más incisivo que cualquier zarpa, más determinante que las fauces del tigre más peligroso de la selva.
Como las cucarachas americanas, los humanos estamos dotados excepcionalmente para la supervivencia; no hay nada que celebrar, forma parte de nuestros genes. Pero lo que de verdad nos redime, y sólo de vez en cuando, son actos de humildad como el de Newton o sacrificios como los de los trabajadores de Chicago en 1886, cuando consiguieron con su sangre la jornada laboral de 8 horas. No eran metrosexuales ni tenían tiempo para depilarse, ir al gimnasio o la biblioteca, su jornada laboral podía sobrepasar las 18 horas y el resto de sus condiciones laborales eran de las peores de Estados Unidos. Pero tras dejarse media vida en fábricas hediondas por míseros sueldos llegaron a la conclusión de que el número 8 era bastante práctico: 8 horas para trabajar, 8 para dormir, 8 para la casa.
Gracias a los hombros de aquellos gigantes tengo tiempo para escribir. Mi jornada laboral es de 7 horas y 45 minutos, luego tengo tiempo para ir al gimnasio, pasear con mi chica, escribir historias largas o pequeñas e incluso para jugar al Imperium III en el ordenador. Gracias a tipos rudos a los que probablemente jamás hubiéramos invitado a nuestros cumpleaños o bodas, a individuos con pinta peligrosa y malencarados que debían lavarse muy de vez en cuando. Pero aquellos hombres tenían algo que no se vende en el supermercado ni se baja de Internet. Tampoco te lo dan los genes ni ninguna ley civil o criminal. Se llama dignidad, y aquellos aguerridos trabajadores, la escoria del Chicago de finales del siglo XIX, los desharrapados del mundo, eran los capitalistas de la dignidad humana. Mientras otros atesoraban dinero y capital ellos se llenaban el alma de amor propio y coraje, de solidaridad con el compañero. Al ritmo del fragor de las fábricas, al tiempo que sus manos se encallecían y sus pulmones se llenaban de hollín dijeron no. Por supuesto que hubo delatores y cobardes, esquiroles que decidieron mamar mientras sus colegas se jugaron el tipo. Tal gentuza es imprescindible para cualquier buena historia que se precie, y la historia de la humanidad es la mejor de todas. Pero los buenos salieron de las fábricas, pisaron la calle y gritaron lo que eran: hombres, no esclavos. Eran los dueños de su propia hambre, y ésa no se la vendían a nadie. Eso ocurrió el 1 de mayo de 1886, en Chicago de la Frontera. El 2 y el 3 continuaron con las huelgas y movilizaciones ante los escandalizados periódicos –la mayoría a favor del poderoso, como siempre, faltaría más-, los falsos patriotas y toda la morralla de aprovechados y explotadores. Entonces, el día 3, cuando los trabajadores movilizados se enfrentaron contra los esquiroles, la policía, que no se pierde ni una cuando el de enfrente está desarmado, empezó a disparar contra los currelas. Aquel día se cargaron a seis. Lo curioso era que los trabajadores defendían la ley, pues ese mismo año se había promulgado la Ley Ingersoll que establecía la jornada laboral de 8 horas. Luego fueron a por los líderes de los obreros. Tras el juicio, a tres de ellos los metieron en la cárcel, a otros cuatro los ahorcaron y hubo uno más que se suicidó en su celda para no darle el gusto al poderoso. Uno de los cuatro ejecutados, Hessois Auguste Spies, ya en el cadalso y a punto de ser ahorcado gritó: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera decir yo ahora”.
Gracias, caballeros, y también a los gigantes que os antecedieron y a los que os sucedieron, a los hombres y mujeres que sacrificaron sus vidas para que tuviéramos un extra de tiempo más para pensar, vivir y hacer algo útil por nosotros mismos. Feliz día de los trabajadores.
“Si he visto más lejos ha sido porque me he alzado sobre los hombros de gigantes” o algo así pero en inglés fue lo que le escribió Isaac Newton a Robert Hooke cuando ambos se peleaban por sus diferencias científicas sobre la óptica y la gravitación. Fue su particular manera de reconocer que un invento o cualquier logro se basa siempre en otro anterior, y que por grande que pueda ser un genio y por importante que llegue a ser su descubrimiento, sólo ha podido darse por los pasos previos que otros han dado, sean gigantes o meros hombres y mujeres con sus limitaciones. A eso se le llama humildad y cuando proviene de alguien como Newton uno se da cuenta de que es el camino a seguir. No por prudencia ni para esquivar envidias ni recelos; simplemente porque es verdad: aprovechamos el legado de nuestros ancestros para que los que vengan detrás de nosotros hagan lo propio y nos superen. Así evolucionamos, así aprendimos a bajar de los árboles y plantarle cara a otros animales mucho más feroces, fuertes y más dotados naturalmente para la caza que nosotros. Salvo por un pequeño matiz, claro: nuestro cerebro es mucho más incisivo que cualquier zarpa, más determinante que las fauces del tigre más peligroso de la selva.
Como las cucarachas americanas, los humanos estamos dotados excepcionalmente para la supervivencia; no hay nada que celebrar, forma parte de nuestros genes. Pero lo que de verdad nos redime, y sólo de vez en cuando, son actos de humildad como el de Newton o sacrificios como los de los trabajadores de Chicago en 1886, cuando consiguieron con su sangre la jornada laboral de 8 horas. No eran metrosexuales ni tenían tiempo para depilarse, ir al gimnasio o la biblioteca, su jornada laboral podía sobrepasar las 18 horas y el resto de sus condiciones laborales eran de las peores de Estados Unidos. Pero tras dejarse media vida en fábricas hediondas por míseros sueldos llegaron a la conclusión de que el número 8 era bastante práctico: 8 horas para trabajar, 8 para dormir, 8 para la casa.
Gracias a los hombros de aquellos gigantes tengo tiempo para escribir. Mi jornada laboral es de 7 horas y 45 minutos, luego tengo tiempo para ir al gimnasio, pasear con mi chica, escribir historias largas o pequeñas e incluso para jugar al Imperium III en el ordenador. Gracias a tipos rudos a los que probablemente jamás hubiéramos invitado a nuestros cumpleaños o bodas, a individuos con pinta peligrosa y malencarados que debían lavarse muy de vez en cuando. Pero aquellos hombres tenían algo que no se vende en el supermercado ni se baja de Internet. Tampoco te lo dan los genes ni ninguna ley civil o criminal. Se llama dignidad, y aquellos aguerridos trabajadores, la escoria del Chicago de finales del siglo XIX, los desharrapados del mundo, eran los capitalistas de la dignidad humana. Mientras otros atesoraban dinero y capital ellos se llenaban el alma de amor propio y coraje, de solidaridad con el compañero. Al ritmo del fragor de las fábricas, al tiempo que sus manos se encallecían y sus pulmones se llenaban de hollín dijeron no. Por supuesto que hubo delatores y cobardes, esquiroles que decidieron mamar mientras sus colegas se jugaron el tipo. Tal gentuza es imprescindible para cualquier buena historia que se precie, y la historia de la humanidad es la mejor de todas. Pero los buenos salieron de las fábricas, pisaron la calle y gritaron lo que eran: hombres, no esclavos. Eran los dueños de su propia hambre, y ésa no se la vendían a nadie. Eso ocurrió el 1 de mayo de 1886, en Chicago de la Frontera. El 2 y el 3 continuaron con las huelgas y movilizaciones ante los escandalizados periódicos –la mayoría a favor del poderoso, como siempre, faltaría más-, los falsos patriotas y toda la morralla de aprovechados y explotadores. Entonces, el día 3, cuando los trabajadores movilizados se enfrentaron contra los esquiroles, la policía, que no se pierde ni una cuando el de enfrente está desarmado, empezó a disparar contra los currelas. Aquel día se cargaron a seis. Lo curioso era que los trabajadores defendían la ley, pues ese mismo año se había promulgado la Ley Ingersoll que establecía la jornada laboral de 8 horas. Luego fueron a por los líderes de los obreros. Tras el juicio, a tres de ellos los metieron en la cárcel, a otros cuatro los ahorcaron y hubo uno más que se suicidó en su celda para no darle el gusto al poderoso. Uno de los cuatro ejecutados, Hessois Auguste Spies, ya en el cadalso y a punto de ser ahorcado gritó: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera decir yo ahora”.
Gracias, caballeros, y también a los gigantes que os antecedieron y a los que os sucedieron, a los hombres y mujeres que sacrificaron sus vidas para que tuviéramos un extra de tiempo más para pensar, vivir y hacer algo útil por nosotros mismos. Feliz día de los trabajadores.
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