“Nadie puede silbar solo una
sinfonía. Es necesaria una orquesta”
HALFORD LUCCOCK, 365 ventanas, 1943
Sonreía Mas el otro día en la final
de la Copa del Rey mientras los aficionados del Barcelona y del Bilbao pitaban
al himno nacional. Una sonrisa apenas disimulada, evidente, chulesca y cobarde
por el contexto: al lado del rey de España y en un ambiente hostil para la
Corona y cualquier símbolo nacional. Los nacionalistas catalanes jugaban en
casa y además, arropados por sus colegas vascos.
La actitud del capo de CIU alimenta
en los ciudadanos españoles el deseo, cada vez más legítimo, de cobrarle las
ofensas nacionalistas a todo el pueblo de Cataluña. Sé que no es políticamente
correcto lo que escribo, pero es sincero. Enfrente, para nuestra desgracia, el
nacionalista tiene a un gobierno que se rompía la camiseta cuando estaba en la
oposición (2009) y los silbidos al himno los escuchaba Zapatero. A esos mismos que entonces prometían hierro para las ofensas cuando el PP llegara al poder,
una vez en el gobierno, les organizaron una consulta secesionista sin que a
Rajoy se le moviera un pelo de la barba.
Así que frente a la bravuconería
cobarde del PP y a la elusión del problema nacionalista por parte de la
izquierda (“no me gusta pero… ¡libertad de expresión!”), no tenemos actores
principales con respuestas inteligentes y valientes contra las malas formas del
nacionalismo catalán. Si acaso solo queda que
Ciudadanos se aproveche de ese vació intelectual y sentimental: le
vendría bien para ganar votos a la vez que le prestarían un magnífico servicio
al país.
Claro que ni siquiera Ciudadanos se
atrevería a defender la opción más audaz e inteligente, aquella que ya se ha
probado en otros países admirados pero nunca copiados: el referéndum. Uno de
verdad, organizado por el gobierno, con una sola pregunta clara y directa… y solo en Cataluña. Así comprobaríamos
cuántos valientes elegirían un estado
independiente fuera de la Unión Europea, y de paso, obligaría a muchos
catalanes nacionalistas a votar en masa para permanecer en este país que tanto
parecen odiar.
Ahí, ahí es cuando se le secaría la
sonrisa en la cara al chiquilicuatre de Mas, al antiguo delfín del Molt
Honorable Ladrón.
