86. Spanish splendor
Érase una vez un país no tan lejano donde los ciudadanos vivían ignorantes, ricos y felices. Todos tenían trabajo, la mayoría pésimamente pagados, pero si se colgaban un ladrillo al cuello ganaban lo suficiente como para hipotecarse por 200.000 euros y tunear el coche una vez al año. Llevaban así desde 1996 y a pesar de que cambiaron de jefe en el 2004, el estilo macroeconómico no se desvió ni un ápice de la doctrina Solbes-Rato-Solbes. Mientras tanto, en aquellos años de esplendor español, cuando le decíamos a Europa que callara y aprendiera de nosotros, sus ciudadanos más preparados en el nivel académico palidecían bajo el sol hispano por menos de 1.000 euros al mes. Sus carreras se frustraban nada más salir de la facultad: empleos precarios, mal pagados, trato denigrante y la sonrisa estúpida de un soberbio autodenominado empresario, que creía ser millonario cuando podía gastarse 60.000 euros en un mercedes… a costa de desmotivar diariamente a lo mejorcito de su empresa.
Pero el viento cambió de rumbo, llegó el año 2008 y una fea crisis sacudió al mundo invadiendo país a país… menos el nuestro, claro. Y sin embargo la crisis entró en el terreno patrio; encontró fuentes, pozos y sembrados de los que alimentarse y crecer más que en ningún otro sitio… y reproducirse. Cuando el líder de los españoles asumió que la crisis había invadido el país soleado, se apresuró a pronosticar que saldría antes que tarde. “Tomad el cemento en polvo y terminad los parques, los polideportivos y las plazas”.
Así que los ciudadanos nos cogimos de las manos, cerramos los ojos y soplamos fuerte para que la crisis se marchara, para que huyera despavorida, temerosa de la planificación y previsión española, de los fuertes cimientos de nuestra economía, de nuestro carácter innovador y creativo. Y mientras soplábamos fuerte, continuábamos con el ladrillo colgado al cuello como si se tratara de un poderoso talismán que hubiera perdido su energía brevemente, como si sólo hubiera que cambiarle las pilas para que siguiera brillando. Pero la luz no llegó. Y a los pocos meses la crisis no sólo no desapareció sino que se meó en aquellos brotes verdes que hoy deberían haber sido bosques. “Sed optimistas, que esto lo arreglamos entre todos”, continuaron diciéndonos, y, aunque cagados de miedo, continuamos aferrados al ladrillo convencidos de que sólo eran un par de años duros, de leves reajustes.
Sin embargo miles y miles de ciudadanos fueron perdiendo su empleo, su subsidio de desempleo, sus 400 euros de ayuda, sus ahorros familiares… perdieron sus casas y siguieron hipotecados, pero, según nos dijeron, la crisis iba perdiendo fuelle, energía, se estaba secando. Y llegó la reforma. El cinturón para el ciudadano. “Nos obliga Europa, nos obligan los mercados, así que: hay que despediros sin tanto coste, hay que jubilarse más tarde (y prejubilarse más barato), el funcionario debe cobrar menos, no hay que ir tanto al médico, hay que dejar que las empresas ganen y vosotros perdáis. Y, sobre todo (nos dijeron sin decírnoslo), hay que cambiar las reglas cuantas veces hagan falta para que en este libre mercado una empresa llamada banco nunca pierda, pase lo que pase”, nos dijeron.
La peña se mosqueó con el líder, pero éste dijo que ya no volvería a presentarse más y que confiáramos en sus amigos, que, técnicamente, ya habíamos salido de la crisis (aunque, técnicamente, tengamos 4,3 millones de parados). En esto, el líder de la oposición, el autoproclamado presidente de gobierno en ciernes, se despierta de su siesta y anuncia la fórmula mágica para solucionar el problema: “Permaneced con el ladrillo colgado al cuello, limpiadlo y sacadle brillo. Y, ahora, todos juntos cogidos de las manos y con los ojos cerrados vamos a soplar muy fuerte para que la crisis se marche”…
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domingo, 17 de abril de 2011
domingo, 5 de septiembre de 2010
56. Una conversación informal
El tipo entró en el bar y pidió una cerveza, pero como hacía tiempo que no entraba en uno se encontró con que el camarero le preguntó que si un quinto, un tercio, una caña o la entera, a lo que el tipo respondió que con un vaso de cerveza le bastaba. El camarero torció el gesto contrariado por la respuesta y sin saber si acertaba o no, le puso la caña de toda la vida. Debió de acertar, porque al cliente, un tipo delgado, medio calvo y de unos 50 años se le vio la cara de satisfacción. El bar estaba desierto y el camarero vio que se iba a aburrir si no entraba nadie más. Después de todo, el tipo no era el parroquiano habitual. Iba trajeado, con la corbata un poco ladeada y la cara de mala hostia. “¿Comunión?”, preguntó el camarero. “Bautizo”, respondió el cliente con una sonrisa espontánea. La pregunta había agrietado los muros de la incomunicación.
En efecto, cerca había una iglesia con cura loco incluido, un energúmeno que reventaba el sosiego de los vecinos a base de campanadas reiterativas, escandalosas y con una secuencia completamente irracional.
De todos modos no era muy habitual que al bar se acercaran los invitados, puesto que en la plaza de la iglesia habían abierto un par de cafeterías nuevas. El camarero miró el reloj y calculó que le quedaba una hora hasta que llegaran los habituales, así que aprovechó la presencia del tipo para hablar de fútbol, mujeres, política y el tiempo. El tipo lo miró con media sonrisa, pensando que el otro no tenía ni puta idea de nada de lo que le estaba hablando. “¿Te has quedado sin muchos clientes por la crisis?”, preguntó el tipo. “Con los mismos que antes de que empezara: ninguno. El bar es de mi jefe, y ese no pisa el negocio durante el fin de semana”. El tipo sonrió, empezaba a caerle bien ese camarero cuarentón, ignorante pero espontáneo. Al menos no había soltado ninguna soflama racista. “¿Están cerradas las cafeterías de la plaza?”, inquirió el camarero. “Qué va. Están rebosando con los invitados del bautizo, pero me he venido aquí porque no los soporto”. El camarero se rio, aunque parecía un capullo, el tipo trajeado era sincero, un intelectual de esos que tienen la casa llena de libros pero que cuando van al bar o a la peluquería ojean los diarios deportivos, las revistas del corazón y el Interviú babeado.
Tras la tercera caña el tipo trajeado tenía mejor humor, se había vuelto más sociable y hablador, abandonando los monosílabos y cierta actitud de superioridad. “¿A qué se dedica?”, preguntó el camarero. Sabía que era una pregunta que podía ser incómoda, sobre todo con desconocidos, pero a aquel tipo del bautizo no lo iba a ver más en su vida. “Tengo una librería”, respondió el tipo. “Ah”, dijo el camarero. El tipo se percató del asomo de decepción en la cara del profesional, pero pidió una cuarta cerveza para analizar la situación. “¿Sabe? Me llevo aquí más de 12 horas al día seis días a la semana, y he conocido a tipos con todas las profesiones, pero creo que es el primer librero que pasa por aquí”. “Si quiere le firmo un autógrafo”. El hombre rio su propia gracia y el camarero pensó que empezaba a estar mamado. “¿Lee libros, caballero?”, preguntó tras parar de reír. “No. Ya leí suficiente en el colegio”. “Entonces va usted sin luces, jefe”, respondió el tipo. “¿Sin luces?”. El tipo se acabó de un trago la cuarta caña y pidió al camarero la quinta. “Es que hay teorías que sólo las defiendo bien cuando estoy borracho”, razonó. El camarero le puso la caña, el tipo le dio un sorbo, paseó el nudo de la corbata por todo su cuello y cuando lo dejó suficientemente ladeado, muy serio, comenzó: “Verá, uno no es como un tigre, que vive solo en la jungla, somos más bien como los lobos, o los monos, que necesitamos de una manada, de un grupo para crecer. Cuando uno se enfrenta a un problema, además de su propio intelecto, cuenta con las referencias, con lo que le ha contado de la vida su padre, su madre, su abuelo o la vecina del quinto. Pero el mundo es más grande que nuestra familia o nuestro barrio, y nos fijamos aunque no queramos en lo que hacen los demás. Los libros te aportan eso mismo, las luces de cruce en una carretera oscura, la línea blanca del arcén y los reflectantes de la mediana. Probablemente en un día soleado no le harán falta, amigo, pero hay más noches que días con sol. Y si usted no lee, las referencias que consiga son y serán las que obtenga en este bar, o en la serie de televisión que siga en su día libre. Le aportarán algo de luz, pero tal vez no de la mejor calidad ni cantidad”. El tipo dio un trago más a la caña, pagó la cuenta, saludó y se marchó ligeramente bebido. El camarero se quedó mirándolo mientras se iba: “Menuda borrachera lleva el tío”.
El tipo entró en el bar y pidió una cerveza, pero como hacía tiempo que no entraba en uno se encontró con que el camarero le preguntó que si un quinto, un tercio, una caña o la entera, a lo que el tipo respondió que con un vaso de cerveza le bastaba. El camarero torció el gesto contrariado por la respuesta y sin saber si acertaba o no, le puso la caña de toda la vida. Debió de acertar, porque al cliente, un tipo delgado, medio calvo y de unos 50 años se le vio la cara de satisfacción. El bar estaba desierto y el camarero vio que se iba a aburrir si no entraba nadie más. Después de todo, el tipo no era el parroquiano habitual. Iba trajeado, con la corbata un poco ladeada y la cara de mala hostia. “¿Comunión?”, preguntó el camarero. “Bautizo”, respondió el cliente con una sonrisa espontánea. La pregunta había agrietado los muros de la incomunicación.
En efecto, cerca había una iglesia con cura loco incluido, un energúmeno que reventaba el sosiego de los vecinos a base de campanadas reiterativas, escandalosas y con una secuencia completamente irracional.
De todos modos no era muy habitual que al bar se acercaran los invitados, puesto que en la plaza de la iglesia habían abierto un par de cafeterías nuevas. El camarero miró el reloj y calculó que le quedaba una hora hasta que llegaran los habituales, así que aprovechó la presencia del tipo para hablar de fútbol, mujeres, política y el tiempo. El tipo lo miró con media sonrisa, pensando que el otro no tenía ni puta idea de nada de lo que le estaba hablando. “¿Te has quedado sin muchos clientes por la crisis?”, preguntó el tipo. “Con los mismos que antes de que empezara: ninguno. El bar es de mi jefe, y ese no pisa el negocio durante el fin de semana”. El tipo sonrió, empezaba a caerle bien ese camarero cuarentón, ignorante pero espontáneo. Al menos no había soltado ninguna soflama racista. “¿Están cerradas las cafeterías de la plaza?”, inquirió el camarero. “Qué va. Están rebosando con los invitados del bautizo, pero me he venido aquí porque no los soporto”. El camarero se rio, aunque parecía un capullo, el tipo trajeado era sincero, un intelectual de esos que tienen la casa llena de libros pero que cuando van al bar o a la peluquería ojean los diarios deportivos, las revistas del corazón y el Interviú babeado.
Tras la tercera caña el tipo trajeado tenía mejor humor, se había vuelto más sociable y hablador, abandonando los monosílabos y cierta actitud de superioridad. “¿A qué se dedica?”, preguntó el camarero. Sabía que era una pregunta que podía ser incómoda, sobre todo con desconocidos, pero a aquel tipo del bautizo no lo iba a ver más en su vida. “Tengo una librería”, respondió el tipo. “Ah”, dijo el camarero. El tipo se percató del asomo de decepción en la cara del profesional, pero pidió una cuarta cerveza para analizar la situación. “¿Sabe? Me llevo aquí más de 12 horas al día seis días a la semana, y he conocido a tipos con todas las profesiones, pero creo que es el primer librero que pasa por aquí”. “Si quiere le firmo un autógrafo”. El hombre rio su propia gracia y el camarero pensó que empezaba a estar mamado. “¿Lee libros, caballero?”, preguntó tras parar de reír. “No. Ya leí suficiente en el colegio”. “Entonces va usted sin luces, jefe”, respondió el tipo. “¿Sin luces?”. El tipo se acabó de un trago la cuarta caña y pidió al camarero la quinta. “Es que hay teorías que sólo las defiendo bien cuando estoy borracho”, razonó. El camarero le puso la caña, el tipo le dio un sorbo, paseó el nudo de la corbata por todo su cuello y cuando lo dejó suficientemente ladeado, muy serio, comenzó: “Verá, uno no es como un tigre, que vive solo en la jungla, somos más bien como los lobos, o los monos, que necesitamos de una manada, de un grupo para crecer. Cuando uno se enfrenta a un problema, además de su propio intelecto, cuenta con las referencias, con lo que le ha contado de la vida su padre, su madre, su abuelo o la vecina del quinto. Pero el mundo es más grande que nuestra familia o nuestro barrio, y nos fijamos aunque no queramos en lo que hacen los demás. Los libros te aportan eso mismo, las luces de cruce en una carretera oscura, la línea blanca del arcén y los reflectantes de la mediana. Probablemente en un día soleado no le harán falta, amigo, pero hay más noches que días con sol. Y si usted no lee, las referencias que consiga son y serán las que obtenga en este bar, o en la serie de televisión que siga en su día libre. Le aportarán algo de luz, pero tal vez no de la mejor calidad ni cantidad”. El tipo dio un trago más a la caña, pagó la cuenta, saludó y se marchó ligeramente bebido. El camarero se quedó mirándolo mientras se iba: “Menuda borrachera lleva el tío”.
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