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domingo, 5 de junio de 2011

93. Sin pan ni circo

Teniendo en cuenta que entre la peña hispana aún causa admiración el que se va de un restaurante sin pagar o el que defrauda a Hacienda, es lógico que la indignación llegara sólo cuando nos faltara el pan en el sentido amplio (el curro de toda la vida y el escaso sueldo de final de mes que nos permite sobrevivir). No hemos sido rigurosos con la corrupción o el despilfarro por la sencilla razón de que para el españolito medio eso son pecados menores. No nos hemos ofendidos porque la ética, aquí, no es más que una asignatura (ahora ni siquiera lo es), y la moral sólo la que dicta la iglesia española. Con esos mimbres era lógico que la corrupción encontrará también acomodo en la España democrática.
Ahora, con la llegada de un verano sin mundial de fútbol ni Eurocopa, tocando todavía suelo en el peor tramo de la crisis económica, comprobamos horrorizados que no sólo nos hemos quedado sin pan sino que tampoco tenemos circo o, al menos, la mitad del circo, pues la otra mitad está bien cubierta con los programas del corazón. Sin mafia futbolística, a la espera del espectáculo informativo de los fichajes, Jorge Javier y el resto de la mafia rosa son los únicos dueños del cotarro del entretenimiento patrio.
Las autoridades españolas deberían hacer algo al respecto, diseñar un plan B para el caso de que la Escherichia Coli alemana llegue a España y haga estragos entre los principales presentadores y tertulianos del mundillo del corazón. Llegados a ese punto, con poco que comer y nada que ver en la tele, las plazas se llenarían no de miles sino de millones de españoles dispuestos a cargarse a media humanidad en busca de entretenimiento.
Como Rajoy está durmiendo la siesta eterna, Zp haciendo las maletas, el rey va con muletas tuneadas y el resto del personal no parece percatarse de esta amenaza real, propongo una serie de medidas con las que paliar la posible catástrofe humanitaria que se cierne sobre nosotros.
Primera medida. Con la fiesta de los toros en pleno declive e invadidos como estamos por la cucaracha roja americana, podríamos establecer la lidia de la cucaracha. Debido a la desproporción entre el tamaño humano y el de la cucaracha roja (aunque cada vez menor, por la buena alimentación de las cukis), deberíamos llenar un cuadrilátero de boxeo con varias cucarachas y meter a un par de bailaores de flamenco, hombre y mujer, que con su rítmico taconeo tratarían de pisotear a sus enemigas. Sé que el espectáculo sería un tanto asqueroso, sobre todo para las primeras filas de espectadores, a quienes les caerían cáscaras y cachitos de cucaracha -por favor, no vomites mientras lees esto- y puede que algún defensor de los animales tratara de impedirlo, pero para eso está la segunda medida.
Segunda medida. Coger al defensor de los animales; se le inmoviliza en un sillón cómodo, se introduce al sillón y al inmovilizado dentro de una habitación cuadrada y suficientemente grande, en el centro, con varias cámaras enfocándole. Se sueltan las cucarachas rojas. Se espera, pacientemente, a que el defensor pida que alguien mate a las cucarachas para salvarse. Se deja entrar a los bailaores para que pisoteen a las cukis. ¿Tal vez enfrentándole a sus prejuicios y a sus miedos se librará de ellos? ¡Naaaa!, pero molará bastante verle la cara de susto que pone.
Tal vez haya que pulir un poco más estas ideas, pero como ya no vive Valerio Lazarov y los gobernantes no creen que la Escherichia pueda con la Esteban y compañía, es lo que hay. Además, en agosto vuelve el fútbol.
P.S: Si crees que la idea ha sido mala, piensa que hubo un tipo que cantó en el siglo XIX la canción de la cucaracha y que todavía suena hoy (y que si la coge el espabilado de turno y la tunea convenientemente, obtendrá la próxima canción del verano).
     

domingo, 15 de mayo de 2011

90. La isla de Putamierda

No sé cómo no se me había ocurrido antes pero seguro que esta idea me la copia algún guionista de Tela Hinco. Se trata de juntar en una isla desierta a medio centenar de políticos, dejarlos con sus vestimentas habituales (nada de ropa pija de fin de semana, sino traje y corbata de lunes por la mañana) pero prescindiendo de su personal de confianza, de sus coche y sus teléfonos móviles. Se les podría atraer con alguna mentira piadosa, con invitaciones a inauguraciones ficticias, cursos de hostigamiento al ciudadano o de apropiación indebida sin complejos; yo qué sé.
Una vez reunidos y agrupados en un magnífico complejo turístico, a pie de playa paradisíaca, mientras se preguntan los unos a los otros si saben quién es el anfitrión, haría su aparición estelar Jorge Javier Vázquez, con un cubata medio bebido en la mano, vistiendo pantalón corto, camisa hawaiana y chanclas.
“Queridos amigos”, diría con una voz un tanto beoda, “bienvenidos a la isla de Putamierda, ¡hip!, un territorio… amplio y rico en recursos naturales. Es un lugar virgen, donde no hay leyes ni política ni normas que seguir. Que nadie sospeche… ni se forme una idea equivocada por el nombre de la isla, pues fue un cachondo mental el que la bautizó así y la comunidad internacional, guasona como es, ha respetado el topónimo… ¡y yo también respeto a los topos!, ¡hip!, aclaro”
“Aquí”, seguiría Jorge Javier, “encontrarán comida, ¡hip!, bebida, playas de ensueño, bosques esotéricos, perdón, exóticos, y petróleo. Y muchos kilómetros cuadrados para que todos se sientan los amos de un trozo de isla”
En este punto, nuestros queridos políticos estarían frotándose las manos, deseosos de que Jorge Javier callara y saliera la Esteban para decir aquello de ¿¡Valeeeeee!? Pero en esto, uno de ellos (o de ellas) preguntaría algo así como: “¿Y la peña? ¿Dónde están los habitantes de esta isla maravillosa para que podamos servirnos de ellos y traer aquí la paz, la prosperidad y la modernidad? ¿Dónde encontraremos a nuestra mano de obra?”.
Al escucharlo, Jorge Javier se doblaría por la mitad y empezaría a descojonarse de mala manera, con hipo y lágrimas incluidos, riéndose tanto que se derramaría lo que le quedaba del cubata en el pantalón ante la mirada traviesa de Paquito Camps, uno de los invitados. Antes de continuar, se serviría él mismo otro cubata, le daría el primer sorbo y lo degustaría, ante la impaciencia de los políticos.
“No hay, parten de cero. En Putamierda están sólo ustedes. No hay más recursos humanos que ustedes mismos. Como magníficos gestores que son, ¡hip!, con un territorio virgen, con recursos naturales y sin rémoras del pasado, Sálvame y yo estamos seguros que llevarán a Putamierda a lo más alto del ranking mundial de los países desarrollados”
En este punto y evitando así la reacción de pánico de los políticos y su posterior ira, descendería un helicóptero en Putamierda y lanzaría una escala en donde se engancharía Jorge Javier (sin soltar el cubata, por supuesto) y escaparía de Putamierda y sus nuevos habitantes.
¿Experimento sociológico? ¿Castigo para políticos corruptos e ineptos? ¡Naaaa! Mero entretenimiento televisivo para ver cómo nuestros políticos adiestran a los cangrejos en el arte de rascar espaldas y desatar zapatos.