46. El mal ejemplo
Hay escenas de películas o fragmentos de novelas que bien valen la experiencia de verlas o leerlas por completo. Quizás el conjunto de la obra no sea muy elevado, pero con dos o tres escenas memorables, de esas que recuerdas 10 años después de haberlas visto, más de un creador salva su reputación y su trabajo.
Esto me ocurrió con Una historia del Bronx, una película que no deja de ser normalita pero que tiene a un Chazz Palminteri en el papel de gángster que salva al film entero (y eso que Robert De Niro también actuaba, pero aquí hacía de padre honrado y ese papel no le luce tanto; por cierto, él fue el director de la película). Una de las escenas con la que más disfruto es cuando va a dejarle a su protegido el Cadillac rojo para que salga con su novia. El fulano se pasa cuatro o cinco calles conduciendo marcha atrás en pleno Bronx sin que nadie osara ponerle mala cara ni tocarle el claxon. Lo hizo con tranquilidad, hablando con el joven protagonista y dándole unos consejos sobre cómo debía comportarse. En aquellos segundos demostraba al barrio entero quién era: el amo, el jefe, y eso sin necesidad de poner el coche a 150 o de sacar la metralleta. Es más, su actitud demostraba que no era la primera vez que lo hacía ni tampoco la última. Narrada no parece gran cosa, pero cuando la veas fíjate en lo que te digo.
No obstante hay otro tipo de escenas incluso superiores a ésta, aunque no la encontrarás en Una historia del Bronx. Son fragmentos que, bien por casualidad o por la intención del guionista o director, consiguen resumir en unos pocos minutos o incluso segundos algún tema importante: un compendio de lucidez sumamente didáctica. Lo vi en Los santos inocentes, película dirigida por Mario Camus y basada en la novela homónima de Miguel Delibes. Ya sabes de qué va, de la triste España rural del franquismo, década de los 60, aquella en la que el poder aún tenía derecho de pernada constante sobre los cuerpos y almas de los derrotados. Hay muchas escenas impactantes en esa película, la mayoría protagonizada por Azarías –magnífico Paco Rabal- como aquella en la que se orinaba en las manos para que entraran en calor, o la terrible venganza que ejecuta contra el señorito por haber matado a su Milana Bonita. Es tan buena la película que deberían proyectarla en todos los institutos de España, y no sólo para que los adolescentes vieran las miserias de nuestro pasado reciente. De hecho, la película también debería figurar en los programas de más de una escuela de negocios, de esas que cobran una pasta para darte el máster del universo de turno y enseñarte a ser un líder.
En estos tiempos edulcorados en los que vemos por televisión cómo tenemos que ignorar lo malo y premiar lo bueno, no nos viene mal que, de vez en cuando, veamos un mal ejemplo para que alguien lo señale y nos diga: “Así no”.
Pues eso ocurre en Los santos inocentes cuando el señorito –Juan Diego- discute con el cónsul o embajador francés tras la comida, después de haber compartido una mañana de caza en la finca. A la hora del café, el galo se atrevió a decirle a su anfitrión que la clase gobernante española hacía mal en descuidar la educación del pueblo. El señorito se indignó. ¿Cómo osaba aquel gabacho cuestionar el método español, criticar al spanish team? El señorito no se arrugó, llamó en seguida a su fiel Paco –Alfredo Landa- y le dio un trozo de papel y un lápiz. “Paco, escribe tu nombre”. La cara de Alfredo Landa era la de aquella España: ignorante, anonadada, incómoda, sin saber qué se pretendía muy bien de él. Ante la insistencia maleducada del señorito, y después de mirar a la gentucilla bien allí reunida, Paco cogió el lápiz o el bolígrafo, y después del minuto más complicado de su existencia logró garabatear cuatro letras que más o menos venían a poner su nombre. El señorito se lanzó como un águila sobre el cacho de papel y con una soberbia sin límites, con una sensación de victoria incontestable, se lo restregó al francés diciéndole algo así como: “¿Lo ves?, ¿lo ves?, aquí nos preocupamos por la educación de esta gente”. El francés miró atónito al señorito, debió pensar que si no le estaba tomando el pelo la cosa era mucho peor de lo que pintaba.
No estaría de más que en esas costosas clases en las que te enseñan a ser un buen líder, invirtieran un par de horas en Los santos inocentes. Así verían que un líder no debe humillar a sus subordinados, ni descuidar su preparación, ni su bienestar, ni hablarle con rodeos ni, en definitiva, ser un hijo de puta redomado con ellos. Y por encima de todo, cuando se falla, un líder no debe mirar antes a sus trabajadores sino a sí mismo, ver primero la viga en el ojo propio y luego pasar al ajeno.
Muchas veces hacer lo contrario del mal ejemplo es acertar de pleno.
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domingo, 27 de junio de 2010
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sábado, 22 de agosto de 2009
2. Pitufo Guarrón
Conozco a una pareja xenófoba que a poco que hablaras con ellos te soltaban, viniera a cuento o no, que en España había demasiados extranjeros y que sólo venían a robarnos los puestos de trabajo y a traer enfermedades. También eran racistas, y eso que él puede pasar perfectamente por el primo bajito y moreno de Alfredo Landa, pero supongo que los hobbits son así, claro, después de lo de Frodo con el anillo cualquiera les discute que su propia raza es más bien feúcha. Hablo en pasado, ya no los oigo decir eso. La pareja tiene tres hijos varones que sobrepasan los 35. Uno de ellos se casó con una filipina, otro vive con una boliviana y el tercero permanece soltero, pero cambia de novia cada tres meses... en fin, ya no hablan mucho del tema y parecen felices con sus dos nietos y con la que, posiblemente, nacerá en unos meses.
También sé de una vieja señora que criticaba a toda mujer que saliera a la calle pintada y sin su marido. Las críticas hacia las de su mismo sexo empezaban desde la adolescencia y se prolongaban hasta las de su edad, por lo que cualquier fémina que pasara por la mirada obtusa de la vieja era una puta en potencia, sospechosa por cualquier actitud. Sus víctimas preferidas eran las separadas y divorciadas a las que, siempre a sus espaldas -aunque con una sonrisa cuando las trataba de frente-, desollaba vivas con su lengua brutal y venenosa. No sé, el caso es que hay situaciones que uno debe prever, sobre todo cuando tienes una hija treintañera, pero el caso es que la vástaga de la señora engañó a su marido, se enteró todo el pueblo y luego se divorció. Por este orden. La vieja cambió el discurso e hizo cerrada defensa de su niña, e incluso llegó a argumentar a la única amiga que le queda, que su hija se cansó de su marido porque no le daba sexo, ¡toma piruleta! Pero la historia continuó y al cabo de unos meses de convivencia con el nuevo novio, el campeón se cansó de ella y la dejó, así que la joven se buscó a otro novio, y luego a otro, y a otro... bueno, ya sabes, que la buena madre se hartó de la defensa y tomó la que, seguramente, fue la mejor decisión de su vida: callarse un rato.
Las fuerzas vivas del Universo son así de cabronas con el ser humano, golpean allí donde nos duele, con énfasis, reiteradamente, hasta que aprendemos la lección.
Un último caso ilustrativo, el más sangrante, quizás. Ocurrió en los 90. Cierto pitufo –policía local- se divertía en sus rondas nocturnas alumbrando con una linterna a las parejas que, civilizadamente, follaban en sus propios coches. En toda ciudad o pueblo que se precie suele haber un descampado o un lugar poco alumbrado propicio para estas situaciones. El susodicho, en vez de vigilar las calles del municipio que le pagaba, iba expresamente a las afueras del lugar para alumbrar a los amantes. De hecho, no se contentaba con ser un baboso mirón, sino que tocaba con la linterna en las ventanillas interrumpiendo cualquier acto, con lo que el susto debía ser mayúsculo y desagradable. Después, el muy perturbado, trataba de legitimar su actuación abroncando a los jóvenes por actitud indecorosa. Lo de Pitufo Guarrón tenía una doble vertiente: se excitaba viendo follar a los jóvenes y aún más cuando los humillaba. Era un imprudente, el bellaco, pues por mucha placa que lleve uno encima, siempre puede haber un tipo que, metido en faena, te meta el palo de regaliz por donde más escueza.
Pitufo Guarrón siguió pitufeando, desentendiéndose de la seguridad de sus conciudadanos y saboreando los encuentros de unos jóvenes que terminaron por frecuentar lugares más alejados, donde el vicioso pitufillo no pudiera llegar. Pero una noche de verano una pareja imprudente decidió jugársela. Era una noche tonta y aburrida que al final desembocó en el descampado de costumbre y con las ventanillas bajadas, pues hacía un calor bochornoso y nadie cerca para fisgonear. O casi, porque como la mosca capaz de detectar la mierda a kilómetros de distancia, Pitufo Guarrón percibió el coche de los criminales. Se relamió los labios, preparó la linterna y se acercó con pasos mullidos para darles el susto de su vida. ¡Y vaya si los asustó! Pegó un grito, dio una patada en la puerta del conductor y alumbró al mismo tiempo a los amantes que, con las ventanillas bajadas, estaban más indefensos que nunca. Disfrutaba del desconcierto, del miedo, se sentía imponente y machote, como si le hubiera pateado los testículos al mismísimo Gárgamel, urdidor contra pitufos. Pero... bueno, el caso es que se oyó un sonoro “¡papá!”, y Pitufo Guarrón no dio crédito al hecho de que un tirillas bajito y con patillas se estaba zumbando a la niña de sus ojos. Se quedó alelado, incapaz de decir nada coherente. No me preguntes cómo pero al día siguiente se enteró todo el pueblo. Para mí que el de las patillas lo hizo a sabiendas.
También sé de una vieja señora que criticaba a toda mujer que saliera a la calle pintada y sin su marido. Las críticas hacia las de su mismo sexo empezaban desde la adolescencia y se prolongaban hasta las de su edad, por lo que cualquier fémina que pasara por la mirada obtusa de la vieja era una puta en potencia, sospechosa por cualquier actitud. Sus víctimas preferidas eran las separadas y divorciadas a las que, siempre a sus espaldas -aunque con una sonrisa cuando las trataba de frente-, desollaba vivas con su lengua brutal y venenosa. No sé, el caso es que hay situaciones que uno debe prever, sobre todo cuando tienes una hija treintañera, pero el caso es que la vástaga de la señora engañó a su marido, se enteró todo el pueblo y luego se divorció. Por este orden. La vieja cambió el discurso e hizo cerrada defensa de su niña, e incluso llegó a argumentar a la única amiga que le queda, que su hija se cansó de su marido porque no le daba sexo, ¡toma piruleta! Pero la historia continuó y al cabo de unos meses de convivencia con el nuevo novio, el campeón se cansó de ella y la dejó, así que la joven se buscó a otro novio, y luego a otro, y a otro... bueno, ya sabes, que la buena madre se hartó de la defensa y tomó la que, seguramente, fue la mejor decisión de su vida: callarse un rato.
Las fuerzas vivas del Universo son así de cabronas con el ser humano, golpean allí donde nos duele, con énfasis, reiteradamente, hasta que aprendemos la lección.
Un último caso ilustrativo, el más sangrante, quizás. Ocurrió en los 90. Cierto pitufo –policía local- se divertía en sus rondas nocturnas alumbrando con una linterna a las parejas que, civilizadamente, follaban en sus propios coches. En toda ciudad o pueblo que se precie suele haber un descampado o un lugar poco alumbrado propicio para estas situaciones. El susodicho, en vez de vigilar las calles del municipio que le pagaba, iba expresamente a las afueras del lugar para alumbrar a los amantes. De hecho, no se contentaba con ser un baboso mirón, sino que tocaba con la linterna en las ventanillas interrumpiendo cualquier acto, con lo que el susto debía ser mayúsculo y desagradable. Después, el muy perturbado, trataba de legitimar su actuación abroncando a los jóvenes por actitud indecorosa. Lo de Pitufo Guarrón tenía una doble vertiente: se excitaba viendo follar a los jóvenes y aún más cuando los humillaba. Era un imprudente, el bellaco, pues por mucha placa que lleve uno encima, siempre puede haber un tipo que, metido en faena, te meta el palo de regaliz por donde más escueza.
Pitufo Guarrón siguió pitufeando, desentendiéndose de la seguridad de sus conciudadanos y saboreando los encuentros de unos jóvenes que terminaron por frecuentar lugares más alejados, donde el vicioso pitufillo no pudiera llegar. Pero una noche de verano una pareja imprudente decidió jugársela. Era una noche tonta y aburrida que al final desembocó en el descampado de costumbre y con las ventanillas bajadas, pues hacía un calor bochornoso y nadie cerca para fisgonear. O casi, porque como la mosca capaz de detectar la mierda a kilómetros de distancia, Pitufo Guarrón percibió el coche de los criminales. Se relamió los labios, preparó la linterna y se acercó con pasos mullidos para darles el susto de su vida. ¡Y vaya si los asustó! Pegó un grito, dio una patada en la puerta del conductor y alumbró al mismo tiempo a los amantes que, con las ventanillas bajadas, estaban más indefensos que nunca. Disfrutaba del desconcierto, del miedo, se sentía imponente y machote, como si le hubiera pateado los testículos al mismísimo Gárgamel, urdidor contra pitufos. Pero... bueno, el caso es que se oyó un sonoro “¡papá!”, y Pitufo Guarrón no dio crédito al hecho de que un tirillas bajito y con patillas se estaba zumbando a la niña de sus ojos. Se quedó alelado, incapaz de decir nada coherente. No me preguntes cómo pero al día siguiente se enteró todo el pueblo. Para mí que el de las patillas lo hizo a sabiendas.
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