60. Un cuento actualizado
Querido hijo inexistente:
Ya ves lo que te queda con un padre como yo que te escribe una historia incluso antes de concebirte; no será lo único que debas aguantarme, pero como la vida es tan ajena a los planes personales, lo mismo ni llegas a ver la luz y te libras de mí. Verás, a tu padre le encantan los cuentos; desde pequeñito me gustaba escucharlos, ver sus dibujos, leerlos, y sobre todo ampliar sus historias a través de mi imaginación. No me bastaba con la narración en sí: los buenos y los malos, las princesas y los dragones seguían apareciendo en mis ensoñaciones, mezclándose y viviendo aventuras que me aportaban muchas más horas de entretenimiento. Luego, un poco más tarde, comencé a escribir algunas de esas historias que pululaban, pululan y espero que pululen por mi cabeza hasta que me muera. Hoy te voy a contar uno de esos cuentos, uno familiar, uno que nos contaban mis padres a tu tía Lara y a mí. El cuento es sencillo, básico, puede contarse todos los días y hacer hincapié en uno u otro capítulo según el ánimo del narrador o del escuchador. El cuento empieza así:
“Érase una vez unos niños que estudiaban mucho en el cole y que obedecían a sus mayores -más o menos- en todo lo que les pedían. Sus padres eran buenos y trabajadores: siempre que los niños se levantaban veían a su madre haciendo el desayuno en la cocina y a su padre terminándose de afeitar. Cafés, colacaos, no me gusta la leche yo prefiero el zumo, besos, y al curro. Por las tardes iban a inglés y estudiaban más en casa, jugaban algo en la calle o se metían en el cuarto a escuchar música, pero seguían formándose. Los niños no hacían esto por placer, sino para ganarse su futuro. Uno con carrera universitaria, cobrando acorde a la formación y al esfuerzo de años bajo los flexos con bombillas azules y el dolor de cervicales. Un futuro al que iban a llegar preparados para competir justamente, un futuro en el que desarrollarse como personas y profesionales. Y el futuro, aunque con algo de retraso, terminaba por llegar. Y los duros años de esfuerzo y formación fueron recompensados con magníficas ocupaciones, buenos sueldos y carreras profesionales satisfactorias.” Hasta aquí llega el cuento original, pero, querido niño, tu padre se ha encargado de escribirte la segunda parte. Ahí va:
“Sin embargo, algo se torció en el reino de los niños obedientes y trabajadores. A pesar de que siguieron estudiando y trabajando, a pesar de acumular experiencia y conocimientos, y del apoyo de sus padres, el futuro se demoraba sin explicaciones aparentes. Terminaron la carrera y no hallaron trabajo de lo suyo, así que mientras esperaban, cogieron otras ocupaciones peor pagadas y menos especializadas; todavía eran felices porque el verano estaba apunto de llegar: sólo eran dos días malos. Pero llegó el tercero, luego el cuarto y después el quinto, y el frío arreció y comenzaron a olvidarse de las vacaciones, las piscinas de aguas frías y del sol de julio y agosto. Aun así, no perdieron la sonrisa porque todavía quedaba por llegar el sol del membrillo, el veranillo de san Miguel o de san Martín; no obstante siguió lloviendo, continuó ululando el viento y después comenzó a nevar. El invierno fue duro y largo, aquel fue el primer verano perdido, y comenzaron a salir las primeras cicatrices en los labios de unos niños que ya no lo eran. Y al primer verano inexistente le sucedió el segundo, y ya aquello no era normal, porque no sólo no mejoró la situación sino que empeoró. Los trabajos escasearon, las dificultades se incrementaron, el currículo pesaba y los jefes mediocres te ponían mala cara. Pero nuestros aguerridos protagonistas siguieron formándose y estudiando su máster del universo y su postgrado anglobrillante. No sirvieron para nada: los veranos olvidados se sucedieron vertiginosamente. Sólo los enchufados se llevaban las migajas, cada vez más escasas y hueras. Y la amargura y desilusión se instalaron en nuestros amigos. El asco y el desprecio afloraron por un reino de mediocres, donde el tuerto no era el rey de los ciegos sino el majara de turno al que había que apedrear por contar que la vida tenía color cuando era absolutamente negra. Y poco a poco, los desolados se convirtieron en una minoría no tan silenciosa como a los gerifaltes les hubiese gustado. Y hubo dos facciones: la que se marchó del reino para buscar el verano y ser feliz en países lejanos pero decentes, y la de los que se pudrieron esperando al sol que ningún rey o reina iban a traer en su puta vida”.
Y este es el cuento, querido niño o niña, pero no les digas a tus abuelos que yo te lo conté, porque se creen que me pasó a mí y se ponen un poco tristes.
domingo, 3 de octubre de 2010
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domingo, 26 de septiembre de 2010
59. Un pañal en el parlamento
Me gustó, para qué voy a decir lo contrario si me hizo gracia y despertó mi lado más tierno; además, el gesto tenía un impacto de la leche, no me extraña que las imágenes recorrieran todo el planeta: ella lo sabía. Me refiero a Licia Ronzulli, la eurodiputada italiana que el pasado miércoles llevó al pleno del Parlamento Europeo a su niña de mes y medio. Ataviada con una especie de toga enrollada, tipo india de la India, Ronzulli votaba desde su escaño mientras su cría dormía ajena a la política y al mundo, pero agradablemente protegida por su made. Obviamente, lo que más me sedujo de la imagen era la conclusión: “Hay que ver lo que han cambiado los tiempos”. Sí, no me refiero a 50 años atrás, no, hace sólo década y media, en la Europa de Felipe González, Mitterrand y Kohl, dudo mucho que hubiera sido posible una imagen así. ¡Qué bien! La mujer ha conquistado la libertad, la mujer vota y puede ir con su hija al Parlamento Europeo. Qué modernos somos y qué suerte de vivir en esta época siendo todavía jóvenes. Tope guay. Luego me enteré de que la parlamentaria era del partido de Berlusconi.
Bueno, se me agrió el carácter, qué quieres que te diga, pocas cosas buenas pueden venir del picha brava de Tela Hinco y su séquito. Pero como soy tolerante y sin prejuicios –lo aprendí de los cromos de fosquitos-, me dije que daba igual, que lo importante era el gesto en sí, no la persona. Pero no me convencí. Una titánica lucha se libró en mi interior. Una parte amable me decía que me quedara con lo bueno de la noticia, pero mi parte más cabrona me pedía sangre, pelea, crítica. Otra parte, la que más respeto y admiro pero es la que me sale más cara, me dijo que me olvidara del tema, que saliera a la calle y me bebiera una cerveza, pero como tenía un resfriado virulento y me falta mucho para ser mileurista, decidí quedarme en casa y atacar.
Entiendo que hay otras lecturas posibles, de hecho, Ronzulli, tras decir que no fue un gesto político sino maternal, se contradijo a continuación para argumentar que aquello era un símbolo, una denuncia de la dificultad que tienen las mujeres para conciliar la vida laboral y la familiar. Ya. Y, bueno, ya que estamos con el tema y que la aplaudieron y todo en Estrasburgo, se me ocurre, por aquello de que aún no me he tomado la cerveza y estoy a base de paracetamoles e ibuprofenos, que para denunciar esa situación, ¿por qué no salían las limpiadoras del Parlamento Europeo? Una podría estar limpiando el parlamento y su bebé en la cuna, y otra podía aparecer en su casa, despidiéndose de su padre enfermo o su recién nacido, con lágrimas en los ojos, sacrificándose para irse a trabajar, para limpiar las suciedades de sus señorías.
A mí el gesto de la italiana no se me ha escapado, en absoluto. Quitando las respetables ganas de quedarse con su hija, aquello era un símbolo de lo que puede hacer una eurodiputada y lo que no pueden hacer millones de europeas –y europeos-. No es una denuncia, es un alarde victimista. ¿No tiene dinero para dejar a su hija al cuidado de alguien? ¿No tiene derecho a la baja maternal, habida cuenta de que su hija tiene sólo mes y medio? Entonces, ¿para qué lo hizo? ¿Para enseñarnos el tremendo esfuerzo que supone pulsar un botón mientras tiene a su hija de mes y medio sujeta a su cuerpo? ¿O anhela que todas las europeas puedan hacer como ella y llevarse a su bebé al trabajo? ¡Ah, claro, se me olvidaba! Era sólo un gesto maternal.
La Europa que Ronzulli y su jefe defienden es esta Europa en la que unos pocos tienen privilegios de este tipo y otros muchos no.
A ver si de una puta vez nos dejamos de ser tan guays y nos volvemos un poco más justos, aunque sólo sea para disimular un poco.
Me gustó, para qué voy a decir lo contrario si me hizo gracia y despertó mi lado más tierno; además, el gesto tenía un impacto de la leche, no me extraña que las imágenes recorrieran todo el planeta: ella lo sabía. Me refiero a Licia Ronzulli, la eurodiputada italiana que el pasado miércoles llevó al pleno del Parlamento Europeo a su niña de mes y medio. Ataviada con una especie de toga enrollada, tipo india de la India, Ronzulli votaba desde su escaño mientras su cría dormía ajena a la política y al mundo, pero agradablemente protegida por su made. Obviamente, lo que más me sedujo de la imagen era la conclusión: “Hay que ver lo que han cambiado los tiempos”. Sí, no me refiero a 50 años atrás, no, hace sólo década y media, en la Europa de Felipe González, Mitterrand y Kohl, dudo mucho que hubiera sido posible una imagen así. ¡Qué bien! La mujer ha conquistado la libertad, la mujer vota y puede ir con su hija al Parlamento Europeo. Qué modernos somos y qué suerte de vivir en esta época siendo todavía jóvenes. Tope guay. Luego me enteré de que la parlamentaria era del partido de Berlusconi.
Bueno, se me agrió el carácter, qué quieres que te diga, pocas cosas buenas pueden venir del picha brava de Tela Hinco y su séquito. Pero como soy tolerante y sin prejuicios –lo aprendí de los cromos de fosquitos-, me dije que daba igual, que lo importante era el gesto en sí, no la persona. Pero no me convencí. Una titánica lucha se libró en mi interior. Una parte amable me decía que me quedara con lo bueno de la noticia, pero mi parte más cabrona me pedía sangre, pelea, crítica. Otra parte, la que más respeto y admiro pero es la que me sale más cara, me dijo que me olvidara del tema, que saliera a la calle y me bebiera una cerveza, pero como tenía un resfriado virulento y me falta mucho para ser mileurista, decidí quedarme en casa y atacar.
Entiendo que hay otras lecturas posibles, de hecho, Ronzulli, tras decir que no fue un gesto político sino maternal, se contradijo a continuación para argumentar que aquello era un símbolo, una denuncia de la dificultad que tienen las mujeres para conciliar la vida laboral y la familiar. Ya. Y, bueno, ya que estamos con el tema y que la aplaudieron y todo en Estrasburgo, se me ocurre, por aquello de que aún no me he tomado la cerveza y estoy a base de paracetamoles e ibuprofenos, que para denunciar esa situación, ¿por qué no salían las limpiadoras del Parlamento Europeo? Una podría estar limpiando el parlamento y su bebé en la cuna, y otra podía aparecer en su casa, despidiéndose de su padre enfermo o su recién nacido, con lágrimas en los ojos, sacrificándose para irse a trabajar, para limpiar las suciedades de sus señorías.
A mí el gesto de la italiana no se me ha escapado, en absoluto. Quitando las respetables ganas de quedarse con su hija, aquello era un símbolo de lo que puede hacer una eurodiputada y lo que no pueden hacer millones de europeas –y europeos-. No es una denuncia, es un alarde victimista. ¿No tiene dinero para dejar a su hija al cuidado de alguien? ¿No tiene derecho a la baja maternal, habida cuenta de que su hija tiene sólo mes y medio? Entonces, ¿para qué lo hizo? ¿Para enseñarnos el tremendo esfuerzo que supone pulsar un botón mientras tiene a su hija de mes y medio sujeta a su cuerpo? ¿O anhela que todas las europeas puedan hacer como ella y llevarse a su bebé al trabajo? ¡Ah, claro, se me olvidaba! Era sólo un gesto maternal.
La Europa que Ronzulli y su jefe defienden es esta Europa en la que unos pocos tienen privilegios de este tipo y otros muchos no.
A ver si de una puta vez nos dejamos de ser tan guays y nos volvemos un poco más justos, aunque sólo sea para disimular un poco.
domingo, 19 de septiembre de 2010
58. Envilecimiento
La verdad es que empezó a caerme mal a los pocos días de su liberación, y fue algo incómodo, ya que durante un tiempo su nombre me despertó empatía y coraje, pero sólo durante los seis años de su secuestro. Luego, una vez liberada y cuando sus compañeros empezaron a largar contra ella, el mundo y yo vimos a Íngrid Betancourt con otros ojos. Estas cosas me mosquean, como cuando de adolescente estudiaba filosofía y me identificaba plenamente con el pensamiento de algún filósofo para, un día más tarde, apoyar incondicionalmente a otro que opinaba lo contrario, ya sabes: Aristóteles contra Platón, Locke contra Hobbes y Belén Esteban contra la Campanario. Pero esta tarde, tras leerme una entrevista suya en un diario británico he repensado la cuestión.
Betancourt, durante la entrevista en la que promociona su libro (Incluso el silencio tiene un fin, sería la traducción del francés: Même le silence a une fin), habla de sus encontronazos con otros secuestrados; se defiende, dice no querer criticar a nadie, aunque ya lo hace a través de su libro y da su versión del asunto. Sin embargo, hay un tema que la salva. Precisamente habla de la vileza de quienes la secuestran y la mantienen cautiva durante seis años, de quienes amenazan constantemente su vida con una metralleta, de quienes la torturan y, quizás lo peor, de quienes la privan de su vida mientras el mundo y su familia avanzan de la mano. Recluida en la selva, incapaz de mentarle la madre a sus secuestradores, pasa el tiempo puteándose con sus compañeros de cautiverio.
Como buen cabrón civilizado que soy, también me apunté en su día a derribar al ídolo, al icono de los secuestrados por una guerrilla de narcotraficantes ignorantes, brutales y asesinos. Quizás Betancourt no sea una buena persona, pero es infinitamente mejor que quienes la secuestraron. Y sí, siempre hay quien conserva un punto más de entereza, de coraje, de valentía y de dignidad entre los rehenes y, nuevamente, tampoco debió ser Betancourt la mejor de entre ellos. Además, se prestó como nadie a ser su voz, su representante. Demasiado ego, aunque es política y el ego y las ganas de poder son los distintivos de los políticos actuales.
¿Qué habríamos hecho tú y yo en su lugar? ¿Qué nivel de sumisión habríamos adoptado? ¿Cuánta vileza habríamos acumulado y cuánta esparcido entre nuestros iguales? ¿Nos habríamos aprovechado de alguna ventaja frente a nuestros compañeros de infortunio? Tienes seis años para pensártelo, para contestar estas preguntas; seis años de humillación y aislamiento; seis años de convivencia forzada con unos seres humanos a los que no has elegido. ¿No íbamos a ser un hijo de puta redomado ni una sola vez durante tanto tiempo?
Quizás sean las preguntas pertinentes, quizás esa es la clave de bóveda sobre la cual se sustenta el dominio y la opresión: dejemos que se peleen entre ellos, construyamos un sistema para envilecerlos, que no se atrevan con sus verdugos pero sí contra los desgraciados como ellos. No hay que ser ningún genio para activar un plan como ese, para maltratar así a la gente: pasa en la jungla, en las oficinas y hasta en las familias.
La verdad es que empezó a caerme mal a los pocos días de su liberación, y fue algo incómodo, ya que durante un tiempo su nombre me despertó empatía y coraje, pero sólo durante los seis años de su secuestro. Luego, una vez liberada y cuando sus compañeros empezaron a largar contra ella, el mundo y yo vimos a Íngrid Betancourt con otros ojos. Estas cosas me mosquean, como cuando de adolescente estudiaba filosofía y me identificaba plenamente con el pensamiento de algún filósofo para, un día más tarde, apoyar incondicionalmente a otro que opinaba lo contrario, ya sabes: Aristóteles contra Platón, Locke contra Hobbes y Belén Esteban contra la Campanario. Pero esta tarde, tras leerme una entrevista suya en un diario británico he repensado la cuestión.
Betancourt, durante la entrevista en la que promociona su libro (Incluso el silencio tiene un fin, sería la traducción del francés: Même le silence a une fin), habla de sus encontronazos con otros secuestrados; se defiende, dice no querer criticar a nadie, aunque ya lo hace a través de su libro y da su versión del asunto. Sin embargo, hay un tema que la salva. Precisamente habla de la vileza de quienes la secuestran y la mantienen cautiva durante seis años, de quienes amenazan constantemente su vida con una metralleta, de quienes la torturan y, quizás lo peor, de quienes la privan de su vida mientras el mundo y su familia avanzan de la mano. Recluida en la selva, incapaz de mentarle la madre a sus secuestradores, pasa el tiempo puteándose con sus compañeros de cautiverio.
Como buen cabrón civilizado que soy, también me apunté en su día a derribar al ídolo, al icono de los secuestrados por una guerrilla de narcotraficantes ignorantes, brutales y asesinos. Quizás Betancourt no sea una buena persona, pero es infinitamente mejor que quienes la secuestraron. Y sí, siempre hay quien conserva un punto más de entereza, de coraje, de valentía y de dignidad entre los rehenes y, nuevamente, tampoco debió ser Betancourt la mejor de entre ellos. Además, se prestó como nadie a ser su voz, su representante. Demasiado ego, aunque es política y el ego y las ganas de poder son los distintivos de los políticos actuales.
¿Qué habríamos hecho tú y yo en su lugar? ¿Qué nivel de sumisión habríamos adoptado? ¿Cuánta vileza habríamos acumulado y cuánta esparcido entre nuestros iguales? ¿Nos habríamos aprovechado de alguna ventaja frente a nuestros compañeros de infortunio? Tienes seis años para pensártelo, para contestar estas preguntas; seis años de humillación y aislamiento; seis años de convivencia forzada con unos seres humanos a los que no has elegido. ¿No íbamos a ser un hijo de puta redomado ni una sola vez durante tanto tiempo?
Quizás sean las preguntas pertinentes, quizás esa es la clave de bóveda sobre la cual se sustenta el dominio y la opresión: dejemos que se peleen entre ellos, construyamos un sistema para envilecerlos, que no se atrevan con sus verdugos pero sí contra los desgraciados como ellos. No hay que ser ningún genio para activar un plan como ese, para maltratar así a la gente: pasa en la jungla, en las oficinas y hasta en las familias.
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