44. La Señora de Abajo
Oído acechante, la Señora de Abajo detectó a los vecinos del piso de arriba y cogió el ascensor. Escuchar, espiar y permanecer despierta cuando todos duermen son algunas de sus virtudes… menos cuando entran a robar, claro, ahí no hay dios quien la despierte. La Señora de Abajo es una cazadora total: la naturaleza la ha dotado de una inteligencia racional y emocional, y de cualquier tipo de intelecto que termine en al, como paranormal o fatal. A su talento genético debemos añadir su amplia experiencia y formación, acreditada por media etiqueta de Anís del Mono y por un viaje a Andorra que hizo en su temprana madurez para comprarse una radio con doble pletina, circunstancias que comparte con la Señora de Más Abajo, compañera y depredadora también, pero que una indigestión de polvorones caducados la privó de la cacería nocturna que se avecinaba.
El ascensor se paró, y ella, poderosa y con cara de mala, salió al rellano tenebroso donde departían mansamente cuatro vecinos jóvenes a los que no conocía de toda la vida. Para colmo uno de ellos era andaluz, sevillano para más señas, el muy flojo y sinvergüenza. Los miró; la miraron. Eran sus enemigos naturales, como la lombriz de tierra lo es de la vaca lechera. La depredadora se aventuró sola por el rellano tenebroso, segura de sus intenciones y más convencida aún de los resultados: aquellos jóvenes indisciplinados que no iban a misa los domingos (al igual que sus propios hijos), que no rezaban el rosario en la cocina y que tenían pinta de currelas, aquella gente no era rival para ella. Ella, sometida durante toda su vida al cura y al marido, y antes por un hermano listo que te cagas que usurpaba las plazas de garaje de sus vecinos; ella, lista como ninguna y dotada por el don de la oportunidad como cualquier depredadora avezada, respiró tranquila antes de atacar a la manada de enfrente: clase trabajadora que había cometido la osadía de comprar un piso en su mismo bloque.
La Señora de Abajo, con una velocidad inusitada, entregó a las parejas dos papelitos con ínfulas de recibo por la pintura del bloque, y mientras miraban divertidos el proyecto de recibí, distraídos como estaban, la Señora de Abajo atacó con todo su arsenal. Sacó de dentro la bilis, la mala hostia acumulada y reconcentrada por ser una secundaria de la manada, por haber sido marginada por los machos Alfa durante décadas, ninguneada por otras mujeres liberales y sofisticadas, con trabajo fuera de casa y cultura. Ella, que había seguido todas las reglas marcadas por su padre, por el cura, por el marido y por el hermano listo, ella, en aquella noche de caza, soltó el sermón del domingo en pleno jueves a las diez de la noche. “¡No habéis pintado la barandilla de verde, no habéis permitido que el pintor os la pintara, y eso, arreglo a ley, se os puede denunciar, lo que pasa es que no hemos querido!”, soltó, para continuar después: “Eso no lo hagáis más, no lo hagáis más, que yo os dejo libertad, como a mis hijos”, desvarió.
Y fue entonces cuando la cazadora decidió retirarse a su guarida, orgullosa de su triunfo, para saborear antes de irse a dormir los despojos de sus jóvenes piezas. Y cuando ya giraba su cuerpo para coger el ascensor, cuando ya se veía a sí misma contando a la mañana siguiente a la Señora de Más Abajo su victoria sobre la escoria humana, el sevillano, el muy flojo y sinvergüenza, adicto al gazpacho y a la siesta, que te monta un tablao flamenco allí donde aguarde más de 10 minutos, siempre que no se tenga que ir a la Feria o al Rocío, o esté cansado, claro está, le contestó que si querían ir arreglo a ley (expresión de la cazadora, oída a alguna mente privilegiada, seguro) que le enseñara el acta firmada por los vecinos donde se aceptaba el presupuesto, que le justificara la subida de 200 a 273 euros por vivienda y por qué no se había informado previamente a ningún vecino (joven, claro) de dicha subida. Antes de que pudiera reaccionar, a la fiesta se sumaron los otros jóvenes y cada uno soltó el típico argumento racional que la Señora de Abajo y sus compinches detestan porque sencillamente vienen de otros. Y porque son racionales.
Acabada la cacería, la Señora de Abajo regresa zaherida y mohína a su guarida: no ha habido suerte, las presas escaparon y su orgullo está tocado. No pasa nada, mañana, ella, junto a la Señora de Más Abajo, volverá a trazar su enésimo y fallido plan para conquistar el bloque.
Seguro que continuará.
sábado, 12 de junio de 2010
sábado, 5 de junio de 2010
43. Incómodos, auténticos y entrañables
Hay mucha verdad en ciertos malditos: actores, poetas, futbolistas, toreros… gente con extraordinarias cualidades o sin ellas que van por el mundo a pecho descubierto, no tanto por ignorancia o inocencia sino porque les importa una mierda la imagen que puedan dar. Se defienden lo mejor que pueden y pasan por la vida sin tratar de venderle a nadie que son limpios o puros, que serían unos magníficos vecinos o unos padres ejemplares, o los mejores maridos y mujeres que te pudieran tocar en el lote.
La reflexión volvió a surgir el jueves pasado mientras ayudaba a mi amigo David Vegas a poner una persiana en mi casa. Lo de ayudar es una ficción, yo me limitaba a pasarle el destornillador y a desembalar la persiana, poco más. En esa tarde de junio calurosa, con tormenta incluida, mientras taladraba la ventana y el vecino Husmearín fisgoneaba para ver si le derrumbábamos la choza, David y yo comenzamos a hablar de fútbol. Es un tema habitual entre nosotros, ya que simpatizamos con equipos diferentes y nos gusta discrepar al principio para luego acercar posiciones y concluir con la misma frase: “Al final todos son iguales, van a lo suyo, a por el dinero, es todo una mentira”. La frase anterior es más suya que mía, pero la suscribo la mayoría de las veces. Los clubes de fútbol, como los Estados europeos, se dedican a tirar ambientador para encubrir el olor a mierda y ocultar la fuga de la bajante, hasta que al final termina por reventar y nos llenamos de marrón hasta en el cielo de la boca.
Pero realmente, lo que más me gusta de mis conversaciones con David es que recuerda con total nitidez las viejas glorias futbolísticas de mi infancia. Es siete años mayor que yo, y los jugadores de mi niñez –los que siempre gustan más- fueron los de su adolescencia, y juntos pasamos buenos ratos recordando no a cracks o a balones de oro, sino a jugadores de fútbol golfos e informales o rematadamente malos que nos alegraron las tardes de la década de los 80 y de la primera mitad de los 90. El jueves les tocó el turno a dos viejas glorias del Cádiz: a Carmelo y a Mágico González. A los dos los vi por la tele y todavía más en las estampas que me jugaba con mis amigos en la calle. Quizás no se parecieran mucho: Carmelo era calvo, con bigote, con pinta de funcionario de ayuntamiento o de policía municipal. No era rápido, no era contundente ni tenía una forma física envidiable. Pero el Beckenbauer de la Bahía estaba siempre en el campo: cuando recibía cuatro goles del Madrid y cuando ganaba los últimos partidos de la liga para no descender a Segunda. El tipo no se escondía. El otro sí que era un golfo, sin paliativos. Un tipo menudo, moreno, con pelo negro y rizado, a veces más corto y otras melenado, un talento natural que podía darle más de 20 toques a un paquete Winston sin despeinarse el bucle del flequillo, pero también capaz de quedarse dormido en los vestuarios, llegar a un partido de fútbol con una hora de retraso, cerrar las discotecas y bares o regalarle los zapatos a un compañero de farras y marcharse a su casa andando descalzo. Así era Mágico y así Carmelo, tipos que no han sido estrellas, que no eran los mejores, que no eran intachables, bastante cuestionables, criticables… pero respetados y queridos por la afición. Tipos auténticos que despreciaron salir siempre guapos, ser políticamente correctos y untadores de baba al poder, al dinero y a la gloria. Esas cosas se notan, y más con los años. En tiempos de deportistas con sonrisa de anuncio, de seres perfectos y falaces como Tiger Woods, obligados a llevar máscaras confeccionadas por sus padres, esposas, representantes, clubes y marcas deportivas, Carmelo y Mágico González representaron justamente lo contrario. La espontaneidad, la vida, lo auténtico; en las tardes de gloria y en las de derrota también. En los tiempos que corren de chiringuitos financieros, políticos corruptos, estadistas mediocres y de mercadotecnia, tiempos de golfos y golfas por doquier, las personas de verdad son las que conservan el valor añadido. Gente incómoda, auténtica, entrañable, quizás no sean los mejores, pero mil veces preferibles a los que temen los micrófonos abiertos y las cámaras indiscretas que nos muestran su doble condición de miserables: la propia de cualquier ser humano y la añadida por tratar de ocultarla.
Hay mucha verdad en ciertos malditos: actores, poetas, futbolistas, toreros… gente con extraordinarias cualidades o sin ellas que van por el mundo a pecho descubierto, no tanto por ignorancia o inocencia sino porque les importa una mierda la imagen que puedan dar. Se defienden lo mejor que pueden y pasan por la vida sin tratar de venderle a nadie que son limpios o puros, que serían unos magníficos vecinos o unos padres ejemplares, o los mejores maridos y mujeres que te pudieran tocar en el lote.
La reflexión volvió a surgir el jueves pasado mientras ayudaba a mi amigo David Vegas a poner una persiana en mi casa. Lo de ayudar es una ficción, yo me limitaba a pasarle el destornillador y a desembalar la persiana, poco más. En esa tarde de junio calurosa, con tormenta incluida, mientras taladraba la ventana y el vecino Husmearín fisgoneaba para ver si le derrumbábamos la choza, David y yo comenzamos a hablar de fútbol. Es un tema habitual entre nosotros, ya que simpatizamos con equipos diferentes y nos gusta discrepar al principio para luego acercar posiciones y concluir con la misma frase: “Al final todos son iguales, van a lo suyo, a por el dinero, es todo una mentira”. La frase anterior es más suya que mía, pero la suscribo la mayoría de las veces. Los clubes de fútbol, como los Estados europeos, se dedican a tirar ambientador para encubrir el olor a mierda y ocultar la fuga de la bajante, hasta que al final termina por reventar y nos llenamos de marrón hasta en el cielo de la boca.
Pero realmente, lo que más me gusta de mis conversaciones con David es que recuerda con total nitidez las viejas glorias futbolísticas de mi infancia. Es siete años mayor que yo, y los jugadores de mi niñez –los que siempre gustan más- fueron los de su adolescencia, y juntos pasamos buenos ratos recordando no a cracks o a balones de oro, sino a jugadores de fútbol golfos e informales o rematadamente malos que nos alegraron las tardes de la década de los 80 y de la primera mitad de los 90. El jueves les tocó el turno a dos viejas glorias del Cádiz: a Carmelo y a Mágico González. A los dos los vi por la tele y todavía más en las estampas que me jugaba con mis amigos en la calle. Quizás no se parecieran mucho: Carmelo era calvo, con bigote, con pinta de funcionario de ayuntamiento o de policía municipal. No era rápido, no era contundente ni tenía una forma física envidiable. Pero el Beckenbauer de la Bahía estaba siempre en el campo: cuando recibía cuatro goles del Madrid y cuando ganaba los últimos partidos de la liga para no descender a Segunda. El tipo no se escondía. El otro sí que era un golfo, sin paliativos. Un tipo menudo, moreno, con pelo negro y rizado, a veces más corto y otras melenado, un talento natural que podía darle más de 20 toques a un paquete Winston sin despeinarse el bucle del flequillo, pero también capaz de quedarse dormido en los vestuarios, llegar a un partido de fútbol con una hora de retraso, cerrar las discotecas y bares o regalarle los zapatos a un compañero de farras y marcharse a su casa andando descalzo. Así era Mágico y así Carmelo, tipos que no han sido estrellas, que no eran los mejores, que no eran intachables, bastante cuestionables, criticables… pero respetados y queridos por la afición. Tipos auténticos que despreciaron salir siempre guapos, ser políticamente correctos y untadores de baba al poder, al dinero y a la gloria. Esas cosas se notan, y más con los años. En tiempos de deportistas con sonrisa de anuncio, de seres perfectos y falaces como Tiger Woods, obligados a llevar máscaras confeccionadas por sus padres, esposas, representantes, clubes y marcas deportivas, Carmelo y Mágico González representaron justamente lo contrario. La espontaneidad, la vida, lo auténtico; en las tardes de gloria y en las de derrota también. En los tiempos que corren de chiringuitos financieros, políticos corruptos, estadistas mediocres y de mercadotecnia, tiempos de golfos y golfas por doquier, las personas de verdad son las que conservan el valor añadido. Gente incómoda, auténtica, entrañable, quizás no sean los mejores, pero mil veces preferibles a los que temen los micrófonos abiertos y las cámaras indiscretas que nos muestran su doble condición de miserables: la propia de cualquier ser humano y la añadida por tratar de ocultarla.
sábado, 29 de mayo de 2010
42. Manual del sometimiento
Lo primero de todo es acojonarlos, Junior, porque así funcionan las cosas. ¿Es que te crees que el liderazgo se ejerce de otra manera? La excelencia en el trato es una imbecilidad, mariconadas para tiempos de paz. El miedo funciona siempre, así que si tienes una herramienta que sirve para todo nunca prescindas de ella y cuídala como si se tratase de tus propios huevos. Diles que viene el lobo, diles que van a morir, que perderán sus puestos de trabajo, sus pensiones y una cama en el hospital más cercano. Diles que sus hijos van a estudiar en un colegio público de mierda donde les van a partir las caras y les van a pegar el paludismo, y diles que no piensen en jubilarse antes de los 70 años si no quieren pedir en la calle. Háblales de que la democracia sin capital es insostenible, de que tienen que trabajar más horas y cobrarlas más baratas, diles que si los ricos pagan el país se arruina, que si un banco cae, adiós al sistema financiero. Y cuando los clubes de fútbol se vayan al carajo por sus deudas, diles también que toda la economía española y europea van a colapsar, como en Grecia. Díselo y que se enteren, y cuando huelan a mierda porque estén cagados hasta las trancas, cuando piensen en la economía del país sin tener ni puta idea de micro o macroeconomía, de balanzas comerciales ni de política fiscal, cuando a sus problemas diarios les sumes el del destino del país, cuando ellos piensen en lo que tú quieres que piensen, estén de acuerdo o no, entonces y no antes, diles con el gesto contrito y con la mirada de cabrón que tan bien has ensayado, diles que tú puedes salvarlos si obedecen. Entonces serán tuyos, hijo mío, porque a la gente no hay más que acojonarla de verdad para que ellos mismos se bajen los pantalones y preparen sus culos para la embestida. El miedo es el factor esencial para someterlos, es la base de nuestro manual; lo aprendimos de la religión.
A los que disientan, a los primeros que protesten llámalos enemigos, irresponsables, colaboradores del caos, cúlpales de todo, de la crisis y de que se acaben las palomitas de maíz. Verás cómo sus propios iguales son los primeros en despedazarlos sin que tú te arrugues la camisa. Salva a unos cuantos de ellos, se convertirán en conversos para protegerse y serán tus más eficaces colaboradores: unos fanáticos cuyo brutal comportamiento te harán a ti bueno frente a los demás.
Aquí estamos para lo que estamos, que es ganar, y si no ganas por lo menos no pierdas demasiado, para que sean ellos los que paguen y curren. No te preocupes por lo de las rentas altas, porque lo del chico de las cejas alzadas ha sido un brindis al sol, eso va a durar menos que el cheque bebé. El dinero tiene que estar concentrado en unas pocas manos, en unos pocos sectores, lo demás son paparruchadas. Fíjate en Asia, en China, por ejemplo. No tenemos su empuje porque la gente no quiere trabajar como los chinos, pero lo harán, no te preocupes, echarán más horas porque habrá escasez de puestos de trabajo y la productividad crecerá a chasquido de látigo. Si no quieren currar que se larguen, si se les ocurre pedir dos cifras por hora trabajada, a la puta calle. Y si el país tiene la osadía de elegir a la persona equivocada, recogemos nuestros billetes y nos vamos a Andorra, a Gibraltar, a la City o a Suiza, o a cualquier país civilizado donde a los amos del cotarro se nos trate como merecemos. Somos los Másters del Universo, chaval, y esta crisis te va a venir de puta madre porque vas a saber cómo funciona el miedo en una sociedad: es como si fuera la guerra pero sin mancharte de sangre, o no demasiado. Y si por casualidad detectas a algún optimista entre sus filas, a otra Susan George, a alguien que adopte otro discurso y ofrezca luz entre tinieblas, esperanza y valor frente al miedo, ve a por él o a por ella y machácalos. No podemos permitirnos a gente con sentido común, no podemos consentir que nos pongan puertas ni aranceles. La política debe estar a nuestro servicio y no al revés. No somos el puto mercado, somos los amos del mundo y ponemos las reglas. Y cuando Roma haya ardido seremos nosotros los que embauquemos a los bárbaros y les vendamos las cenizas de la civilización.
Un abrazo, Junior, seguimos en contacto.
Lo primero de todo es acojonarlos, Junior, porque así funcionan las cosas. ¿Es que te crees que el liderazgo se ejerce de otra manera? La excelencia en el trato es una imbecilidad, mariconadas para tiempos de paz. El miedo funciona siempre, así que si tienes una herramienta que sirve para todo nunca prescindas de ella y cuídala como si se tratase de tus propios huevos. Diles que viene el lobo, diles que van a morir, que perderán sus puestos de trabajo, sus pensiones y una cama en el hospital más cercano. Diles que sus hijos van a estudiar en un colegio público de mierda donde les van a partir las caras y les van a pegar el paludismo, y diles que no piensen en jubilarse antes de los 70 años si no quieren pedir en la calle. Háblales de que la democracia sin capital es insostenible, de que tienen que trabajar más horas y cobrarlas más baratas, diles que si los ricos pagan el país se arruina, que si un banco cae, adiós al sistema financiero. Y cuando los clubes de fútbol se vayan al carajo por sus deudas, diles también que toda la economía española y europea van a colapsar, como en Grecia. Díselo y que se enteren, y cuando huelan a mierda porque estén cagados hasta las trancas, cuando piensen en la economía del país sin tener ni puta idea de micro o macroeconomía, de balanzas comerciales ni de política fiscal, cuando a sus problemas diarios les sumes el del destino del país, cuando ellos piensen en lo que tú quieres que piensen, estén de acuerdo o no, entonces y no antes, diles con el gesto contrito y con la mirada de cabrón que tan bien has ensayado, diles que tú puedes salvarlos si obedecen. Entonces serán tuyos, hijo mío, porque a la gente no hay más que acojonarla de verdad para que ellos mismos se bajen los pantalones y preparen sus culos para la embestida. El miedo es el factor esencial para someterlos, es la base de nuestro manual; lo aprendimos de la religión.
A los que disientan, a los primeros que protesten llámalos enemigos, irresponsables, colaboradores del caos, cúlpales de todo, de la crisis y de que se acaben las palomitas de maíz. Verás cómo sus propios iguales son los primeros en despedazarlos sin que tú te arrugues la camisa. Salva a unos cuantos de ellos, se convertirán en conversos para protegerse y serán tus más eficaces colaboradores: unos fanáticos cuyo brutal comportamiento te harán a ti bueno frente a los demás.
Aquí estamos para lo que estamos, que es ganar, y si no ganas por lo menos no pierdas demasiado, para que sean ellos los que paguen y curren. No te preocupes por lo de las rentas altas, porque lo del chico de las cejas alzadas ha sido un brindis al sol, eso va a durar menos que el cheque bebé. El dinero tiene que estar concentrado en unas pocas manos, en unos pocos sectores, lo demás son paparruchadas. Fíjate en Asia, en China, por ejemplo. No tenemos su empuje porque la gente no quiere trabajar como los chinos, pero lo harán, no te preocupes, echarán más horas porque habrá escasez de puestos de trabajo y la productividad crecerá a chasquido de látigo. Si no quieren currar que se larguen, si se les ocurre pedir dos cifras por hora trabajada, a la puta calle. Y si el país tiene la osadía de elegir a la persona equivocada, recogemos nuestros billetes y nos vamos a Andorra, a Gibraltar, a la City o a Suiza, o a cualquier país civilizado donde a los amos del cotarro se nos trate como merecemos. Somos los Másters del Universo, chaval, y esta crisis te va a venir de puta madre porque vas a saber cómo funciona el miedo en una sociedad: es como si fuera la guerra pero sin mancharte de sangre, o no demasiado. Y si por casualidad detectas a algún optimista entre sus filas, a otra Susan George, a alguien que adopte otro discurso y ofrezca luz entre tinieblas, esperanza y valor frente al miedo, ve a por él o a por ella y machácalos. No podemos permitirnos a gente con sentido común, no podemos consentir que nos pongan puertas ni aranceles. La política debe estar a nuestro servicio y no al revés. No somos el puto mercado, somos los amos del mundo y ponemos las reglas. Y cuando Roma haya ardido seremos nosotros los que embauquemos a los bárbaros y les vendamos las cenizas de la civilización.
Un abrazo, Junior, seguimos en contacto.
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