55. El buenismo
Imagínate que te vienes un día conmigo a pasear por el desierto, pero no a uno cualquiera, sino a uno de esos donde aparecen tíos con turbantes y rifles de asalto AK 47, y que nosotros vamos a repartir gominolas, bollycaos y fosquitos a unos niños y niñas magrebíes o afganos, o ladrillos para que sus padres y madres les construyan escuelas. La cosa va molando, porque después podemos regresar a la gran ciudad, ducharnos, quitarnos el polvo de los zapatos y decir en una terraza de verano, mientras nos bebemos unas cervezas frías, lo comprometidos que estamos con el mundo, lo cojonudos que somos y la de novias que deberíamos haber tenido y nunca tuvimos. Y de paso nos metemos con esta mierda de sociedad insolidaria, más interesada en ir al gimnasio o de compras que con el turismo comprometido. Ok. Pero antes de que podamos regresar a casa o al hotel con refrigeración, antes de que fardemos con nuestras colegas y amores de lo machotes, a la vez que sensibles, que somos, unos mamones le pegan cuatro tiros al motor y a las ruedas del coche, nos apuntan con sus rifles y nos insinúan que si no nos vamos con ellos, nos van a meter los ladrillos y las gominotas todo recto por el ojete. Eso nos lo tenemos que imaginar porque ni tú ni yo sabemos árabe ni sus derivados, pero como somos listos les adivinamos la intención.
Llegados a este punto se me antoja una pregunta baladí: En tales circunstancias qué preferirías ser: ¿español o francés?
Está claro, y también que el secuestro de los tres cooperantes españoles terminó de la mejor manera posible, felicidades por tanto al Gobierno y a quien corresponda. No obstante, pasada ya una semana de la liberación y del cava, habrá que cuestionarse la estrategia. El buenismo instalado en la sociedad española estaría bien si no nos relacionáramos con el mundo, si viviésemos en la triste y forzosa autarquía de los años 40 y 50. Pero afortunadamente las cosas han cambiado, y ya vamos por Europa y por el mundo sin complejos, ganando campeonatos mundiales de fútbol pero también ofreciendo una imagen un tanto incongruente. Si cooperamos con el Magreb precisamente para evitar los fanatismos, poco conseguiremos si cuatro buenos caen en malas manos y tenemos que financiar al terrorismo internacional a través del pago de rescates y liberaciones de secuestradores. Alguien tendrá que leerle la cartilla a una, dos o trescientas ONGs para pedirles que no nos lleven a los demás al infierno. Si vamos a Afganistán con nuestros ejércitos y nos hacemos colegas de la población civil, no podemos permitir que cada vez que haya un conato de enfrentamiento con los talibanes, el ejército español se esconda para evitar conflictos. Una cosa es ser bueno y otra gilipollas. El respeto que pierdes con ese buenismo es vital para nuestra supervivencia, por eso y aunque me pese, porque no me gusta el personaje, algo de razón tenía Sarkozy cuando dijo que la estrategia a largo plazo no podía consistir en pagar rescates.
Todo este asunto me recuerda a un pasaje de la novela El general en su laberinto, de García Márquez. Este libro altamente recomendable (breve, entretenido, didáctico), cuenta los últimos días de Simón Bolívar, el general venezolano que contribuyó a la independencia de buena parte de las colonias americanas de España a principios del siglo XIX. En una de las escenas, el Libertador come con un grupo de personas y entabla conversación con un francés que empieza a pregonarle las bondades de la Revolución Francesa y de la civilización europea, y de lo aconsejable que sería para las colonias americanas adoptar el civilizado modelo. Bolívar, sin dejar de comer, y culto como era, empieza a enumerarle una serie de matanzas europeas que nos dejaba con el culo al aire. Y luego continuó: “No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en 20 años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil”. Pero lo mejor viene al final, cuando el general termina espetando. “¡Por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media!”.
Pues eso.
domingo, 29 de agosto de 2010
domingo, 22 de agosto de 2010
54. El impermeable de Schröder
Vale, sé que hace calor y que estás sudando como un caballo pero olvídate por un momento de todo, cierra los ojos –bueno, no del todo que has de seguir leyendo- y vente conmigo para darnos una vuelta por nuestra historia reciente. Estamos en Alemania, año 2002, agosto. Huele a hierba, sientes la brisa del campo en la cara. No, no hace calor, como sé que tienes los ojos entornados te aclaro que esas gotas frías de tu cuello las produce la lluvia. ¿La sientes? Gira el cuello y levanta la cara. Ya está. ¿Mejor? ¿Más fresco? Hace un momento el cielo estaba despejado, de hecho todavía puedes ver el sol entre esas nubes; no me digas que no te gusta ver una tarde así en vacaciones. Una tormenta de verano.
Ahora que tienes la cara, el cuello y el pelo empapados por la lluvia, ahora que estás fresco y te sientes mejor, sigue otro rato conmigo y no te asustes, ya no vas a mojarte más pero sí que vas a ver cómo las cosas se complican un poco para la gente de ahí abajo. ¿Ves? Ahora miramos las cosas desde el cielo, así la perspectiva es mucho mejor. Esa lluvia que ha calmado tus calores y que ahora cae a tierra traspasándonos se está acumulando. No, no es lo peor, mira arriba; asusta, ¿verdad? La cosa se está poniendo chunga y más que se va a poner cuando esos nubarrones de ahí empiecen a descargar, y, créeme, de aquí a unas horas va a llover tanto que ni a Noé le gustaría quedarse aquí.
Tranquilo, no puedes hacer nada, ya ha pasado, ocurrió hace 8 años, y no sólo en Alemania, sino que en toda Europa central llovió de mala manera. Ya sé que todos los veranos ocurre lo mismo, este incluido (en España, pero también y otra vez en Europa central, Pakistán…). Pero estamos en 2002 y está cayendo la de Dios es Cristo. Esas casas inundadas, esas calles que parecen canales de Venecia van a dejar un total de 21 muertos sólo en Alemania. Acojona, ¿verdad? Un país tan desarrollado y ordenado, con esa capacidad de organización, con toda su tecnología y su envidiable voluntad férrea, de pueblo unido en la victoria y en la derrota… pues sí, hijo, ni con todo eso van a poder evitar que 21 personas la palmen. No hace falta que te imagines lo que hubiera ocurrido en otro país menos desarrollado, cuando en vez de decenas de muertos hablamos de centenares y de miles.
Bien, ahora que ya has visto todo eso, quiero que te fijes en el grupo de ahí abajo, ¿ves a esos tíos? ¿Ves al de las botas catiuscas amarillas? Fíjate en el tipo que camina a su lado. ¿No te suena la cara del hombre del impermeable verde? No lleva botas, sino zapatos, pantalón de pinzas y camisa blanca reluciente, pero se está calando hasta los huesos, debe llevar barro hasta los calzoncillos. No, no es un bombero, ni un policía ni un alcalde; es el jefe. Sí, premio, es Gerhard Schröder, el presidente de Alemania. Tiene unas elecciones en septiembre que según todas las encuestas va a perder, pero es el líder político de toda esa gente, de todo el país. Ha interrumpido sus vacaciones, ha cogido un avión, le han dado un impermeable verde -de esos que reparte el ejército- y con sus zapatos de oficina está pisando el barro y la mierda. No es que vaya a salvar a nadie de ahogarse, no va a coger una pala y va a construir un dique improvisado para parar al río que se desborda, pero está ahí, al lado de quienes hacen esas cosas, les infunde confianza, coherencia, orgullo. Si este, que es presidente, se está mojando igual que yo, que no lo soy, voy a dejarme la vida para frenar el agua, para evacuar a los afectados, para salvar vidas. Así suelen funcionar las cosas. Dar ejemplo,
Al final Schröder ganó las elecciones al mes siguiente, y durante otros cuatro años fue presidente gracias a aquellas imágenes que se vieron por todo el mundo. Puedes pensar que es injusto que un tipo gane las elecciones por algo así, pero el pueblo alemán tuvo en cuenta que su rival, Edmun Stoiber, ni siquiera interrumpió las vacaciones cuando ocurrió el desastre. No sé, no han elegido siempre al mejor líder, pero en 2002 no se equivocaron.
Ahora relájate, respira hondo y sonríe, estás a salvo de la lluvia torrencial… pero no puedo asegurarte que si las cosas se ponen chungas vaya a haber a tu lado un líder con impermeable verde. Seguramente los nuestros estén aún buscando uno de su talla.
Post scríptum: Por cierto, la Taberna lleva un año abierta. Seguimos.
Vale, sé que hace calor y que estás sudando como un caballo pero olvídate por un momento de todo, cierra los ojos –bueno, no del todo que has de seguir leyendo- y vente conmigo para darnos una vuelta por nuestra historia reciente. Estamos en Alemania, año 2002, agosto. Huele a hierba, sientes la brisa del campo en la cara. No, no hace calor, como sé que tienes los ojos entornados te aclaro que esas gotas frías de tu cuello las produce la lluvia. ¿La sientes? Gira el cuello y levanta la cara. Ya está. ¿Mejor? ¿Más fresco? Hace un momento el cielo estaba despejado, de hecho todavía puedes ver el sol entre esas nubes; no me digas que no te gusta ver una tarde así en vacaciones. Una tormenta de verano.
Ahora que tienes la cara, el cuello y el pelo empapados por la lluvia, ahora que estás fresco y te sientes mejor, sigue otro rato conmigo y no te asustes, ya no vas a mojarte más pero sí que vas a ver cómo las cosas se complican un poco para la gente de ahí abajo. ¿Ves? Ahora miramos las cosas desde el cielo, así la perspectiva es mucho mejor. Esa lluvia que ha calmado tus calores y que ahora cae a tierra traspasándonos se está acumulando. No, no es lo peor, mira arriba; asusta, ¿verdad? La cosa se está poniendo chunga y más que se va a poner cuando esos nubarrones de ahí empiecen a descargar, y, créeme, de aquí a unas horas va a llover tanto que ni a Noé le gustaría quedarse aquí.
Tranquilo, no puedes hacer nada, ya ha pasado, ocurrió hace 8 años, y no sólo en Alemania, sino que en toda Europa central llovió de mala manera. Ya sé que todos los veranos ocurre lo mismo, este incluido (en España, pero también y otra vez en Europa central, Pakistán…). Pero estamos en 2002 y está cayendo la de Dios es Cristo. Esas casas inundadas, esas calles que parecen canales de Venecia van a dejar un total de 21 muertos sólo en Alemania. Acojona, ¿verdad? Un país tan desarrollado y ordenado, con esa capacidad de organización, con toda su tecnología y su envidiable voluntad férrea, de pueblo unido en la victoria y en la derrota… pues sí, hijo, ni con todo eso van a poder evitar que 21 personas la palmen. No hace falta que te imagines lo que hubiera ocurrido en otro país menos desarrollado, cuando en vez de decenas de muertos hablamos de centenares y de miles.
Bien, ahora que ya has visto todo eso, quiero que te fijes en el grupo de ahí abajo, ¿ves a esos tíos? ¿Ves al de las botas catiuscas amarillas? Fíjate en el tipo que camina a su lado. ¿No te suena la cara del hombre del impermeable verde? No lleva botas, sino zapatos, pantalón de pinzas y camisa blanca reluciente, pero se está calando hasta los huesos, debe llevar barro hasta los calzoncillos. No, no es un bombero, ni un policía ni un alcalde; es el jefe. Sí, premio, es Gerhard Schröder, el presidente de Alemania. Tiene unas elecciones en septiembre que según todas las encuestas va a perder, pero es el líder político de toda esa gente, de todo el país. Ha interrumpido sus vacaciones, ha cogido un avión, le han dado un impermeable verde -de esos que reparte el ejército- y con sus zapatos de oficina está pisando el barro y la mierda. No es que vaya a salvar a nadie de ahogarse, no va a coger una pala y va a construir un dique improvisado para parar al río que se desborda, pero está ahí, al lado de quienes hacen esas cosas, les infunde confianza, coherencia, orgullo. Si este, que es presidente, se está mojando igual que yo, que no lo soy, voy a dejarme la vida para frenar el agua, para evacuar a los afectados, para salvar vidas. Así suelen funcionar las cosas. Dar ejemplo,
Al final Schröder ganó las elecciones al mes siguiente, y durante otros cuatro años fue presidente gracias a aquellas imágenes que se vieron por todo el mundo. Puedes pensar que es injusto que un tipo gane las elecciones por algo así, pero el pueblo alemán tuvo en cuenta que su rival, Edmun Stoiber, ni siquiera interrumpió las vacaciones cuando ocurrió el desastre. No sé, no han elegido siempre al mejor líder, pero en 2002 no se equivocaron.
Ahora relájate, respira hondo y sonríe, estás a salvo de la lluvia torrencial… pero no puedo asegurarte que si las cosas se ponen chungas vaya a haber a tu lado un líder con impermeable verde. Seguramente los nuestros estén aún buscando uno de su talla.
Post scríptum: Por cierto, la Taberna lleva un año abierta. Seguimos.
domingo, 15 de agosto de 2010
53. El pastor cabrón y la oveja hija de puta
Érase una vez un pastor muy cabrón que pastaba con su rebaño por los campos en busca del sosiego y la tranquilidad que da la naturaleza. En vez de alimentar a su grey, el pastor quería emular al poeta Miguel Hernández y leer a la sombra de un árbol de copa frondosa para luego enlazar versos y metáforas y escribir poemas picarones del tipo: “Y me la llevé el río creyendo que era mozuela, pero tenía pirulo y casi por poco me lo cuela”. Sin embargo, pronto se percató de que su camino no era el que deseó. Resultó que era alérgico al polen, a las plantas, a los insectos y a la naturaleza en sí misma, y a pesar de atiborrarse de rupafines y otros antihistamínicos se pasaba el día llorando y moqueando. El sufrimiento habría valido la pena si al menos el paisaje hubiera sido hermoso, pero para cuatro matorrales, dos boñigas secas y cientos de urbanizaciones y polígonos industriales abandonados en medio de hierbajos, su mundo ficticio se derrumbó.
Sin embargo, ya no cabía volver atrás, así que el pastor defendió a la numantina su decisión pastoril y siguió vagando por los campos y autovías nacionales, para alimento de su vena poética y tormento de su rebaño. Pero las ovejas estaban ya cansadas de tanto deambular sin rumbo: a las enloquecidas y arbitrarias marchas del poeta, se le añadían el hambre omnipresente, los atropellos de las autovías y los raptos al pasar por los poblados chabolistas. Así que una de las ovejas, la más valiente y brava de todas, se atrevió a reivindicar sus derechos frente al pastor.
“Oye, tú –terció la oveja-. ¿A ti te parece que es vida lo que nos estás dando? Mucho caminar, poca comida, ninguna agua y un calor que te mueres. A ver si te comportas como un auténtico profesional y nos alimentas adecuadamente, nos das de beber, nos esquilas cuando llegue el verano y nos recoges en establos cuando llueva o nieve. Ni siquiera has contratado a un encargado canino que ahuyente a los cuatreros y a los zoófilos. Vista la situación y si no la solucionas de inmediato, te abandonaremos por cualquiera de los granjeros que ahora aparecen en la tele en busca de parienta”.
El pastor se quedó pensativo ante la disertación; la oveja tenía razón y viendo en peligro su liderazgo y estatus optó por la decisión tradicional: se cargó a la oveja protestante y preparó unas chuletillas de cordero.
A la semana siguiente otra oveja más se le acercó, fruto de una nueva reunión ovejuna. “Mira, pastor, o sea, que vengo de buen rollo y tal, pero aquí mis colegas y yo pensamos que nuestra situación es perfectible, o sea, mejorable, y que a ver si nos tratas un poco mejor y nos das más comida y un poco de agua y todo eso, ¿vale? Que no hace falta que lo hagas ya, pero que lo vayas pensando, si eres tan amable”. Al pastor cabrón le gustó el cambio de actitud en la protesta, pero aun así le pareció demasiado subido de tono, como muy descarado, así que sin mediar palabra se cargó a la otra oveja.
El rebaño estaba ya cagado de miedo, de pastor poeta y desentendido había pasado al cabrón del pastor; se había convertido en un elemento peligroso. Planearon ajusticiarlo mientras dormía una noche, pero una tercera oveja se ofreció para negociar. En seguida sus compañeras la miraron con recelo. “¿Quieres que te mate a ti también?” Pero a pesar de las advertencias la oveja decidida marchó en pos de un tercer encuentro con el pastor.
“¿A que sé lo que me vienes a pedir? ¿Qué, queréis más derechos y mejor calidad de vida?”, le dijo el pastor mientras afilaba su cuchillo con la chaira. Pero la oveja le respondió: “Qué va. Me importan un huevo los derechos de mis compañeras, de hecho me dan igual sus condiciones de vida. Sólo me importan las mías, y, como mucho, las de algunas de mis allegadas y familiares. Así que te propongo un trato. Reconóceme como su representante, como su enlace sindical y así los dos saldremos ganando. A mí me darás de comer y beber todos los días, me esquilarás en verano y me guarecerás en invierno. A cambio yo te mantendré al rebaño callado y sumiso, te señalaré a los rebeldes para que los destroces y a los leales para que los aúpes. Y así montaremos entre tú y yo un sistema del copón para beneficio de ambos”.
El pastor cabrón se le quedó mirando muy serio y se preguntó cómo una idea tan buena como aquella no se le había ocurrido antes, así que aceptó y entre él y la oveja hija de puta llevaron a cabo lo prometido.
Moraleja. Si Esopo, Fedro y los clásicos recurrieron a la fábula y pasaron a la Historia a ver si yo no puedo recurrir a ella para entretenerte una semana más.
Érase una vez un pastor muy cabrón que pastaba con su rebaño por los campos en busca del sosiego y la tranquilidad que da la naturaleza. En vez de alimentar a su grey, el pastor quería emular al poeta Miguel Hernández y leer a la sombra de un árbol de copa frondosa para luego enlazar versos y metáforas y escribir poemas picarones del tipo: “Y me la llevé el río creyendo que era mozuela, pero tenía pirulo y casi por poco me lo cuela”. Sin embargo, pronto se percató de que su camino no era el que deseó. Resultó que era alérgico al polen, a las plantas, a los insectos y a la naturaleza en sí misma, y a pesar de atiborrarse de rupafines y otros antihistamínicos se pasaba el día llorando y moqueando. El sufrimiento habría valido la pena si al menos el paisaje hubiera sido hermoso, pero para cuatro matorrales, dos boñigas secas y cientos de urbanizaciones y polígonos industriales abandonados en medio de hierbajos, su mundo ficticio se derrumbó.
Sin embargo, ya no cabía volver atrás, así que el pastor defendió a la numantina su decisión pastoril y siguió vagando por los campos y autovías nacionales, para alimento de su vena poética y tormento de su rebaño. Pero las ovejas estaban ya cansadas de tanto deambular sin rumbo: a las enloquecidas y arbitrarias marchas del poeta, se le añadían el hambre omnipresente, los atropellos de las autovías y los raptos al pasar por los poblados chabolistas. Así que una de las ovejas, la más valiente y brava de todas, se atrevió a reivindicar sus derechos frente al pastor.
“Oye, tú –terció la oveja-. ¿A ti te parece que es vida lo que nos estás dando? Mucho caminar, poca comida, ninguna agua y un calor que te mueres. A ver si te comportas como un auténtico profesional y nos alimentas adecuadamente, nos das de beber, nos esquilas cuando llegue el verano y nos recoges en establos cuando llueva o nieve. Ni siquiera has contratado a un encargado canino que ahuyente a los cuatreros y a los zoófilos. Vista la situación y si no la solucionas de inmediato, te abandonaremos por cualquiera de los granjeros que ahora aparecen en la tele en busca de parienta”.
El pastor se quedó pensativo ante la disertación; la oveja tenía razón y viendo en peligro su liderazgo y estatus optó por la decisión tradicional: se cargó a la oveja protestante y preparó unas chuletillas de cordero.
A la semana siguiente otra oveja más se le acercó, fruto de una nueva reunión ovejuna. “Mira, pastor, o sea, que vengo de buen rollo y tal, pero aquí mis colegas y yo pensamos que nuestra situación es perfectible, o sea, mejorable, y que a ver si nos tratas un poco mejor y nos das más comida y un poco de agua y todo eso, ¿vale? Que no hace falta que lo hagas ya, pero que lo vayas pensando, si eres tan amable”. Al pastor cabrón le gustó el cambio de actitud en la protesta, pero aun así le pareció demasiado subido de tono, como muy descarado, así que sin mediar palabra se cargó a la otra oveja.
El rebaño estaba ya cagado de miedo, de pastor poeta y desentendido había pasado al cabrón del pastor; se había convertido en un elemento peligroso. Planearon ajusticiarlo mientras dormía una noche, pero una tercera oveja se ofreció para negociar. En seguida sus compañeras la miraron con recelo. “¿Quieres que te mate a ti también?” Pero a pesar de las advertencias la oveja decidida marchó en pos de un tercer encuentro con el pastor.
“¿A que sé lo que me vienes a pedir? ¿Qué, queréis más derechos y mejor calidad de vida?”, le dijo el pastor mientras afilaba su cuchillo con la chaira. Pero la oveja le respondió: “Qué va. Me importan un huevo los derechos de mis compañeras, de hecho me dan igual sus condiciones de vida. Sólo me importan las mías, y, como mucho, las de algunas de mis allegadas y familiares. Así que te propongo un trato. Reconóceme como su representante, como su enlace sindical y así los dos saldremos ganando. A mí me darás de comer y beber todos los días, me esquilarás en verano y me guarecerás en invierno. A cambio yo te mantendré al rebaño callado y sumiso, te señalaré a los rebeldes para que los destroces y a los leales para que los aúpes. Y así montaremos entre tú y yo un sistema del copón para beneficio de ambos”.
El pastor cabrón se le quedó mirando muy serio y se preguntó cómo una idea tan buena como aquella no se le había ocurrido antes, así que aceptó y entre él y la oveja hija de puta llevaron a cabo lo prometido.
Moraleja. Si Esopo, Fedro y los clásicos recurrieron a la fábula y pasaron a la Historia a ver si yo no puedo recurrir a ella para entretenerte una semana más.
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