52. El presidente interior
Querido presidente del Gobierno:
Si cada español lleva dentro a un seleccionador nacional de fútbol, en mi caso debo reconocer que también hay espacio para un presidente del Gobierno, y no es porque tenga la autoestima por las nubes, pero basándome en la calidad de la clase política actual tengo el firme convencimiento de que peor yo no lo haría. Verá, se trata de Tomás Gómez, el chico de Madrid, el alcalde más votado de España en un municipio con una población superior a 50.000 habitantes (Parla, Madrid). Ya sé que Tomás tiene pinta de hombre serio y joven y, por propia experiencia, eso es lo peor que se puede ser en España hoy día. Usted es diferente, con pinta de moderno, asesorado política y estéticamente por la nueva beautiful people, pero Tomás no, Tomás es de los que se lo curran. Ya sé que un tipo trabajador como él se merece que le levanten la liebre, que le quiten la novia después de haber luchado por ella durante toda la película. El tipo se ha ganado el desprecio por formal y por normal, quiero decir: es varón, blanco pálido, con traje de chaqueta… no es ni mujer ni gay ni guay ni gitano ni catalán, por lo que con gente como usted lo lleva crudo. De hecho, ¿no tiene pinta de ser del PP? Bueno, verá, no se crea, que yo también estoy a favor de la gente guay como usted, de los líderes de grupo, de esos jefecillos mediocres a los que les gustan que le doren la píldora, pero, verá, es que la gente como Tomás también es necesaria. ¿Sabe usted por qué los adolescentes están siempre tan rebotados? No se trata ni de las hormonas ni de las drogas, se debe a otras dos cosas. Mucha energía y la clara conciencia de que no pintan nada en la sociedad. ¿Ve? Cuando uno sale a la calle o enciende la tele y ve que cada otro tiene su parcela de responsabilidad, su curro, su trabajo, etc., somos tan egoístas que queremos lo mismo, y si no lo tenemos nos encabronamos primero y nos deprimimos después. ¿Sabe usted cuál es la principal diferencia entre una sociedad anglo y una latina? No se esfuerce y deje a Leire tranquila que ya le contesto. Verá, en Anglolandia pintan todos, tienen sistemas tan eficientes que se aprovechan del listo y del tonto, pero aquí no. Por eso, amigo José Luis, aprovéchese de los tontos como Tomás Gómez, de tipos que creen que el trabajo duro, honrado y serio trae buenos resultados. Usted y yo sabemos que el mundo no funciona así. Usted lo sabe porque ha llegado a presidente del Gobierno y yo lo sé porque usted es presidente del Gobierno. No es el único, lo sé, la mediocracia es algo extendido, hasta en Estados Unidos han tenido a un presidente como Bush. Pero ahí, querido amigo, es donde radica la diferencia. Nuevamente, en Anglolandia, colocan a todos los enchufados, pero luego les meten a gente decente cerca para que solucionen la papeleta. De hecho a los enchufados les suelen dar los mejores sueldos y puestos ficticios en los que se pasan el día tocándose el género y firmando informes que nadie, afortunadamente, tiene en cuenta. Aquí no. Pero como yo también soy un optimista antropológico creo que podemos hacer algo para mejorar España entre usted y yo: simplemente deje a Tomás al frente de la secretaría del Partido Socialista de Madrid y permita que le dispute la herencia a la Marquesa Aguirre. Entiéndame, que yo creo que Trini también vale, por supuesto, pero es que cada vez que saca usted su bola de predecir resultados electorales, la derecha acaba ganando las elecciones. Y no es que ustedes sean mucho mejores, pero es que este PP es tan corrupto que no se le debe regalar ningún voto. Acuérdese de las veces que ha metido usted la gamba favoreciendo a unos candidatos en detrimento de otros.
No me lo tome a mal, presidente, pero es que es necesario que alguien como yo le diga esto. A usted ya le insultan desde la derecha mediática, política y sociológica. A usted ya le alabaron desde el progresismo, el mismo que le está dejando tirado ahora, artistas incluidos. A usted ya le riñen como a un menor desnortado desde el grupo Prisa, la gerontocracia progresista. Lo mío es diferente, jefe, lo mío es una charla de Taberna, pero a veces quien ni te odia ni te quiere te da los mejores consejos.
Acabo con una anécdota personal. Hace unos meses fui con mi chica a un molino rehabilitado dentro del pueblo donde ahora vivo. El sitio ha quedado francamente bien, pero lo que me sorprendió fue que la azafata que estaba a la entrada del lugar se estaba morreando con su novio. La escena me pareció fuera de lugar, un error perdonable pero señalable, de los que no deben volverse a repetir. Meses después me enteré que la chica era familiar de un alto cargo del PP del pueblo. La reflexión no es que desde la derecha también follan, no, la reflexión es que siendo el ayuntamiento del PSOE se contrata a la hija del PP. Esa chica, como sus propias hijas, presidente, nunca carecerán de trabajo, porque ya se encargarán los progres o los conservadores de turno de que no les falte el currele, ya sabe, hoy por mí, mañana por ti. Bien, es lo que hay, pero déle usted una oportunidad también a gente como Tomás, porque son en definitiva esos currantes los que atienden al personal mientras los demás os tomáis los daiquiris.
Un saludo.
domingo, 8 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
51. Vacaciones
Querido lector: yo, como Rajoy, también me voy de vacaciones, pero como mi chica me convenció de que rodar un vídeo de despedida montado en una bicicleta iba a ser peligroso, aprovecho esta columna para desearte un afortunado descanso estival. ¿Qué significa eso? ¿Acaso cierro la Taberna? Ni mucho menos, querido lector, te recuerdo que nací en 1978 y allí donde llega nuestra generación nos acompaña la precariedad, así que para el próximo domingo también abriremos, y para el otro también, y así hasta el año que viene.
Esta semana, como aperitivo vacacional, haré algunas reflexiones sobre el panorama de los últimos días:
-¡Viva Wikileaks! No, no es un insulto ni un santo patrón, es una página web desde la que se pueden publicar documentos manteniendo el anonimato de su publicador. Funciona como las paredes del baño del instituto, donde los estudiantes podían mentarle la madre al profesor de turno sin que hubiera sanción de por medio, con la ventaja que se está convirtiendo en una fuente de información para los grandes medios de comunicación. O sea, que se publica un secreto guardando el anonimato de quien lo hace y encima difundiéndolo a todo el mundo. Es evidente que no toda la información que aparece y aparecerá en Wikileaks es verdadera, pero ahí es donde entra el oficio del periodista: cribar y separar la verdad de la mentira.
La publicación de los 90.000 folios sobre la guerra de Afganistán ha lanzado a la fama a Wikileaks (gracias a los periódicos The Guardian, Der Spiegel y The New York Times, que publicaron en sus páginas lo más relevante de los informes: el doble papel de Pakistán como socio de Estados Unidos y de los talibanes; mayor número de muertos de civiles que los que se reconocen oficialmente; incapacidad de la OTAN para ganar la guerra…). ¿No es maravilloso que todo el mundo sepa las maldades del malo? La verdad les hace débiles, viven con la angustia de que sepamos lo miserables que son. Como dije en una columna pasada: alguien tiene que contarlo.
-Esto me lleva a una segunda reflexión. Internet, aparte de usarse para jugar al póker y visitar páginas guarras, sirve verdaderamente para fortalecer la democracia (mira cómo los chinos se empeñan en ponerle puertas al monte). Cando el ciudadano se convierte en informador de su propia realidad, cuando escribe su propio cuaderno de quejas y lee el de los demás, la ciudadanía gana en información, le quita un poco de poder al Poder y lo recupera como su legítima propietaria.
-Por último, recuerda a Nietzsche aunque no sea literalmente: si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada. Algo parecido le está pasando a José Montilla (presidente de la Generalitat de Cataluña), y junto a él, a miles de catalanes situados entre un nacionalismo militante y su afección al resto de España. Les queda ya tan poco margen para situarse entre soberanistas y constitucionales que acabará despeñándose en las próximas elecciones autonómicas. La vía de escape que creen tener Montilla y el PSC se llama Federalismo (o sea, Estado de Estados, en vez de Nación de Naciones). El problema radica en un leve matiz que parecen ignorar. Parten de la idea de que el resto de España (salvo sus colegas vascos) no entiende el Estado Autonómico, el hecho diferencial, la bilateralidad entre una nación y otra. Creo que los que no se han dado cuenta de qué significa la descentralización han sido ellos. En 1978, la peña se creía que en España iba a haber tres autonomías, o como mucho cuatro (Galicia, País Vasco, Cataluña y, tal vez, Andalucía). El resto de España iba a ser un trozo de carne sin sentimientos identitarios regionales, una amalgama de castellanos, extremeños, madrileños y otras tribus ibéricas. Pero resulta que salieron 17 Autonomías y dos ciudades autónomas. A ver, que Montilla y su séquito se paseen ahora por Andalucía, Madrid y Extremadura y expliquen por qué Cataluña, otra región más, debe decidir por ellos el futuro del conjunto nacional, y por qué su relación debe ser bilateral con la Administración estatal, aparte de otras lindezas por el estilo.
Se darán de bruces contra la realidad, la ficción que ellos mismos han tejido para sustentarse se romperá y caerán en el abismo. Pero lo malo no es que ellos se despeñen, lo peor es que llevan detrás a muchos ciudadanos que se sentirán estafados ideológicamente (¿qué soy, con quién me voy?).
Pero no te preocupes, que luego nos echarán la culpa al resto de España por haber caído su electorado en manos del independentismo.
Felices vacaciones.
Querido lector: yo, como Rajoy, también me voy de vacaciones, pero como mi chica me convenció de que rodar un vídeo de despedida montado en una bicicleta iba a ser peligroso, aprovecho esta columna para desearte un afortunado descanso estival. ¿Qué significa eso? ¿Acaso cierro la Taberna? Ni mucho menos, querido lector, te recuerdo que nací en 1978 y allí donde llega nuestra generación nos acompaña la precariedad, así que para el próximo domingo también abriremos, y para el otro también, y así hasta el año que viene.
Esta semana, como aperitivo vacacional, haré algunas reflexiones sobre el panorama de los últimos días:
-¡Viva Wikileaks! No, no es un insulto ni un santo patrón, es una página web desde la que se pueden publicar documentos manteniendo el anonimato de su publicador. Funciona como las paredes del baño del instituto, donde los estudiantes podían mentarle la madre al profesor de turno sin que hubiera sanción de por medio, con la ventaja que se está convirtiendo en una fuente de información para los grandes medios de comunicación. O sea, que se publica un secreto guardando el anonimato de quien lo hace y encima difundiéndolo a todo el mundo. Es evidente que no toda la información que aparece y aparecerá en Wikileaks es verdadera, pero ahí es donde entra el oficio del periodista: cribar y separar la verdad de la mentira.
La publicación de los 90.000 folios sobre la guerra de Afganistán ha lanzado a la fama a Wikileaks (gracias a los periódicos The Guardian, Der Spiegel y The New York Times, que publicaron en sus páginas lo más relevante de los informes: el doble papel de Pakistán como socio de Estados Unidos y de los talibanes; mayor número de muertos de civiles que los que se reconocen oficialmente; incapacidad de la OTAN para ganar la guerra…). ¿No es maravilloso que todo el mundo sepa las maldades del malo? La verdad les hace débiles, viven con la angustia de que sepamos lo miserables que son. Como dije en una columna pasada: alguien tiene que contarlo.
-Esto me lleva a una segunda reflexión. Internet, aparte de usarse para jugar al póker y visitar páginas guarras, sirve verdaderamente para fortalecer la democracia (mira cómo los chinos se empeñan en ponerle puertas al monte). Cando el ciudadano se convierte en informador de su propia realidad, cuando escribe su propio cuaderno de quejas y lee el de los demás, la ciudadanía gana en información, le quita un poco de poder al Poder y lo recupera como su legítima propietaria.
-Por último, recuerda a Nietzsche aunque no sea literalmente: si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada. Algo parecido le está pasando a José Montilla (presidente de la Generalitat de Cataluña), y junto a él, a miles de catalanes situados entre un nacionalismo militante y su afección al resto de España. Les queda ya tan poco margen para situarse entre soberanistas y constitucionales que acabará despeñándose en las próximas elecciones autonómicas. La vía de escape que creen tener Montilla y el PSC se llama Federalismo (o sea, Estado de Estados, en vez de Nación de Naciones). El problema radica en un leve matiz que parecen ignorar. Parten de la idea de que el resto de España (salvo sus colegas vascos) no entiende el Estado Autonómico, el hecho diferencial, la bilateralidad entre una nación y otra. Creo que los que no se han dado cuenta de qué significa la descentralización han sido ellos. En 1978, la peña se creía que en España iba a haber tres autonomías, o como mucho cuatro (Galicia, País Vasco, Cataluña y, tal vez, Andalucía). El resto de España iba a ser un trozo de carne sin sentimientos identitarios regionales, una amalgama de castellanos, extremeños, madrileños y otras tribus ibéricas. Pero resulta que salieron 17 Autonomías y dos ciudades autónomas. A ver, que Montilla y su séquito se paseen ahora por Andalucía, Madrid y Extremadura y expliquen por qué Cataluña, otra región más, debe decidir por ellos el futuro del conjunto nacional, y por qué su relación debe ser bilateral con la Administración estatal, aparte de otras lindezas por el estilo.
Se darán de bruces contra la realidad, la ficción que ellos mismos han tejido para sustentarse se romperá y caerán en el abismo. Pero lo malo no es que ellos se despeñen, lo peor es que llevan detrás a muchos ciudadanos que se sentirán estafados ideológicamente (¿qué soy, con quién me voy?).
Pero no te preocupes, que luego nos echarán la culpa al resto de España por haber caído su electorado en manos del independentismo.
Felices vacaciones.
domingo, 25 de julio de 2010
50. El pintor de líneas rojas
Estimado amigo: sé que a veces mi trabajo es difícil de explicar desde la abstracción, me ocurre a menudo con mi mujer y mis hijos, o mis propios padres, no tienen una idea cabal de a qué me dedico, ven insano cuando no patético que un adulto salga a la calle con un cubo de pintura roja y una brocha o un rodillo y se dedique a marcar límites al personal. Si eso me ocurre con mi propia familia no espero tampoco que me comprendas a la primera, pero creo que sí es posible que lo hagas a la segunda o la tercera, como a ellos les ocurre. Resulta que yo era un tipo normal, con un curro normal –detestable, mal pagado y con peores jefes: normal- y unas ambiciones desmedidas, que superaban muchísimo mi capacidad de trabajo y mi talento. Extrañamente, con el paso del tiempo y en vez de dejarme la vida en mi lugar –uno patético, pequeñito y cerrado-, mi ambición y confianza fueron aumentando dentro de mí, y en un ataque de osadía y lucidez pensé que mi destino era salvar al mundo. Lo creí honestamente, pero como no sabía idiomas, o no más que el español, me abstuve de convertirme en el salvador de la Tierra y me conformé con serlo de España; de ese modo, además, podía pasarme los fines de semana en casa, honrando a mi familia y de paso las sacrosantas costumbres nacionales como la comida de los domingos en casa de la suegra, el polvo del sábado por la noche con mi señora y el fútbol desde por la mañana hasta el anochecer.
Convencido ya de cuál iba a ser mi destino profesional y vital, tracé un plan de actuación para comenzar mi carrera redentora. Lo primero fue abandonar mi trabajo normal; lo segundo establecer un horario de producción y lo tercero adoptar un nombre y una actitud. Compréndeme: tenía claro el objetivo pero no los medios para conseguirlo. El nombre iba a ser fundamental pues dependiendo del mismo, mi faena diaria iba a ser una u otra. Al principio, guiado por mis gustos y aficiones, quise fabricarme un disfraz de superhéroe, el Capitán España, pero diversos motivos me hicieron desdeñar la idea: primero, no sé coser; segundo, a más de un tarado se le habría ocurrido imitarme y/o apalearme (nunca monté un grupo mafioso por temor a que alguno de sus integrantes se le fuera la olla); y, en tercer lugar, pasearme por mi barrio como un embutido rojo y gualda sin carnavales de por medio o sin que jugara la selección española me hubiera ocasionado problemas secundarios que me habrían apartado de mi objetivo primario: salvar a España.
La primera reflexión me condujo a la segunda y fue la de plantearme que una acción directa iba a estar condenada al fracaso. El término salvapatrias es, con razón, despectivo, pues a menudo nuestra historia nacional ha sido prolija en ellos: militares, validos, reyes y otras gentes se llamaron a sí mismos salvadores y terminaron aprovechándose hasta de las cenizas de los muertos. Además, por mi carácter, corría el riesgo de convertirme en el cirujano de hierro, figura ansiada por la España de finales del siglo XIX y que consistía en un tío con la suficiente autoridad y poder como para poner a cada cual en su sitio (lo malo es que el cirujano terminó llegando y tuvimos hierro con el dictador durante 36 años).
Preocupado por mi posible desvío hacia el mal, pero aún convencido de que de verdad podía salvar a España, acudí a mi interior y recordé los consejos de un viejo maestro de Lenguaje, que siempre nos recomendaba usar la metáfora como figura literaria de primer orden. De ese modo, en el mayor ataque de lucidez de mi vida, me fui al Leroy Merlin y me compré un cubo de 5 kilos de pintura roja, una brocha, un pincel y un rodillo, y ya llevo cuatros años desempeñando mi labor. Por las mañanas salgo temprano de casa, vestido de pintor, con mi cubo y mi rodillo, me tomo un cazalla en el bar de mi primo y luego me pongo a pintar líneas rojas allí donde creo necesario. Nada escapa de mi ámbito de actuación porque todos necesitamos límites: desde el ciudadano, la empresa, la familia hasta la administración de turno, sea local, estatal, autonómica o de justicia. Soy, por decirlo de alguna manera, una Constitución Española ambulante, tipo Don Quijote, magnánima, sin meterme donde no me llaman, pero pintando allí donde no están claros los límites. Esa necesidad ya está resuelta y la gente, gracias a mí, sabe dónde no tiene que pisar. El problema viene con los corruptos, con los bandoleros de cuello blanco y sus amparadores. Pisan y se manchan y por tanto son reconocibles, pero hasta que nadie se atreva a castigarlos como deben, seguirán delinquiendo… y creando mal ejemplo para los que vienen detrás. Ahora que lo pienso, creo que necesito a un socio que se encargue de castigar al que se manche de rojo. Voy a ver si pongo un anuncio en el periódico y tengo suerte.
Estimado amigo: sé que a veces mi trabajo es difícil de explicar desde la abstracción, me ocurre a menudo con mi mujer y mis hijos, o mis propios padres, no tienen una idea cabal de a qué me dedico, ven insano cuando no patético que un adulto salga a la calle con un cubo de pintura roja y una brocha o un rodillo y se dedique a marcar límites al personal. Si eso me ocurre con mi propia familia no espero tampoco que me comprendas a la primera, pero creo que sí es posible que lo hagas a la segunda o la tercera, como a ellos les ocurre. Resulta que yo era un tipo normal, con un curro normal –detestable, mal pagado y con peores jefes: normal- y unas ambiciones desmedidas, que superaban muchísimo mi capacidad de trabajo y mi talento. Extrañamente, con el paso del tiempo y en vez de dejarme la vida en mi lugar –uno patético, pequeñito y cerrado-, mi ambición y confianza fueron aumentando dentro de mí, y en un ataque de osadía y lucidez pensé que mi destino era salvar al mundo. Lo creí honestamente, pero como no sabía idiomas, o no más que el español, me abstuve de convertirme en el salvador de la Tierra y me conformé con serlo de España; de ese modo, además, podía pasarme los fines de semana en casa, honrando a mi familia y de paso las sacrosantas costumbres nacionales como la comida de los domingos en casa de la suegra, el polvo del sábado por la noche con mi señora y el fútbol desde por la mañana hasta el anochecer.
Convencido ya de cuál iba a ser mi destino profesional y vital, tracé un plan de actuación para comenzar mi carrera redentora. Lo primero fue abandonar mi trabajo normal; lo segundo establecer un horario de producción y lo tercero adoptar un nombre y una actitud. Compréndeme: tenía claro el objetivo pero no los medios para conseguirlo. El nombre iba a ser fundamental pues dependiendo del mismo, mi faena diaria iba a ser una u otra. Al principio, guiado por mis gustos y aficiones, quise fabricarme un disfraz de superhéroe, el Capitán España, pero diversos motivos me hicieron desdeñar la idea: primero, no sé coser; segundo, a más de un tarado se le habría ocurrido imitarme y/o apalearme (nunca monté un grupo mafioso por temor a que alguno de sus integrantes se le fuera la olla); y, en tercer lugar, pasearme por mi barrio como un embutido rojo y gualda sin carnavales de por medio o sin que jugara la selección española me hubiera ocasionado problemas secundarios que me habrían apartado de mi objetivo primario: salvar a España.
La primera reflexión me condujo a la segunda y fue la de plantearme que una acción directa iba a estar condenada al fracaso. El término salvapatrias es, con razón, despectivo, pues a menudo nuestra historia nacional ha sido prolija en ellos: militares, validos, reyes y otras gentes se llamaron a sí mismos salvadores y terminaron aprovechándose hasta de las cenizas de los muertos. Además, por mi carácter, corría el riesgo de convertirme en el cirujano de hierro, figura ansiada por la España de finales del siglo XIX y que consistía en un tío con la suficiente autoridad y poder como para poner a cada cual en su sitio (lo malo es que el cirujano terminó llegando y tuvimos hierro con el dictador durante 36 años).
Preocupado por mi posible desvío hacia el mal, pero aún convencido de que de verdad podía salvar a España, acudí a mi interior y recordé los consejos de un viejo maestro de Lenguaje, que siempre nos recomendaba usar la metáfora como figura literaria de primer orden. De ese modo, en el mayor ataque de lucidez de mi vida, me fui al Leroy Merlin y me compré un cubo de 5 kilos de pintura roja, una brocha, un pincel y un rodillo, y ya llevo cuatros años desempeñando mi labor. Por las mañanas salgo temprano de casa, vestido de pintor, con mi cubo y mi rodillo, me tomo un cazalla en el bar de mi primo y luego me pongo a pintar líneas rojas allí donde creo necesario. Nada escapa de mi ámbito de actuación porque todos necesitamos límites: desde el ciudadano, la empresa, la familia hasta la administración de turno, sea local, estatal, autonómica o de justicia. Soy, por decirlo de alguna manera, una Constitución Española ambulante, tipo Don Quijote, magnánima, sin meterme donde no me llaman, pero pintando allí donde no están claros los límites. Esa necesidad ya está resuelta y la gente, gracias a mí, sabe dónde no tiene que pisar. El problema viene con los corruptos, con los bandoleros de cuello blanco y sus amparadores. Pisan y se manchan y por tanto son reconocibles, pero hasta que nadie se atreva a castigarlos como deben, seguirán delinquiendo… y creando mal ejemplo para los que vienen detrás. Ahora que lo pienso, creo que necesito a un socio que se encargue de castigar al que se manche de rojo. Voy a ver si pongo un anuncio en el periódico y tengo suerte.
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