36. Jerarcas españoles
Son otro tipo de Místers Importantes, los que han llegado a la cumbre, a la cúspide de una carrera profesional, bien sea en política, religión, finanzas u otras parcelas o campitos de poder. El adjetivo, en este caso, “españoles”, ya los va definiendo. En un país históricamente improductivo sus clases más altas han sido las principales responsables, y dentro de estas castas los jerarcas españoles fueron y son los máximos ejecutores del aparentar sin hacer nada efectivo. Aznar lo fue, el magistrado Varela –el que lleva la batuta visible para inhabilitar a Garzón- lo es, el cardenal Rouco Varela, también, y así podríamos poner unos cuantos ejemplos más pero creo que ya te estás quedando con la copla.
El caso viene por unas declaraciones de ese hombre de Estado que se dedica a levantarle el dedo a los estudiantes que le insultan. Ése que ha criticado a la Universidad Complutense de Madrid por permitir actos de apoyo a Baltasar Garzón, en vez de, según él, elevar el nivel de enseñanza. Faltaría más que un jerarca español no hablase de la competitividad: no tienen ni idea de lo que es, porque si la hubieran sentido en sus propias carnes no habrían pasado de los escalones inferiores de la sociedad productiva, pero a los españoles nos encanta hablar de lo que desconocemos.
Supongo que el expresidente Aznar no sabe la manera de pedirle a la Complutense que lo fiche como profesor universitario, no de esos que tienen que aprobar unas oposiciones y dedicarle años de su vida a medrar a base de esfuerzo –y en algunos casos de simple peloteo-, faltaría más, que para eso es un jerarca español. Lo que Aznar quiere es una Universidad de Georgetown a unas decenas de kilómetros de su casa, ya sabes, esa universidad estadounidense donde el jerarca se dedica o se dedicaba (no sé si sigue en nómina) a vilipendiar a España, ahora que no gobiernan ellos, durante unas semanas al año a cambio de unos miles de dólares. Pasta gansa y fácil por hacer, precisamente, lo que más les gusta. Así son los jerarcas españoles: después de perder unas elecciones o arruinar a su empresa todavía te convocan para decirte que en realidad ellos lo hicieron bien y fueron los demás los que fallaron, cuando la única misión de un buen jerarca es precisamente ésa, que los demás hagan bien su trabajo.
Quizás Aznar le haya cogido miedo a volar en avión, es comprensible después de lo que le pasó al presidente polaco Lech Kaczynski –otro jerarca conservador y católico, y con eso ya lo digo todo-, que una vez castigó a un piloto de su país por tomar la sabia decisión de aterrizar allí donde era posible y no en el lugar previsto, por el peligro que entrañaba. Típica actuación del jerarca: opinar sin tener ni puta idea y sin querer tenerla. La única excepción ha sido que, por esta vez, el jerarca sí que pagó con sus propios huesos –y con los de sus 96 acompañantes, nunca mueren solos- las consecuencias de sus decisiones, de entrometerse sin tener competencia.
Se notaba que no era español, en este país los jerarcas son mucho más hábiles para evitar las consecuencias de sus decisiones, y si acaso sólo le emborronan el currículum, como ocurrió con los 191 muertos del atentado de Madrid el 11 de marzo de 2004. Un atentado que se perpetró por el apoyo incondicional de Aznar a Bush en la guerra de Irak, algo que nunca se ha dicho en los medios de comunicación pero que todos sabemos. Sólo le achacan que mintió en la autoría, algo cierto, pero insuficiente.
Los jerarcas españoles seguirán su propia dinámica, aquí no ocurrió como en Inglaterra, en el siglo XVII, ni como en Francia, durante el XVIII, cuando les cortaron las cabezas a los jerarcas nacionales por putear más allá de lo razonable a sus súbditos. Allí cayeron hasta las cabezas de los reyes, por eso un jerarca francés o inglés puede ser un incompetente pero rara vez un necio: les basta con mirar de reojo al pasado o que se lo recuerden para que un sudor frío les haga ser más civilizados, menos hijos de puta con sus conciudadanos.
Aquí el jerarca sabe que los españoles somos especialistas en sufrir y aguantar tanto mamoneo.
sábado, 17 de abril de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
35. La dama y los cobardes
No sé si fue mera casualidad o una idea de los guionistas o del propio director de la película La teniente O´Neil, pero estoy seguro de que cuando Demi Moore se rapó la cabeza durante una escena del film, a Ridley Scott y compañía les debió recordar a una extraordinaria cantante irlandesa que una noche de sábado de 1992 rompió ante millones de telespectadores la foto del papa Juan Pablo II. Exacto, tanto la actriz norteamericana como Sinéad O’Connor comparten una belleza tan evidente que incluso con el pelo rapado siguen pareciendo femeninas.
Hace unos días un diario español (El País) publicó un artículo de Sinéad titulado Una variante brutal de catolicismo –sé que lo has leído, querido lector, porque te he visto hablar de él en la Taberna con otros clientes-. En él, nuestra valiente dama hablaba de su propia experiencia como católica irlandesa, como una niña que acabó en un centro de internamiento dirigido por monjas y en el que se pasó un año y medio lavando las sotanas de los curas con agua fría y jabón. No voy a contar más del artículo ya que puedes releerlo en Internet, pero me gustó especialmente por su valentía e inteligencia. Y por su sinceridad, la misma que flagela a los que siempre andan engañando, por eso la Iglesia teme más a gente como Sinéad que a otras como Madonna. Ésta puede provocarlos en un video musical por flirtear con un cristo negro, o en un concierto por representar una crucifixión; pero la dama rapada representa algo mucho más peligroso para la vertiente fanática del catolicismo: es una alternativa más lúcida y civilizada del cristianismo de la que ellos representarán en su vida.
En cuanto a los cobardes de esta semana no pueden ser otros que los maderos que el jueves aporrearon en Valencia a unos manifestantes sentados. Protestaban porque no quieren que el Ayuntamiento de Rita tire sus casas para prolongar la avenida Blasco Ibáñez hasta el puerto, lo que parece bastante razonable, sobre todo si eres un propietario afectado. Tienen de parte al Gobierno, pero Rita impuso su decisión por cojones y sin complejos –cuando se trata de especulación urbanística el PP no repara en meras cuestiones democráticas-, así que envió a los Pitufos locales y a las excavadoras. Es aquí cuando entra en escena el tonto útil, llamado Ricardo Peralta y a la sazón delegado del Gobierno en Valencia (PSOE), al que hacen una llamadita (algunas versiones dicen que fue la Policía Local para pedir refuerzos; otra, que fueron los propios manifestantes ya que el Gobierno ha llevado al Tribunal Constitucional la decisión del Ayuntamiento) para que entre en acción la Policía Nacional, ya que los vecinos y manifestantes no están por la labor de dejar que Rita les derribe sus casas. Y cuando manifestantes no neonazis y maderos chocan ya sabemos quienes llevan las porras. Menos mal que había allí una cámara de televisión que grabó la actuación de unos y de otros y que dejan el informe policial en agua de borrajas. Es cierto, hubo golpes entre maderos y manifestantes y hubo porras y botellazos. Pero a continuación los manifestantes se sentaron en el suelo y levantaron las manos: la cosa parecía tranquila, no arrojaban nada y se limitaron a impedir que la grúa pudiera acceder a una casa para derribarla. Y había de todo, desde “jóvenes antisistema” como dice la autoridad cuando pretende justificar las hostias oficiales, hasta adultos de 40 para arriba con la misma actitud beligerante que un canario comiendo alpiste. Fue entonces cuando una decena de cobardes, maderos ellos y ella, empezaron sin que mediara amenaza física alguna hacia nadie y menos hacia ellos a golpear con sus porras a los que estaban sentados. La imagen me recordó a la actitud de otro cobarde con porra que golpeó a una chica desarmada –entonces gobernaba el PP- cuando le recriminó la actitud violenta hacia otra persona.
Rita debe estar partiéndose de risa: no sólo derriba las casas sino que involucra al Gobierno por culpa de un incompetente y una decena de cobardes con uniformes.
Otro día hablaremos del Gürtel.
sábado, 3 de abril de 2010
34. El sexo de los cuervos
Supongo que a la Iglesia le tiene que escocer que a solo unos días de Semana Santa se haya destapado a nivel mundial una nueva oleada de abusos a menores por parte del clero. Y no sólo por lo terrible de los hechos en sí –sobre todo los abusos y violaciones, pero también los silencios y las ocultaciones que salpican hasta al mismísimo Papa-, sino que para una semana de gloria que le queda al año, en la que se siente protagonista absoluta de lo humano y lo divino, se la revientan por las noticias que se han publicado recientemente. Tras leerme El Código Da Vinci estoy empezando a sospechar que el Priorato de Sion y los masones están detrás de todo esto, pero, bromas aparte, la Iglesia tiene un serio problema con el sexo.
Tantos siglos dilucidando el sexo de los ángeles para ahora ahogarse dentro de sus propias sotanas no es sano, y mientras no empiecen por abolir el celibato, la serenidad no llegará a las almas y a los cuerpos del clero ni de la jerarquía eclesiástica. A menos que tengan un puticlub cerca o un monaguillo, claro; ¡ah!, el puticlub puede ser de tíos, que entre los siervos de cristo también hay homosexuales, igual que en las filas del PP o del PNV, por mucho que les cueste aceptarlos.
La postura de la Iglesia y del Papa respecto al sexo se está convirtiendo en un acto de fanatismo y puerilidad, algo no ya reaccionario, sino categóricamente patético. Negar las ganas de follar de un ser humano sano es tan descabellado como poco práctico el impedírselo: es una norma impuesta para saltársela y una de las que más engendra la hipocresía milenaria de la Iglesia. Esa demonización del sexo está provocando multitud de abusos en el peor de los casos. En el mejor, sucede lo que siempre ha ocurrido en miles de pueblos católicos: que al cura se le supone acertadamente más de una relación con alguna feligresa o feligrés, sin que medie abuso de ningún tipo, pero sí una terrible hipocresía por parte del cura. Y de la feligresa o feligrés, normalmente. No me extraña que la jerarquía eclesiástica se muestre tan pronta a perdonar los abusos sexuales -cuando no a ocultarlos; lástima, para ellos, un mundo globalizado donde los medios de comunicación que no son de su propiedad exhiban sus vergüenzas; esto es realmente lo que más les está afectando, por eso compran como locos cuantas televisiones y radios pueden, no ya para difundir su mensaje, que también, sino para ocultar lo que ya todo el mundo sabe: que tienen falo y que lo quieren usar no sólo para mear. ¿No lo dije antes?, patético-. Los obispos, cardenales y el propio Papa deben comprender mejor que tú y que yo lo que se siente cuando te prohíben follar. Después de todo ¿qué les importa a ellos la vida de las víctimas de los abusos cuando los abusadores siguen predicando la doctrina católica? Se identifican totalmente con el agresor –cuántos de ellos no lo serán, o puteros u homosexuales activos- y sólo amparan a la víctima cuando calla y obedece.
La Iglesia debería rectificar, madurar y hacerse adulta, prescindir de la mentira como herramienta habitual y ocupar su lugar entre sus seguidores, mantener cierta credibilidad como aglomeración de gentes que quieren un mundo mejor, independientemente de la ficción sobre la que se sustenten (Adán, Eva y Compañía). Pero eso es pedir demasiado, es como exigir a los cuervos que no picoteen los ojos de los muertos… sólo que un cuervo no puede elegir, y estos otros, sí.
Otro día hablaremos de los actos impuros y de cómo todavía los curas se creen que los adultos ignoramos que se tocan la flauta cuando nadie les oye.
Tantos siglos dilucidando el sexo de los ángeles para ahora ahogarse dentro de sus propias sotanas no es sano, y mientras no empiecen por abolir el celibato, la serenidad no llegará a las almas y a los cuerpos del clero ni de la jerarquía eclesiástica. A menos que tengan un puticlub cerca o un monaguillo, claro; ¡ah!, el puticlub puede ser de tíos, que entre los siervos de cristo también hay homosexuales, igual que en las filas del PP o del PNV, por mucho que les cueste aceptarlos.
La postura de la Iglesia y del Papa respecto al sexo se está convirtiendo en un acto de fanatismo y puerilidad, algo no ya reaccionario, sino categóricamente patético. Negar las ganas de follar de un ser humano sano es tan descabellado como poco práctico el impedírselo: es una norma impuesta para saltársela y una de las que más engendra la hipocresía milenaria de la Iglesia. Esa demonización del sexo está provocando multitud de abusos en el peor de los casos. En el mejor, sucede lo que siempre ha ocurrido en miles de pueblos católicos: que al cura se le supone acertadamente más de una relación con alguna feligresa o feligrés, sin que medie abuso de ningún tipo, pero sí una terrible hipocresía por parte del cura. Y de la feligresa o feligrés, normalmente. No me extraña que la jerarquía eclesiástica se muestre tan pronta a perdonar los abusos sexuales -cuando no a ocultarlos; lástima, para ellos, un mundo globalizado donde los medios de comunicación que no son de su propiedad exhiban sus vergüenzas; esto es realmente lo que más les está afectando, por eso compran como locos cuantas televisiones y radios pueden, no ya para difundir su mensaje, que también, sino para ocultar lo que ya todo el mundo sabe: que tienen falo y que lo quieren usar no sólo para mear. ¿No lo dije antes?, patético-. Los obispos, cardenales y el propio Papa deben comprender mejor que tú y que yo lo que se siente cuando te prohíben follar. Después de todo ¿qué les importa a ellos la vida de las víctimas de los abusos cuando los abusadores siguen predicando la doctrina católica? Se identifican totalmente con el agresor –cuántos de ellos no lo serán, o puteros u homosexuales activos- y sólo amparan a la víctima cuando calla y obedece.
La Iglesia debería rectificar, madurar y hacerse adulta, prescindir de la mentira como herramienta habitual y ocupar su lugar entre sus seguidores, mantener cierta credibilidad como aglomeración de gentes que quieren un mundo mejor, independientemente de la ficción sobre la que se sustenten (Adán, Eva y Compañía). Pero eso es pedir demasiado, es como exigir a los cuervos que no picoteen los ojos de los muertos… sólo que un cuervo no puede elegir, y estos otros, sí.
Otro día hablaremos de los actos impuros y de cómo todavía los curas se creen que los adultos ignoramos que se tocan la flauta cuando nadie les oye.
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