sábado, 10 de abril de 2010

35. La dama y los cobardes

No sé si fue mera casualidad o una idea de los guionistas o del propio director de la película La teniente O´Neil, pero estoy seguro de que cuando Demi Moore se rapó la cabeza durante una escena del film, a Ridley Scott y compañía les debió recordar a una extraordinaria cantante irlandesa que una noche de sábado de 1992 rompió ante millones de telespectadores la foto del papa Juan Pablo II. Exacto, tanto la actriz norteamericana como Sinéad O’Connor comparten una belleza tan evidente que incluso con el pelo rapado siguen pareciendo femeninas.
Hace unos días un diario español (El País) publicó un artículo de Sinéad titulado Una variante brutal de catolicismo –sé que lo has leído, querido lector, porque te he visto hablar de él en la Taberna con otros clientes-. En él, nuestra valiente dama hablaba de su propia experiencia como católica irlandesa, como una niña que acabó en un centro de internamiento dirigido por monjas y en el que se pasó un año y medio lavando las sotanas de los curas con agua fría y jabón. No voy a contar más del artículo ya que puedes releerlo en Internet, pero me gustó especialmente por su valentía e inteligencia. Y por su sinceridad, la misma que flagela a los que siempre andan engañando, por eso la Iglesia teme más a gente como Sinéad que a otras como Madonna. Ésta puede provocarlos en un video musical por flirtear con un cristo negro, o en un concierto por representar una crucifixión; pero la dama rapada representa algo mucho más peligroso para la vertiente fanática del catolicismo: es una alternativa más lúcida y civilizada del cristianismo de la que ellos representarán en su vida.

En cuanto a los cobardes de esta semana no pueden ser otros que los maderos que el jueves aporrearon en Valencia a unos manifestantes sentados. Protestaban porque no quieren que el Ayuntamiento de Rita tire sus casas para prolongar la avenida Blasco Ibáñez hasta el puerto, lo que parece bastante razonable, sobre todo si eres un propietario afectado. Tienen de parte al Gobierno, pero Rita impuso su decisión por cojones y sin complejos –cuando se trata de especulación urbanística el PP no repara en meras cuestiones democráticas-, así que envió a los Pitufos locales y a las excavadoras. Es aquí cuando entra en escena el tonto útil, llamado Ricardo Peralta y a la sazón delegado del Gobierno en Valencia (PSOE), al que hacen una llamadita (algunas versiones dicen que fue la Policía Local para pedir refuerzos; otra, que fueron los propios manifestantes ya que el Gobierno ha llevado al Tribunal Constitucional la decisión del Ayuntamiento) para que entre en acción la Policía Nacional, ya que los vecinos y manifestantes no están por la labor de dejar que Rita les derribe sus casas. Y cuando manifestantes no neonazis y maderos chocan ya sabemos quienes llevan las porras. Menos mal que había allí una cámara de televisión que grabó la actuación de unos y de otros y que dejan el informe policial en agua de borrajas. Es cierto, hubo golpes entre maderos y manifestantes y hubo porras y botellazos. Pero a continuación los manifestantes se sentaron en el suelo y levantaron las manos: la cosa parecía tranquila, no arrojaban nada y se limitaron a impedir que la grúa pudiera acceder a una casa para derribarla. Y había de todo, desde “jóvenes antisistema” como dice la autoridad cuando pretende justificar las hostias oficiales, hasta adultos de 40 para arriba con la misma actitud beligerante que un canario comiendo alpiste. Fue entonces cuando una decena de cobardes, maderos ellos y ella, empezaron sin que mediara amenaza física alguna hacia nadie y menos hacia ellos a golpear con sus porras a los que estaban sentados. La imagen me recordó a la actitud de otro cobarde con porra que golpeó a una chica desarmada –entonces gobernaba el PP- cuando le recriminó la actitud violenta hacia otra persona.
Rita debe estar partiéndose de risa: no sólo derriba las casas sino que involucra al Gobierno por culpa de un incompetente y una decena de cobardes con uniformes.
Otro día hablaremos del Gürtel.

sábado, 3 de abril de 2010

34. El sexo de los cuervos

Supongo que a la Iglesia le tiene que escocer que a solo unos días de Semana Santa se haya destapado a nivel mundial una nueva oleada de abusos a menores por parte del clero. Y no sólo por lo terrible de los hechos en sí –sobre todo los abusos y violaciones, pero también los silencios y las ocultaciones que salpican hasta al mismísimo Papa-, sino que para una semana de gloria que le queda al año, en la que se siente protagonista absoluta de lo humano y lo divino, se la revientan por las noticias que se han publicado recientemente. Tras leerme El Código Da Vinci estoy empezando a sospechar que el Priorato de Sion y los masones están detrás de todo esto, pero, bromas aparte, la Iglesia tiene un serio problema con el sexo.
Tantos siglos dilucidando el sexo de los ángeles para ahora ahogarse dentro de sus propias sotanas no es sano, y mientras no empiecen por abolir el celibato, la serenidad no llegará a las almas y a los cuerpos del clero ni de la jerarquía eclesiástica. A menos que tengan un puticlub cerca o un monaguillo, claro; ¡ah!, el puticlub puede ser de tíos, que entre los siervos de cristo también hay homosexuales, igual que en las filas del PP o del PNV, por mucho que les cueste aceptarlos.
La postura de la Iglesia y del Papa respecto al sexo se está convirtiendo en un acto de fanatismo y puerilidad, algo no ya reaccionario, sino categóricamente patético. Negar las ganas de follar de un ser humano sano es tan descabellado como poco práctico el impedírselo: es una norma impuesta para saltársela y una de las que más engendra la hipocresía milenaria de la Iglesia. Esa demonización del sexo está provocando multitud de abusos en el peor de los casos. En el mejor, sucede lo que siempre ha ocurrido en miles de pueblos católicos: que al cura se le supone acertadamente más de una relación con alguna feligresa o feligrés, sin que medie abuso de ningún tipo, pero sí una terrible hipocresía por parte del cura. Y de la feligresa o feligrés, normalmente. No me extraña que la jerarquía eclesiástica se muestre tan pronta a perdonar los abusos sexuales -cuando no a ocultarlos; lástima, para ellos, un mundo globalizado donde los medios de comunicación que no son de su propiedad exhiban sus vergüenzas; esto es realmente lo que más les está afectando, por eso compran como locos cuantas televisiones y radios pueden, no ya para difundir su mensaje, que también, sino para ocultar lo que ya todo el mundo sabe: que tienen falo y que lo quieren usar no sólo para mear. ¿No lo dije antes?, patético-. Los obispos, cardenales y el propio Papa deben comprender mejor que tú y que yo lo que se siente cuando te prohíben follar. Después de todo ¿qué les importa a ellos la vida de las víctimas de los abusos cuando los abusadores siguen predicando la doctrina católica? Se identifican totalmente con el agresor –cuántos de ellos no lo serán, o puteros u homosexuales activos- y sólo amparan a la víctima cuando calla y obedece.
La Iglesia debería rectificar, madurar y hacerse adulta, prescindir de la mentira como herramienta habitual y ocupar su lugar entre sus seguidores, mantener cierta credibilidad como aglomeración de gentes que quieren un mundo mejor, independientemente de la ficción sobre la que se sustenten (Adán, Eva y Compañía). Pero eso es pedir demasiado, es como exigir a los cuervos que no picoteen los ojos de los muertos… sólo que un cuervo no puede elegir, y estos otros, sí.
Otro día hablaremos de los actos impuros y de cómo todavía los curas se creen que los adultos ignoramos que se tocan la flauta cuando nadie les oye.

                   

sábado, 27 de marzo de 2010

33. El pajo vociferante

Recuerdo con nostalgia mis tiempos de periodista en la Junta de Extremadura cuando uno de mis deberes cotidianos era leerme 9 periódicos de buena mañana para informar a mi jefe de la actualidad nacional y autonómica. Hoy ya no puedo ni quiero dedicarle tanto tiempo a los diarios, además, uno aprende más leyendo libros de Historia que noticias, pero gracias a Internet bicheo un poco en los periódicos digitales y luego complemento la ración informativa con algún telediario vespertino.
El caso es que algunas veces en el pasado y demasiadas en la actualidad tengo que releer o volver a escuchar una noticia porque no la comprendo a la primera. Y lo peor no es que el tema sea arduo o bastante ignoto para mí, ¡qué va!, pertenecen a nuestra triste actualidad nacional, pero en ocasiones dudo si he entendido bien por lo disparatado del hecho.
La última me pasó esta semana con una manifestación estudiantil en Madrid, donde unos jóvenes apenas veinteañeros –bueno, siempre hay algún talludito repetidor- abucheaban y zarandeaban al rector de la Universidad Complutense por cambiar de segregados a mixtos tres colegios mayores públicos. En España no he pernoctado en ninguno, pero sí pasé un mes en Inglaterra en una residencia de este tipo: ya sabes, un cuarto pequeño con cama, armario, mesa y silla, un baño y zonas comunes con cocinas, lavadoras y un largo etc. El paraíso cuando tienes esa edad y estás estudiando en la Universidad.
Como te decía vi la noticia por la tele y luego hube de buscarla por Internet porque no la comprendía. ¡Aquellos estudiantes insultaban al rector porque dejaba que se mezclaran chicos y chicas en las residencias universitarias! Empecé a reírme. Busqué a monjas y curas entre los manifestantes, a Mayor Oreja y a Ana Botella, pero no los hallé. Entonces indagué más y me pregunté: ¿gente del Opus?, pero nada, allí no había familias numerosas recién salidas de la misa dominical, ni Roucos Varelas ni Razinguers Zetas. Era chavalerío estudiantil, despeinados, todavía con granos en la cara, pañuelos en el cuello y chaquetas. Si excluimos los granos –fui afortunado con el acné (mi padre siempre apostilla que fue la levadura de cerveza que me dio de pequeño la que me mantuvo el cutis limpio… por eso ahora me tomo una birra diaria, la vacuna de recuerdo)- era una pinta parecida a la que tenía yo en aquella época. Y cuando ya pensaba que me había vuelto loco o que se habían vuelto locos o que era una inocentada, lo vi. No era el mismo, por supuesto, pero vi a uno de esos talluditos vociferantes, mayores que el resto, pero fatalmente indignado porque en el cuarto de al lado de su residencia –suya porque lleva ya más tiempo en ella que en su propia casa-, en vez de un tipo con pelos en el pecho podía encontrarse a una compañera universitaria. Me vino una palabra a la mente: pajo. No busques su significado en el diccionario: la falta de influencia académica de los andaluces en la RAE está empobreciendo al idioma, pero si preguntas por las calles de Sevilla cualquiera te puede decir qué significa pajo; incluso te lo pueden señalar, llegado el caso. Ni árbol filipino ni fruto del mismo nombre, un pajo es un tipo heterosexual incapaz de relacionarse con las mujeres. Es cobarde con ellas, machista y las ningunea porque no lo desean como compañero sexual. Por favor, no confundas el término con tímido, pues no tienen nada que ver ambos conceptos; el pajo puede ser tímido o no, pero en definitiva odia al sexo femenino porque ellas no se percatan del maravilloso espécimen masculino que tienen al alcance cuando pasan por su lado.
Pues eso, cuando vi a aquel pajo vociferante -también había pijillas bulleras que no querían a ningún maromo como vecino- me quedó más o menos clara la noticia, al menos pude contextualizarla. Me lo imaginé en su cuarto, reunido con otros pajos potenciales y más jóvenes a quienes adoctrinaba sobre el peligro de compartir cocina y lavandería con las chicas. Tipo película americana, ya sabes, el rollito de las fraternidades universitarias, con chaqueta y todo pero adornado con cutre caspa española. Chunga combinación.
Esos comentarios retrógrados, esa mala baba del incompetente, esa ira destilada del reprimido y rechazado me recordaron a los pajos con los que me crucé durante mi vida universitaria. Tipos ruines, alérgicos a la higiene moral y personal, que en cuanto le comentabas que el ABC era un periódico de fachas o le criticabas a Umbral ponían pies en polvorosa.